Simeone se echa las manos a la cabeza durante el partido ante el Qarabag.

Simeone se echa las manos a la cabeza durante el partido ante el Qarabag. EFE

Champions League EL ARGENTINO, EN SUS PEORES DÍAS

¿Es la hora de cuestionar al Cholo Simeone?

El técnico rojiblanco se erige como “el culpable de la situación”, pero sigue siendo el más aplaudido en el Metropolitano. Tras tantos éxitos, ¿hay razones para señalar al banquillo?

23 de diciembre de 2011. El Atlético hace oficial el fichaje de Simeone. El argentino viaja a Madrid, comparece en rueda de prensa, posa con la camiseta y sonríe. Se viste de entrenador, pisa la hierba del campo de entrenamiento y da instrucciones. Sustituye a Gregorio Manzano y asume el mando de un equipo a la deriva. Pero no titubea. Coge el timón y el barco deja de temblar. El crucero rojiblanco zarpa y, en mayo de 2012, gana la Europa League. ¡Menudo alegrón! El Cholo empieza a ser, de alguna manera, el verdadero Neptuno. Nadie lo cuestiona, nadie duda de él ni lo crucifica. Es el técnico ideal para el club, el único capaz de dar estabilidad a un equipo acostumbrado al catastrofismo y al drama, a extender su leyenda del pupas. ¡Que se quede de por vida!

31 de octubre de 2017. “Soy el culpable”, reconoce Simeone en rueda de prensa. El argentino comparece después del empate de su equipo ante el Qarabag (1-1). El Atlético se complica, con ese resultado, su clasificación para octavos de la Champions –necesita ganar sus dos partidos y esperar a resultados ajenos que le favorezcan– y no acaba de arrancar en Liga, donde es cuarto a ocho puntos del Barcelona, líder de la competición. Y, claro, la afición no lo entiende. Vuelve el catastrofismo, el nerviosismo y el estrés. Y, aunque nadie mira a Simeone –sigue siendo el más aplaudido en el Wanda Metropolitano cuando suena su nombre–, hay quien, en la puerta de salida, se pregunta. ¿Y si hay que cuestionarse lo incuestionable? Es decir, ¿y si de verdad es el culpable? He ahí la cuestión.

Entre esos dos momentos han pasado seis años y Simeone ha cumplido sus objetivos con creces. El Atlético venía de abajo y se ha instalado en el Olimpo del fútbol europeo. Ha convertido en rutina lo que parecía imposible, se ha acostumbrado a escuchar el himno de la Champions cada temporada y ha recibido elogios de todo el continente. Ha ganado, en este tiempo, una Liga, dos Supercopas (una de España y otra de Europa), una Copa del Rey y la mencionada Europa League. Ha recibido ofertas por Saúl, Griezmann, Koke, Godín, Oblak… Y, sin embargo, no ha cedido. El club vendedor se quedó en la cuneta. Ahora, el Atlético compra (y gasta). Este mismo verano, adquiriendo dos nuevos cromos: Diego Costa y Vitolo, que estarán a disposición en enero. Y, por si fuera poco, tutea a Madrid y Barça, a los que antes miraba de lejos.

Los jugadores del Atlético se lamentan tras el empate.

Los jugadores del Atlético se lamentan tras el empate.

Simeone le ha cambiado la cara al club. El equipo de antaño instalado en la mediocridad se ha acomodado en la excelencia. Durante estos seis años, ha alcanzado dos finales de Champions, unos cuartos y unas semifinales. Ha vuelto a ganarle al Madrid y ha llenado Neptuno. Ha acabado también con la leyenda del pupas, con los días lúgubres y las noches oscuras. Ha pasado de verlo todo negro a experimentar la sensación de observarlo todo rosa. Y todo eso, lo ha hecho el Cholo. Sí, con la colaboración de la directiva y el apoyo de la afición, pero el principal responsable ha sido el argentino.

¿Quiere decir esto que no se han hecho cosas mal? Desde luego, la perfección no existe, y más en un equipo tan complejo (y particular) como el Atlético. Simeone también ha errado. Posiblemente, lo hizo al dejar escapar a Diego Costa. O, por ejemplo, al no haber conseguido adaptar a determinados jugadores a su esquema de juego: Gaitán, Vietto o Gameiro. Los dos primeros, peticiones expresas suyas, y el tercero, adquirido por la directiva. Se le puede reprochar, también, que el estilo de juego se ha mantenido intacto y quizás debería haber mutado con el tiempo. Aunque, ciertamente, nadie sabe si los resultados habrían sido mejores. Y, por último, determinadas decisiones: meter a Diego Costa en la final de Lisboa –con lo que eso implicaba, perder un cambio–, o, este mismo martes, sustituir a Thomas tras el gol.

Todo eso es culpa del Cholo. Sí, lo bueno y lo malo. Y también que Gabi, tras el empate contra el Qarabag, dijera aquello de “la Europa League es una mierda”. O que los aficionados lo piensen. Realmente, nadie se hubiera imaginado hace seis años que los rojiblancos minusvaloraran la Europa League. Nadie. El ser humano, sin embargo, se acostumbra enseguida a lo bueno. Y, al mismo tiempo, olvida pronto. Quizás sean tiempos de recordar o de agacharse al suelo y tocarlo. Ver que lo que uno pisa está duro. Eso puede ser recomendable para no perder la perspectiva y para valorar justamente si, en efecto, hay que cuestionar a Simeone. No serán estas letras las que lo nieguen o lo afirmen. Le corresponderá a la afición, al Metropolitano y a la gente. Y, sobre todo, al futuro. Porque, ¿y si el Atlético gana Europa League y Copa? ¿Habría sido una mala temporada? Ahí queda la pregunta, que la conteste quien se precie.

Flipe Luis golpea el césped tras el empate ante el Qarabag.

Flipe Luis golpea el césped tras el empate ante el Qarabag. EFE