Piense en la infancia, sugiere el alto octogenario Robert Irwin frente Sunshine Noir, una de las obras de su serie Way Out West, que se hasta enero se exhibe en la Galería Elvira González de Madrid. Se trata de una instalación a base de tubos de neón pintados que alcanzan distintos efectos y tonalidades según la potencia de la luz. Asoma Irwin la mirada por debajo de su gorra de Coca-Cola y enseguida increpa: "En serio, piense en su infancia ¿Recuerda a su profesor mostrándole un cuadrado rojo? El profesor le pide que lo mire durante 20 segundos y luego lo aparta. Entonces usted ve un perfecto cuadrado verde donde antes estuvo el otro. Ese cuadrado es lo que busco". No hay mejor definición para el trabajo de este pionero del minimalismo, que desde que logró emerger de la tiranía del lienzo vive a la caza de las certezas del ojo humano, de ese mundo que vemos solo a través del sentido de la vista y que ningún objeto intermediario puede reemplazar.



Californiano como es, Irwin, uno de los artistas vivos más importantes del mundo, ha sido feliz en esa búsqueda a lo largo de 30 años, desde que abandonó la pintura. Y lo de unir felicidad con California no es baladí, a causa de su patria chica su arte ha sido rechazado muchas veces en los círculos neoyorquinos del arte: "Ellos no creen que exista nada fuera de Nueva York, piensan en California como un lugar sin historia, sin tradición arquitectónica, como un sitio superficial. No se dan cuenta de que en el resto del mundo existe otra vida cultural rica y viven pensando que en mi tierra la vida es solo un día soleado, con playas y películas. Ese es uno de los problemas que han tenido conmigo, que no soportan que un artista sea a la vez un niño feliz y no alguien atormentado. Quieren la rabia y la tristeza, pero qué le voy a hacer, a mí me gusta el mundo y me encanta lo que hago, me lo he pasado muy bien siendo artista", protesta Irwin, quien precisamente bautizó esta serie que ahora presenta Madrid como Way Out West para que su procedencia quedara clara en la exposición en la que la presentó en Nueva York por primera vez: "Vengo del Oeste, eso es lo que soy. No hay mejor carta de presentación". Su acento, su forma de tomarse la vida y los abrazos que regala al que se topa con él dejan claro lo bien que le ha ido:



- ¿Sabe por qué vine a España por primera vez? Para comprobar si se podía vivir con menos de un dólar al día. Me fui a Ibiza. Y, sí, se podía.



No obstante, ese rechazo local que ha padecido en su país no le ha impedido alzarse como un imprescindible del arte contemporáneo y, a la vez, la alegría con la que ha trabajado le ha granjeado una salud y una vitalidad envidiables a sus años. Pero, con todo, la búsqueda no cesa. "Creo que la clave está en que no hay un sentido para todo esto. Si alguien dice que una habitación está vacía yo lo contradigo afirmando que en absoluto lo está y que, al contrario, esta alberga todo tipo de cosas. Si buscas el significado, lo material, te estás perdiendo mucho". Vuelve Irwin con esta reflexión al cuadrado verde y, desde aquí, mientras pide a su asistente que encienda y apague una de sus obras (que van de la escultura, cuando están apagadas, a la pintura más luminosa y a ese efecto óptico deseado cuando alcanzan la máxima intensidad de luz y color) hilvana un discurso contrario a todos aquellos que han intentado medir y poner nombre a ese estado visual, desde la psicología perceptiva a los estudios con ordenadores:



- No hay más verdad que la que se produce en ese efecto, porque primer cuadrado, el rojo, está codificado, porque sabes que es rojo y lo asocias a las cosas relacionadas con el color rojo. A más conozcamos algo, a más codificado esté, más sentido le damos, más funcionalidad. En cambio, ante el cuadrado verde estás tú solo, lo que eres en realidad. A mí me ha ampliado la visión, ese mundo es mucho más bello. No importa lo perfectos que sean los estudios sobre este tema, no tienen nada qué hacer con respecto a lo que vemos nosotros solos con nuestro cerebro.



Esta obsesión suya por lo que subyace bajo la materia se produjo en un momento concreto de su vida. El artista, entonces pintor, vivió "una epifanía" que le invitó a pasar el resto de su carrera artística ensimismado entre las luces y las sombras:



- Estaba pintando y, de pronto, me fijé en la sombra del lienzo, vi lo que rodeaba a la pintura, lo interesante que era. Si lo movía, la luz se iba. La materia no significa nada, pero lo que hay en ella lo es todo. Es imposible ver sin las sombras. Digamos que me salí del cuadro porque me di cuenta de que el mundo no lo vemos a través de un marco, sino mediante los sentidos y las percepciones.



Por todo esto Irving es reacio a las fotografías de sus obras. "Es mejor estar delante de ellas, si no, no tienen sentido". Si tiene razón o no -desde aquí creemos que sí- es fácil de comprobar: su luminosa -en todos los sentidos- serie Way Out West puede verse hasta el 5 de enero en Elvira González.



Sobre Pacific Standard Time

"No he visto todo lo de esta exposición porque hay muestras en muchos sitios, pero me soy consciente de su repercusión y de lo buena que es. Yo he crecido en California y he trabajado allí entre los 50 y los 70. La gente con la que trabajé allí entonces son todos grandes artistas, me encantan. Entonces todos pensábamos que estábamos haciendo algo grande. Cuando abandoné la pintura y dejé de ser un artista de estudio tuve que moverme de allí, pasé un tiempo en el desierto y luego ya nunca pude regresar del todo. Pero sé que hay muchos nuevos artistas y movimientos muy buenos hoy en día en California".