La persistencia de la memoria, 1931 (MoMA, Nueva York)

El Museo Reina Sofía inaugura la esperada exposición dedicada al genio surrealista, 'Todas las sugestiones poéticas y todas las posibilidades plásticas'

Son contados los artistas a los que los grandes museos e instituciones artísticas se ven casi obligados a incluirlos repetidamente en su programación cada cierto tiempo. Del mismo modo que al analizar cómo ha sido abordada su personalidad y su obra en momentos históricos tan distantes, cabe añadir nuevos puntos de vista sobre el artista en cuestión y sus circunstancias y, a veces sobre todo, deducir rasgos y características definitorios de cada uno de esos instantes de manera que parecen una nueva revelación de su identidad más profunda.



En 1979 el Centro Georges Pompidou dedicó a Dalí la primera gran exposición retrospectiva que tenía lugar en Francia sobre su obra. La muestra destacó aspectos de su labor y su conducta que guardaban estrecha relación con algunos de los dominantes en el pensamiento de la época. Fue por entonces cuando se multiplicaron las ediciones y los estudios sobre el marqués de Sade y sobre la figura opuesta y complementaria de Masoch, también cuando los análisis del texto de Roland Barthes y Michel Foucault pusieron sobre la mesa maneras radicales y nuevas de comprensión e interpretación de lo escrito y, por último, cuando las exposiciones iniciaron el camino espectacular y de atención mayoritaria que las ha marcado hasta ahora.



Treinta y cuatro años después de la exposición del Pompidou, la asociación del museo francés con el MNCARS madrileño y el Salvador Dali Museum Saint Petersburg de Florida, más la colaboración de la Fundación Gala-Salvador Dalí de Figueras, ha propiciado una nueva revisión de su obra, ahora conclusa aunque no totalmente descubierta, que pone el acento en los aspectos más académicamente canónicos de su producción así como en aquellos hasta ahora menos atendidos o no considerados todavía dentro del ámbito de la realización culta superior.



Así, el comisario Jean-Hubert Martin, y aquí en Madrid Montse Aguer y colaboradores, han distribuido la obra de Dalí, sustentándola fundamentalmente en la pintura, en once capítulos que siguen a la vez un orden que es cronológico y temático, en los que, ciertamente, se reúne una muy escogida y completa selección de sus mejores cuadros, según conjuntos que refuerzan y hacen más sólidas las tesis ya existentes sobre su trabajo pictórico.





Detalle de Impresión de África, 1938 (Museum Boijmans van Beuningen de Roterdam)



La primera sala agrupa los primeros paisajes de Figueras y Cadaqués, los retratos familiares del padre y la hermana -la madre permanece siempre invisible y ausente-, a la que se adjuntan otras dos, la primera con varios autorretratos, y la segunda con la proyección de la película Auportrait mou de Salvador Dalí, de 1966, su época catalana, hippie y enloquecida, protegida por el Régimen.



Un anticipo del que es el segundo eje y punto fuerte de la exposición: la equiparación de su actividad pública con los modos contemporáneos del event o la performance, así como una consideración especial a sus actividades publicitarias, el diseño de producciones por encargo o el mero hecho de la entrevista como obra de arte. A ello se dedica también la mayor parte de los ensayos de los colaboradores franceses en el catálogo.



Le siguen secciones singulares dedicados a su estancia en la Residencia de Estudiantes -que a su vez tienen apartados individuales en los textos de los colaboradores españoles en la publicación- y a los períodos protosurrealista y surrealista propiamente dicho. De este último se presta atención a las características y desarrollo del método paranoico-crítico como algo diametralmente opuesto al automatismo psíquico bretoniano, abriendo espacio propio a El mito trágico del Angelus de Millet, tanto en sus versiones pintadas como en la edición en libro que tanto nos trastornó en la versión francesa de Jean Jaques Pauvert, en los setenta, y en la española de Tusquets, en los ochenta.



El período americano, desde el inicio de la Segunda Guerra Mundial hasta mediados de los años cincuenta, haciendo especial hincapié en su faceta mundana, ocupa un denso capítulo que culmina en una sala con treinta dibujos originales que ilustran La vida secreta de Salvador Dalí (1941-42), en la que se resume, por así decir, su increíble talento de escritor. Resulta impagable la filmación dedicada al banquete para los refugiados del nazismo organizado por Dalí, el 16 de marzo de 1939, Noche en el bosque surrealista, y la cara de Bob Hope cuando descubre que uno de los platos de la cena son sapos vivos servidos en bandeja de plata.





Detalle de El espectro del sex-appeal, 1934 (Fundación Gala-Salvador Dalí de Figueras)



Un breve apartado dedicado al teatro, el ballet y a sus escenarios, que completa cuanto ya se ha presenciado de producción cinematográfica y a la que añade sus colaboraciones con Disney y Hitchkock (Recuerda), da paso a una sala en las que se reúnen y proyectan acciones realizadas en Nueva York o Port Lligat, anuncios del chocolate Lanvin y de los comprimidos Alka-Seltzer y otros que en conjunto ni superan ni añaden mucho, al menos a mi modo de ver, a la extraordinaria interpretación de estos trabajos que hizo Félix Fanés en la estupenda exposición Dalí. Cultura de masas, organizada por la Fundación la Caixa y que recaló en el MNCARS en 2004.



Finalmente, sus últimas producciones, desde el autorretrato como Mao-Marilyn de principios de los setenta hasta el trágico Llegaremos más tarde. Hacia las cinco, 1983, al que Ignacio Gómez de Liaño dedicó, en el momento de su realización un rendido ensayo, a los que se añaden las experiencias estroboscópicas y sus trabajos con hologramas cierran la muestra.



La resumiría diciendo que es una extraordinaria y completísima selección de sus obra pintada y dibujada, sin apenas presencia de la sospechosa producción gráfica, bien complementada por proyecciones y material documental, que al menos aquí no resulta agobiante y que lucha por ubicar a Dalí en un nuevo lugar más próximo de la contemporaneidad pero que, a la vez, se obliga a ceñirse a cierta manera de concebir la historia impuesta por esa misma contemporaneidad y de la que Dalí, como todos los grandes, tiende a escaparse. En cualquier caso, para no perdérsela.