Nadal, aplaudiendo a la grada de Barcelona tras ganar el título de campeón.

Nadal, aplaudiendo a la grada de Barcelona tras ganar el título de campeón. Albert Gea Reuters

Tenis Conde de Godó

Nadal, la costumbre de ganar y hacer habitual lo extraordinario

El español, que sumó su undécimo título en el Conde de Godó, ha normalizado con sus continuas victorias una época irrepetible en su deporte.

David Ferrer, exnúmero tres mundial, ha perseguido durante toda su carrera el sueño de ganar alguna vez el Conde de Godó y nunca ha podido hacerlo pese a alcanzar cuatro finales (2008, 2009, 2011 y 2012) en 14 participaciones. Carlos Moyà, exnúmero uno mundial y campeón de un Grand Slam, pudo celebrar en una ocasión el título en Barcelona (2003). Álex Corretja, que nació en Cataluña y llegó al segundo escalafón de la clasificación, lo intentó durante 13 temporadas y no pasó nunca de las semifinales (1994), retirándose sin descubrir la sensación de conquistar el trofeo en casa.

Este domingo, Rafael Nadal venció 6-2 y 6-1 a Stefanos Tsitsipas, levantó su undécima corona en el torneo (¡11!) y dejó una reflexión dando vueltas por las paredes del Real Club de Tenis Barcelona: la costumbre no convierte lo extraordinario en habitual. Por eso, hacerse con 11 títulos en Montecarlo y en el Godó es una locura, hacer historia cada semana es una barbaridad.

“Hay que disfrutar de momentos como en Montecarlo o Barcelona porque son sensaciones únicas que sé que no voy a vivir siempre”, explicó el mallorquín después de vencer a Tsitsipas, al coger el micrófono y dirigirse al público tras ver un vídeo que le preparó la organización del torneo con sus 11 victorias como homenaje. “Ya son muchos vídeos y eso significa que soy viejo”, bromeó el balear. “Lo que significa jugar en un club que me ha visto crecer me supone grandes emociones. Ha sido otra semana muy positiva en casi todos los aspectos. Ganar 11 veces aquí significa mucho para mí, y encadenar dos semanas a este nivel también”.

Nadal, durante la ceremonia de premios del Conde de Godó.

Nadal, durante la ceremonia de premios del Conde de Godó. Albert Gea Reuters

Nadal ganó su primer Godó con 18 años (en 2005, ante Juan Carlos Ferrero) y cerca de cumplir los 32 (el próximo mes de junio) celebró la undécima copa en Barcelona arrollando a Tsitsipas, que empezó el encuentro siendo atropellado y nunca tuvo una pequeña opción para reponerse, cayendo en la final más corta (78 minutos) en la historia del torneo. Como no podía ser de otra manera, el paso del tiempo entre la primera y la última conquista (más de una década) ha transformado el juego de Nadal, que hoy es más agresivo, corre menos o aprovecha mejor los ángulos de la pista, un proceso que le ha acompañado en el asalto de la historia, la leyenda, el mito y el infinito.

“Personalmente, soy muy consciente de la dificultad que esto conlleva”, confesó Moyà, uno de sus entrenadores. “Lo he vivido durante 15 años en el circuito y nunca ha habido un dominio semejante al suyo. Ganar 11 veces el mismo torneo, cuando hablamos del Godó y, sobre todo, de Montecarlo, es impresionante”, siguió el mallorquín. “Cuando entré al circuito se hablaba de jugadores que habían conseguido cinco o seis veces el mismo torneo, como Borg, y parecía increíble. ‘¿Cómo puede ser esto?’, decíamos. Y es que Rafa ha ganado 11”, insiste el balear. “Es muy atrevido decir que no se volverá a ver nunca más, pero será difícil. Los que estamos dentro lo valoramos y somos muy conscientes de lo que estamos viviendo”, cerró el ex número uno mundial.

“El límite a lo mejor está en 11”, aseguró Nadal cuando le preguntaron hasta dónde podría llegar, si el récord se mantendrá con la undécima o seguirá creciendo en el futuro. “Las cosas no se pueden prever, y menos en deporte. Hay muchos factores que influyen y yo siempre le tengo el máximo respeto a todo lo que pueda ocurrir”, siguió el mallorquín. “Intento disfrutar y valorar todo lo que vaya ocurriendo. A veces, ocurre en temas de lesiones, en temas de la vida o en que mi juego no va tan bien”, remarcó. “Hay que estar listo para aceptar que las cosas cojan un rumbo negativo, para asumir las adversidades y poder superarlas”, subrayó. “El límite no se sabe”.