Jon Rahm se lamenta tras un fallo durante la segunda jornada en Augusta.

Jon Rahm se lamenta tras un fallo durante la segunda jornada en Augusta. Reuters

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El Masters de Augusta con más aspirantes hace el corte entre héroes y víctimas

Mientras Patrick Reed hizo una vuelta de ensueño para colocarse líder con -9, el resto sobrevivió como pudo, entre ellos Jon Rahm y Rafa Cabrera-Bello.

Cada año da la sensación de que el Augusta National sea un decorado de cine. A veces se ruedan películas de héroes mitológicos, otras son de aventuras y algunas bélicas, aunque son las películas de terror las ganan en la taquilla. Pregunten a Sergio García, metido el jueves en pleno rodaje de Scary Movie o Sé lo que hicieste el último verano. Son esas películas en las que sabes que siempre va a pasar algo, probablemente cuando los protagonistas son los más felices del mundo. Al español le destrozó Augusta de un solo golpe. A Jordan Spieth le dio un aviso al comienzo de su segunda vuelta y, ahora, todos sabemos que el monstruo amenaza y que Patrick Reed no puede cantar victoria.

El estadounidense, el ogro yanqui de la última Ryder Cup, pareció ser el único que no se enteró de lo duro que estaba el campo de Georgia en la segunda jornada del Masters de Augusta. Un birdie detrás de otro, un buen tiro detrás de otro para un liderato increíble considerando lo complicado de los greens y el viento que soplço durante todo el día. De hecho, a Reed (-9 en el total) sólo fue capaz de seguirle la estela el australiano Marc Leishman, que ya traía parte del trabajo hecho de la primera jornada. El resto, a luchar y sufrir intentando no meterse en ninguna escena con sangre.

Patrick Reed, líder del Masters tras la segunda jornada.

Patrick Reed, líder del Masters tras la segunda jornada. Reuters

Consiguió escapar por los pelos Jordan Spieth recién comenzado el rodaje y a Rory McIlroy se le puso cara de extra que pasaba por allí y al que nadie prestaba atención. Eso sí, héroes también hay y, aparte de Reed y Leishman, aunque en un segundo plano, tanto Dustin Johnson como Justin Thomas hicieron frente al malo y salieron victoriosos con dos tarjetas para enmarcar en un día tan complejo. Y con arañazos y contusiones leves: Tony Finau, Charley Hofman, Rickie Fowler... De Tiger Woods o Phil Mickelson ni hablamos.

Entre los españoles también hubo de todo. Desde el valiente que presentó batalla y se ganó el derecho a permanecer en el guión una escena más hasta el condenado que vagó por el celuloide conociendo su destino de antemano pero sin opción a la protesta, pasando por quien sobrevivió justito y quien estuvo tan cerca de la orilla que llegó a pensar que no se ahogaría.

Mientras José María Oazábal se defendió como gato panza arriba durante 18 hoyos para firmar una tarjeta de cuatro sobre par y fallar el corte por un solo golpe, Jon Rahm salió a la carga con el toque de corneta sonando a rebato. El de Barrika se llevó un revolcón en la primera jornada y no está en su ADN amilanarse. Cuatro birdies y un eagle por sólo dos fallos para firmar una de las mejores tarjetas del día y aspirar a protagonista principal (otra cosa será saber si es héroe o víctima del National). Se quedó con -1 en el total, a 8 golpes de Reed y con posibilidades de atacar en el Moving Day. Para Rafa Cabrera-Bello será una obligación.

Rafa Cabrera-Bello.

Rafa Cabrera-Bello. Reuters

El canario llegó a verse líder en las pizarras. Domó el campo durante nueve hoyos y, seguramente, en su cabeza, aunque fuera sólo por un momento, se vio en la pomada, en la pelea por la chaqueta verde durante el fin de semana. Pues ahí, justo ahí, apareció el malo. Tres bogeys y un doblata por los segundos nueve hoyos le llevaron a una tarjeta de +4 en el día que le alejó demasiado de la cabeza, candidato a víctima a la primera oportunidad, aunque... Nunca se sabe y la distancia, aunque sideral, podría ser salvable en los 36 hoyos que quedan.

Otra cosa es lo de Sergio García. El castellonense, aún vigente campeón del Masters, se llevó tal puñalada por la espalda el primer día que estaba más que condenado a sucumbir a un campo que, a base de odiarlo, acabas queriéndolo con todas tus fuerzas. O quizás no. Será como esas películas en las que no quieres y te tapas la cara, aunque sea con los dedos entreabiertos.