Rafa Nadal, durante un partido cuando era un niño.

Rafa Nadal, durante un partido cuando era un niño.

Tenis

Rafa Nadal, 39 años: "No quería hacerme mayor, nunca me ha apetecido avanzar y me sentía bien siendo un niño"

El legendario tenista español tuvo que lidiar con la presión mediática y deportiva desde muy joven.

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Detrás de los 22 títulos de Grand Slam, la fiereza competitiva y la leyenda del deportista inquebrantable, habita un hombre aferrado con nostalgia a la sencillez de sus primeros años de vida.

A sus 39 años, ya retirado del circuito profesional y volcado plenamente en su faceta familiar, Rafael Nadal sigue mirando hacia atrás con el mismo respeto por la infancia que le sirvió de anclaje mental durante sus momentos de gloria máxima en la élite.

El balear nunca tuvo prisa por abandonar la niñez; al contrario, la abrazó como un refugio de absoluta felicidad. Esta particular filosofía de vida quedó registrada en una profunda y distendida conversación en televisión, concretamente en el programa Mi casa es la tuya de Telecinco.

En esa íntima charla, Nadal dejó una reflexión que desarma el mito del deportista obsesionado únicamente con la madurez competitiva temprana: "No quería hacerme mayor, nunca me ha apetecido avanzar y me sentía bien siendo un niño".

Con esta frase, el ex número uno del mundo desveló que, mientras los analistas veían en él a un adulto prematuro sobre la pista, en su interior latía el deseo de congelar el tiempo en Manacor.

Rafael Nadal muerde la Copa de los Mosqueteros

Rafael Nadal muerde la Copa de los Mosqueteros REUTERS

Para Nadal, la infancia no fue una etapa de sacrificios severos, sino un periodo luminoso marcado por la normalidad.

En ese mismo espacio televisivo, el tenista reconoció que compaginar el entrenamiento de alto rendimiento con una niñez común fue posible gracias a la férrea protección de su entorno. "Hacía los desastres típicos de un niño, me gustaba jugar", matizó para explicar que la raqueta no eclipsó su derecho a divertirse.

Incluso confesó con total naturalidad miedos de la infancia que se prolongaron en el tiempo, admitiendo que de adolescente "le tenía mucho respeto a la oscuridad" y buscaba dormir cerca de los suyos para sentirse seguro. Esta resistencia a quemar etapas de forma acelerada moldeó su carácter y se convirtió en su pilar psicológico.

En diversas entrevistas a lo largo de su carrera, como las concedidas en el marco de sus proyectos con la Fundación Rafa Nadal, ha insistido en que el éxito deportivo no debe construirse destruyendo la niñez. "Yo no intenté madurar antes de la hora. Me esforzaba al máximo entrenando, pero fuera de la pista vivía como cualquier otro".

Hoy, con 39 años cumplidos y la distancia que da el retiro, su perspectiva sobre la evolución personal no ha cambiado. Ahora que experimenta la paternidad, Nadal busca proyectar en sus hijos ese mismo entorno equilibrado y libre de presiones asfixiantes.

La madurez precoz que el mundo entero le aplaudía en cada punto agónico de Roland Garros era, en realidad, el fruto de un niño feliz que se resistía a crecer, sostenido por una familia que le permitió seguir siendo un niño el mayor tiempo posible.