El refugio de Unai Emery en una villa guipuzcoana

El refugio de Unai Emery en una villa guipuzcoana EE

Fútbol

El refugio de Unai Emery en un pueblo de 16.000 habitantes: fachadas de colores, bares de pintxos y una playa de 900 m

El técnico del Aston Villa nació y creció en Hondarribia, una villa guipuzcoana que combina historia, identidad marinera y paisaje atlántico.

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J. P.
Publicada

Cuando el calendario le da un respiro y el ruido del banquillo se apaga, Unai Emery mira siempre hacia el mismo punto del mapa: Hondarribia. Allí nació, allí creció entre mar y montaña y allí sigue teniendo su gran ancla emocional.

En esta villa guipuzcoana de algo más de 16.000 habitantes, el técnico encuentra un paisaje y un ritmo de vida que poco tienen que ver con los focos del fútbol de élite.

Es su manera de volver a casa, no solo en sentido geográfico, sino también íntimo: familia, raíces y una cotidianidad que permanece casi intacta pese a los títulos y los cambios de equipo.

Hondarribia se recorta en la desembocadura del Bidasoa, frente a la vecina Hendaya, con el casco antiguo encaramado a la colina y las murallas abrazando un entramado de calles empedradas.

Es un pueblo acostumbrado a mirar al horizonte, a convivir con la frontera y con la bahía de Txingudi como escenario. Para Emery, ese entorno es mucho más que una postal: es el lugar donde siguen viviendo muchos de los suyos y donde su apellido forma parte del tejido social y deportivo.

Su implicación con el Real Unión en la cercana Irún refuerza esa idea de círculo que nunca se ha roto.

El casco histórico, con el viejo castillo convertido en parador y los palacetes de piedra asomados a la plaza, aporta la parte más solemne del decorado. Sin embargo, la imagen que mejor define el refugio al que vuelve Emery está unas cuantas cuestas más abajo, en el barrio de La Marina.

Emery dirige a sus jugadores durante el encuentro

Emery dirige a sus jugadores durante el encuentro Europa Press

Allí se alinean las casas de fachadas blancas y verdes, rojas o azules, con balcones de madera cargados de flores y ropa tendida, composiciones que ya son un clásico de las guías turísticas.

Esas fachadas de colores, tan reconocibles, dibujan el escenario perfecto para un paseo anónimo entre vecinos, lejos de los flashes de los grandes estadios.

A ras de calle, los bares de pintxos completan el cuadro. Barra repleta, cazuelitas humeantes, conversaciones cruzadas en euskera y castellano, y terrazas que se llenan en cuanto asoma el sol.

No es difícil imaginar al técnico encajando unas horas en uno de esos locales, en un ambiente donde el fútbol se mezcla con la vida diaria y donde su figura se percibe más como la del vecino que triunfó fuera que como la del entrenador observado al milímetro.

El otro gran elemento de ese refugio es el mar. La playa de aproximadamente 900 metros, protegida por el espigón y el puerto deportivo, ofrece un tramo de arena suficiente para caminar, desconectar o dejar que el día se diluya mirando a la costa francesa.

A un lado, las embarcaciones amarradas; al otro, el paseo marítimo y la línea de restaurantes que miran hacia la bahía. Es en este paisaje donde encaja la imagen de un entrenador que, después de una temporada intensa, vuelve a medir los tiempos a otro ritmo: el de las mareas y el de los recuerdos.

Así, el refugio de Unai Emery no es un retiro remoto, sino un pueblo vivo y abierto que combina historia, identidad marinera y paisaje atlántico.

Un lugar donde coinciden sus vínculos familiares y un escenario perfecto para bajar pulsaciones: fachadas de colores, bares de pintxos y una playa recogida que le permiten, por unas horas, dejar el fútbol en segundo plano.