Jannik Sinner, junto a su familia en las ATP Finals de Turín.

Jannik Sinner, junto a su familia en las ATP Finals de Turín. ATP TOUR

Tenis

Jannik Sinner, tenista, 24 años: "Cuando era pequeño no teníamos mucho. Mi padre era cocinero y mi madre camarera"

El italiano no tuvo una infancia fácil para adentrarse en el mundo del tenis, pero el sacrificio y su talento acabaron marcando la diferencia.

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G.E.
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Jannik Sinner se ha adueñado del circuito con una frialdad poco habitual en el tenis moderno, pero su historia empieza lejos de los focos de los Grand Slams. Nació en San Candido, en el Tirol del Sur, una zona alpina en la frontera entre Italia y Austria donde la vida gira alrededor de la nieve.

Antes de ser el gran rival de Carlos Alcaraz, fue simplemente el hijo de un cocinero y una camarera en un refugio de montaña. Ese lugar es el Rifugio Fondovalle, perdido entre los Dolomitas a más de 1.500 metros de altitud.

Su padre, Hanspeter, es el chef, y su madre, Siglinde, administra el comedor. Allí se crió el hoy número uno del mundo, viendo a sus padres encadenar jornadas interminables para sacar adelante el negocio.

Lejos de guardar resentimiento, Sinner lo recuerda con gratitud y realismo, resumiendo siempre que no tenían mucho, pues su padre era cocinero y su madre camarera. De esa cocina alpina heredó una ética de trabajo intachable y su sobriedad al competir, sin gestos gratuitos.

Durante su infancia, Sinner mantuvo una doble vida deportiva muy marcada por el clima de la región. En los meses de invierno destacaba en el esquí alpino, llegando a consagrarse como campeón juvenil en su región, mientras que en verano practicaba tenis en los clubes locales.

Jannik Sinner, en rueda de prensa

Jannik Sinner, en rueda de prensa Europa Press

Aunque el entorno lo empujaba de forma natural hacia las pistas nevadas, su talento llamó la atención en un campus de verano de la federación italiana. A los 13 años llegó el gran sacrificio familiar: dejar el refugio, la montaña y a sus padres para mudarse a la academia de Riccardo Piatti en Bordighera, a seis horas de casa.

Sus padres aceptaron soltarle la mano pronto, asumiendo facturas que resultaban difíciles de afrontar para un pequeño negocio de hostelería.

Consciente de la ajustada realidad económica de su hogar, Sinner propuso una cláusula de rescisión sentimental antes de lanzarse por completo al profesionalismo. Les dijo a sus padres que si con veintitrés o veinticuatro años no estaba en el Top 200, dejaría el tenis de inmediato.

No había dramatismo en sus palabras, sino pura contabilidad doméstica: financiar los viajes y entrenadores sin obtener resultados era un lujo familiar inasumible.

El ultimátum le obligaba a rendir y liberaba la conciencia de sus padres. La apuesta funcionó rápido, ya que a los dieciocho años ya ganaba lo suficiente para sostener su propio proyecto y aliviar el peso familiar.

Desde entonces, cada hito en su carrera profesional -como el Open de Australia o el ascenso al número uno del mundo- lleva una dedicatoria velada a sus padres.

Sinner insiste en que jamás sufrió la presión de padres tóxicos y asegura que ojalá todo el mundo pudiera tener unos padres como los suyos, porque nunca le presionaron y siempre le dejaron elegir el deporte que él quisiera.

Hoy, afincado en Mónaco, entrena en clubes privados y viaja en avión privado, pero mantiene la brújula de su infancia intacta. Su éxito actual se entiende mejor al recordar que detrás de cada derecha ganadora hay años de platos servidos, turnos dobles y una promesa familiar para no gastar más de lo permitido.