Simeone posa junto a la Europa League con su familia.

Simeone posa junto a la Europa League con su familia. Reuters

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Cuando Simeone enseñó a los atléticos a adorar el catenaccio

Guardiola, en su primer año en Múnich, se bautizó a sí mismo como un entrenador contracultural. Él fue contratado para implantar el juego de posesión –o el tiqui-taca– en un país donde tradicionalmente –y todavía hoy– se bendice la entrega y el contraataque (“posiblemente, el lugar donde mejor se ejecuta”, reconoció Pep). ¿Y lo consiguió? No del todo: no hay nada más complicado que cambiar el ADN. Sin embargo, hay quien sí ha tenido la suerte de lograrlo a la inversa. Simeone, en España –donde el toque se asumió como la única forma posible de ganar tras los éxitos de la selección–, aterrizó en Madrid e implantó un fútbol completamente diferente. 

El Cholo llegó a un equipo derruido sentimental y anímicamente y lo llevó a ganar una Europa League contra el Athletic Club. "Entonces se empezó a gestar algo importante", reconocía estos días. ¿Cómo? Con su particular catenaccio. Es decir, trabajando la defensa, minimizando los errores y propiciando los aciertos en el área contraria. Sin aspiraciones de protagonismo –la pelota se la puede quedar el otro equipo–, pero con una idea clara de juego: no encajar y marcar más goles que el contrario. Y, aunque parece sencillo, no lo es. 

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De primeras, Simeone se encontró con los guardianes del estilo. En España, durante mucho tiempo, se pregonó que había que jugar al toque. Sí, el buen fútbol era el de posesión; jamás el defensivo. A esos tuvo que demostrarles que estaban equivocados. Con un equipo que llegaba a todos los balones y aprovechaba sus oportunidades en ataque, colocó al Atlético de Madrid al nivel de Real Madrid y Barcelona –algo impensable años antes–.

Ese estilo se discutió. Hasta que empezó a ganar. En total, seis títulos desde que llegó (dos Europa League, una Liga, una Copa y una Supercopa de España y otra de Europa). Conjugó el fútbol defensivo con grandes partidos en lo ofensivo. La receta la asumieron los jugadores: cuando se puede jugar bien y siendo protagonistas, perfecto; cuando no, se gana. Tan simple como eso. Y así, llevó al Atlético a dos finales de Champions League: ambas perdidas contra el Madrid en Lisboa y Milán respectivamente. 

Griezmann y los jugadores del Atlético celebran la Europa League.

Griezmann y los jugadores del Atlético celebran la Europa League. Reuters

Con ese balance de resultados y títulos, Simeone consiguió convencer a jugadores y afición de que ese era el camino. Y, hoy en día –y tras volver a ganar la Europa League–, nadie le discute. Posiblemente, alguien refunfuñe durante algunos partidos, pero a la larga importa poco. El mejor ejemplo, de nuevo, lo volvió a ofrecer el Atlético este miércoles: sufrió durante los primeros 15 minutos –y siempre cuajando una gran actuación en defensa– y espero el fallo del rival. Griezmann lo aprovechó y puso a los suyos por delante. Más tarde, volvería a hacer lo propio marcando el segundo y dejando a Gabi ponerle la guinda al pastel con un tercer tanto contra el Olympique de Marsella (0-3). 

Ese estilo ganador –sea defensivo (o no)– le ha reportado al club, a su vez, un crecimiento exponencial. El Atlético, gracias a los éxitos cosechados este año, ha triplicado su presupuesto, ha aumentado su masa salarial (Agüero ganaba entonces seis millones y Griezmann cobra ahora 14), ha pasado de ser un club vendedor a ser comprador (como ejemplifica el fichaje de Diego Costa) y ha abandonado el nivel medio europeo para estar entre los grandes. A todo esto, se le suma un nuevo estadio y muchas dificultades, como la de no fichar durante el pasado mercado veraniego. 

Con esta progresión, cómo discutir lo hecho por Simeone. “¿Sabes cuántos Mundiales ha ganado el catenaccio?”, le retaba Ancelotti a un periodista en las semifinales entre Real Madrid y Bayern de Champions previas a la Décima. “Pues eso”, zanjó el italiano. Y el Cholo puede decir lo mismo. Quizás, durante largos tramos de la temporada, se discuta su estilo. O se diga que es aburrido. O lo que sea. Da igual. Al final, llegan los éxitos. Y los colchoneros lo saben. Por eso, Simeone es sagrado. Y lo que haga, como si esto fuera un religión, va a misa. No hay más que decir.