Vista de la exposición

Galería Travesía Cuatro. San Mateo, 16. Madrid. Hasta el 20de abril. De 614 a 27.000 euros.



Mateo López (Bogotá, 1978), a quien conocimos en España en 2008 a través de su participación en Doméstico y en PHotoEspaña -en el Instituto Cervantes, donde mostró su Diario de motocicleta- ha hecho apariciones importantes en los últimos años: su instalación en el MUSAC en 2009, la Bienal de São Paulo en 2010, exposiciones en dos de las más prestigiosas galerías latinoamericanas, Luisa Strina en São Paulo y Casas Riegner en Bogotá... pero seguramente lo que más ha servido para darle a conocer en todo el mundo es su elección, por parte de William Kentridge, para ser su "protegido" en el programa de formación personalizada que Rolex patrocina desde hace años: Mentor and Protégé Arts Initiative. A lo largo de un año, el joven artista está acompañando al maestro en algunas de sus citas internacionales -exposiciones, conferencias, performances- y será durante un tiempo su asistente en su estudio en Suráfrica. Antes, han sido mentores Anish Kapoor, Rebecca Horn, John Baldessari, David Hockney y Álvaro Siza.



Imagino que la experiencia tendrá un efecto muy positivo sobre Mateo López, al que probablemente le falte algún grado de implicación con la realidad externa al taller, que Kentridge puede fomentar. A pesar de que el viaje fue detonador de algún proyecto anterior, se ha centrado después en el dibujo y en la relación de éste con los objetos más cercanos. Las propias herramientas del dibujante han sido su tema en varias ocasiones: el papel y los objetos de escritorio u oficina construidos con papel. La obra de Thomas Demand habrá sido, tal vez, una referencia, aunque a López no le interesa la fotografía sino la presencia real. En esta exposición, que es variada en la formalización pero homogénea en el concepto, ha intentado mostrar cómo el dibujo, su laboratorio de ideas, se relaciona con lo tridimensional. A partir de apuntes extraídos de sus cuadernos ha realizado el ejercicio de "amplificar" el trazo, integrándolo en "las cosas" y en el propio espacio de la galería. Todo con economía y elegancia formal: ese tipo de trabajo que pone de buen humor, por el placer intelectual que procura.



Todas las obras merecen atención pero hay quizá dos niveles de alcance en ellas. En el superior estarían los perfiles que forman una escalera potencialmente infinita que atraviesa el suelo de la galería y se adentra en su sótano; el "levantamiento" del plano del estudio del artista en Bogotá, cuyos 55 m2 ha dibujado en frottage de carboncillo sobre grandes hojas de papel que se apilan sobre un palé; y la gran piedra cuya superficie ha sido densamente dibujada a grafito, generando un envoltorio corpóreo -y bellísimo- con algo, el lápiz, que asociamos en la historia del arte a la actividad mental del artista. Esas tres obras hacen confluir de manera expresiva peso y ligereza, material e inmaterial, experiencia física y experiencia mental del espacio y de las cosas. El resto de obras se acerca más al divertimento; entre ellas destacan el alfabeto realizado con pliegues marcados en rectángulos de papel -que presentó ya en la colectiva Sobre la naturaleza, en este misma galería- y el "observatorio astronómico" portátil y a escala individual, que no es de una gran originalidad pero no deja de tener encanto. La frase que, en esta ocasión, ha compuesto con su alfabeto particular es "Las cosas nunca son lo que parecen"; hay aquí, en efecto, un homenaje a la tradición del trompe l'oeil, sobre todo en los lápices que se fusionan con los trazos en una ficción "metadibujística". Y en algunas de estas obras se insinúa el fantasma del dibujante, que empuñaría esos lápices... transfigurado en la silla con el respaldo inclinado a esos 33° que adopta su torso al asomarse al papel.