Image: Robert Smithson. Huésped de ninguna parte

Image: Robert Smithson. Huésped de ninguna parte

Exposiciones

Robert Smithson. Huésped de ninguna parte

Hotel Palenque

12 junio, 2008 02:00

Hotel Palenque, 1969-1972

Comisario: Sergio Mah. Museo Reina Sofía. Santa Isabel, 52. Madrid. Hasta el 27 de julio.

El comisario de esta edición de PHotoEspaña, Sergio Mah, explicaba que la exposición de Hotel Palenque, de Robert Smithson, era no sólo el punto de partida cronológico de su propuesta, sino una pieza central, en la que descansaba el concepto de "lugar" y, al tiempo, de "no lugar", que es el eje conceptual entorno al que gira su propuesta.

En abril de 1969, Robert Smithson, su mujer, la artista Nancy Holtz y una amiga, Virginia Dwan, viajaron a México con la intención de visitar las ruinas mayas y, al parecer, para que Smithson realizase algunas de sus fotos de la serie Desplazamientos de espejos. En Palenque, se hospedaron en un hotel a medio construir y medio derruido, el Hotel Palenque, que terminaría siendo el protagonista de una pieza que el artista nunca concibió como tal y que fue reconstruida después de su muerte, en 1973.

En 1972, Smithson regresó a Utah, donde hacía dos años había construido la Spiral Jetty en el Gran Lago Salado -la pieza que podemos considerar como el emblema del land-art, una inmensa espiral de escombros y cascotes que se levanta levemente sobre las aguas de un lago-, y anunció una conferencia sobre Palenque a los alumnos de arquitectura, que pensaron, lógicamente, que trataría sobre las ruinas de la localidad. Podemos imaginar su sorpresa cuando Smithson -que, según afirma Jeremy Millar, estaba un tanto chispa, lo que nos congratula una vez más con el don de la ebriedad- proyectó una treintena de diapositivas que había hecho del edificio del hotel y sus desmoronadas instalaciones, que fue comentando, tan entusiasmado como seducido, por lo "desdiferenciado" del lugar, por esa especie de "desarquitecturización" de la casa o porque se trataba de edificios derruidos y construidos al tiempo y que él consideraba como un documento de un proceso histórico continuo -entre los mayas y los mexicanos contemporáneos- y, también, de un momento concreto, el de su realización.

La concepción del paisaje de Smithson, quien, a mi juicio, se metía en él -véase cómo utilizaba los espejos para alterar la visión de la cámara fotográfica-, del mismo modo que Jackson Pollock se metía en la pintura, se acrecentaba con el recorrido por el Hotel, por su laberinto semejante a una serpiente, como él dice. Si no nacía entonces, sí había quedado explicita de modo más transparente la noción de "no lugar". En su momento, de ahí su conversión en obra de arte, la conferencia de Smithson conjugaba el hecho de la contemplación con el de la ampliación del campo de conocimiento que abordaba, y todavía es lo que la sostiene como una pieza imprescindible. Una transformación evidente de nuestro modo de abordar la experiencia de lo existente.

La conferencia y sus apreciaciones abren una quiebra en el tiempo, de modo que aplica las percepciones del presente al pasado y viceversa, en un viaje de ninguna parte a ninguna parte, que no considera que estas propuestas contengan una verdad inmutable.

Hoy, las diapositivas ofrecen un reconocible encanto, como si hubiésemos aprendido a apreciar las analogías que la nada establece con lo que es; como si, más que desprendernos de la historia, hubiésemos renunciado a la rimbombancia de lo histórico y pudiésemos apreciar en lo todavía no hecho la decadencia que será su infortunio y su suerte.