Lo vemos en todas las grandes citas internacionales: la emergencia climática está, también, en la agenda artística. En la última Bienal de Venecia, el León de Oro se lo llevó el Pabellón de Lituania, en el que recrearon una enorme playa ficticia en una ópera-performance que denunciaba el calentamiento global. Casi al tiempo, Nicolas Bourriaud titulaba su Bienal de Estambul El Séptimo Continente –aludiendo a esa enorme masa de residuos plásticos que flotan en nuestros océanos– y reunía bajo ese lema a creadores que han roto con la división tradicional entre cultura y naturaleza. El mismo punto en el que incide Chus Martínez desde TBA21 Academy donde organizan expediciones por el Pacífico con equipos multidisciplinares (han participado españoles como el cineasta Albert Serra y la artista Teresa Solar), conferencias internacionales –la siguiente, en Madrid, al hilo de la COP25– y encargos a artistas que hemos empezado a ver en el Museo Thyssen de Madrid (el próximo, John Gerrard). Esto por citar sólo algunos casos, porque son innumerables. Podríamos seguir con el MoMA PS1, el Centro Pompidou, la Bienal de Busan, la Serpentine Gallery de Londres y hasta Art Basel y sus podcasts.

En España, el CDAN de Huesca lleva tiempo desarrollando una programación centrada en arte, naturaleza y paisaje. El embrión está en una convocatoria de los noventa que trajo a artistas internacionales como Richard Long a hacer obras site-specific en los Pirineos. Ha tenido altibajos por sequía presupuestaria pero en los últimos años ha puesto en marcha proyectos ambiciosos bajo la dirección de Juan Guardiola. El último es una exposición en tres entregas, Paisajes surgentes. Cambio climático y cambio social en los paisajes del siglo XXI, que ha comenzado con Tierra (sobre la descarbonización como una de las soluciones ante el cambio climático). Le seguirán Montaña, en 2020, y Agua, en 2021. En Tierra participan, entre otros, Lara Almarcegui, Bleda y Rosa, Clara Montoya, Bárbara Fluxá, Jorge Ribalta y Carlos Irijalba, que hace una prospección geotécnica del terreno en una mina de Asturias, un sondeo para ser conscientes de nuestro impacto. Habla también de la explotación de recursos naturales con una mirada desde lo local Elena Lavellés, a la que vimos el año pasado en La Casa Encendida dentro de Generaciones y en Matadero, dos instituciones que están haciendo propuestas interesantes en este campo.

Eco-exposiciones

Y otras muestras fundamentales de los últimos años han sido Cambio climático. Después del fin del mundo (2017-2018), comisariada por José Luis de Vicente en el CCCB, y, con mayor número de artistas españoles, Hybris. Una posible aproximación ecoestética (2017), en el MUSAC de León. Esta la firmaba Blanca de la Torre, que lleva mucho tiempo trabajando sobre el tema, e incluía piezas históricas como los 7.000 robles de Beuys –sobre la reforestación urbana– y la bicimáquina de Santiago Morilla para regar el jardín. Pero quizá la que más ha sonado en los últimos tiempos sea Eco-visionarios. Arte para un planeta en emergencia, que comenzó en el MAAT de Lisboa, ha pasado por Matadero y LABoral (Gijón) y acaba de abrir sus puertas en la Royal Academy de Londres. En Madrid se dividía en cuatro secciones: Desastre, Extinción, Coexistencia y Adaptación, e incluía, además de artistas, a arquitectos como Andrés Jaque y Nerea Calvillo, de C+ Arquitectas, que estudia desde hace años las partículas en suspensión en el aire que todos respiramos. También Basurama, que participaba en Hybris, y ha hecho de los desechos la materia prima de todas sus intervenciones.

Elena Lavellés: 'Dark Matter', 2018

Y no son los únicos, el plástico está cada vez más presente en el arte, lo veíamos cuando hablábamos en estas páginas de artistas jóvenes utilizando materiales de desecho. Belén Rodríguez, por ejemplo, con pequeñísimos pedazos que encontraba en la costa e integraba en sus pinturas, esculturas y vídeos. O en los Altares y Tótems playeros en los que Julià Panadés mezcla con humor los materiales que devuelve el mar. Estos, al menos, los vemos, no como las finísimas partículas que se fusionan con la arena de nuestras playas y con el agua de los océanos, esas de las que se alimentan los peces que después comemos. Otros, como Cristina Almodóvar, hacen el recorrido inverso: esta artista transforma botellas y otros materiales industriales en bellas formas orgánicas que se dan en la naturaleza. Algunas de sus piezas formarán parte de una sección dedicada al medioambiente que ya prepara la feria Just Mad para febrero.

Miradas poliédricas

Los artistas tienen la capacidad de apuntar hacia cuestiones que el resto no vemos, o no queremos ver. Abordan el cambio climático desde distintos prismas, conectando problemas –los plásticos y la extracción de minerales, pero también otras cuestiones como la contaminación de las aguas–. Este último es uno de los pilares del trabajo de Juanli Carrión, que ha sabido reflejar en sus vídeos e instalaciones el estado de ríos de India y Estados Unidos. También lo ha hecho Elena Bajo, sobre todo a través de la escultura y la performance. En Toxic Secrets (2018), una investigación que desvelaba la presencia de restos farmacéuticos y microplásticos en el agua del grifo, despliega una instalación hecha a base de plásticos recuperados, telas lavadas con agua del grifo y tuberías metálicas. No falta tampoco el retrato de la subida del nivel del mar en los archiconocidos foto-montajes de Pablo Genovés –ahora en la galería Marlborough de Barcelona y en Artnueve en Murcia– en los que combina imágenes de espacios conocidos con otras de catástrofes naturales.

Carlos Irijalba: 'Pannotia', 2019



Lucía Loren y Fernando García-Dory se acercan a lo rural, un tema en el que está incidiendo también la Fundación Cerezales desde un pueblecito de León, y Asunción Molinos Gordo al campesinado. Todo está conectado. Lo explica muy bien el crítico José María Parreño, director del Grupo de Investigación Arte y Cambio Climático de la Universidad Complutense: “la agricultura industrial, y especialmente la ganadería, consumen muchísima energía (y, además, deforestan). El campesinado tradicional está desapareciendo por los métodos industriales y los monocultivos pero, paradójicamente, sus métodos son los que garantizan la sostenibilidad a largo plazo de la producción”. La desertificación y la pérdida de suelos está en el trabajo de Lucía Loren. Interactúa poéticamente con el paisaje colaborando con la comunidad local. En Ciclo seco (2018), la intervención que da portada a este número, cosió las grietas de un estanque al que la ausencia de lluvia había dejado sin agua. García-Dory, por otro lado, lleva años replanteando la función social del artista con su proyecto Campo Adentro. Comenzó organizando intervenciones en pueblos de España y desde hace un año tiene un espacio en Madrid, el Centro de Acercamiento a lo Rural (CAR), donde programan actividades vinculadas a la agricultura, lo social y lo cultural.

Los artistas tienen la capacidad de apuntar, desde prismas muy distintos, hacia cuestiones que el resto no vemos, o no queremos ver

El cambio climático es una crisis que afecta más a los países pobres, por geografía (inundaciones y sequías más severas) y por la fragilidad de sus infraestructuras. Gabriela Bettini hace en sus pinturas un paralelismo entre las primeras representaciones exotizantes del Nuevo Mundo y su estado actual, explotadas desaforadamente por grandes empresas multinacionales. Y Luna Bengoechea y Tania Blanco miran con lupa a la industria alimentaria. Blanco subraya en sus pinturas-escultura el absurdo trayecto que recorren muchos alimentos y Luna Bengoechea elabora piezas efímeras con semillas que no sólo instala en espacios expositivos sino también en la propia naturaleza. Son intervenciones efímeras, pensadas de manera sostenible, que luego dona para hacer compost.

Luna Bengoechea: 'A cuánto está la libra', 2013

Esto no es una anécdota sino un punto fundamental: todos estos proyectos no sólo consisten en la visibilización de las problemáticas sino que tienen su origen en la propia concienciación sobre nuestra huella en el mundo. En Eco-visionarios, por ejemplo, parte del mobiliario era reciclado y en la exposición de Olafur Eliasson, que todavía se puede ver en la Tate Modern de Londres, la mayoría de las obras se han llevado de Europa y se ha intentado que el transporte fuera por barco para reducir el impacto en la atmósfera.

@LuisaEspino4