Montaje con los bombardeos en Irán, las protestas en Estados Unidos, las figuras de Infantino y Trump y las revueltas en México.

Montaje con los bombardeos en Irán, las protestas en Estados Unidos, las figuras de Infantino y Trump y las revueltas en México.

Fútbol

100 días para el Mundial de Trump: la tensión geopolítica, el cártel y el control migratorio disparan la amenaza de boicot

El conflicto entre Estados Unidos, sumado a las revueltas tras la muerte de 'El Mencho' en México, ha hecho que el fútbol pase a un segundo plano.

Más información: El conflicto EEUU-Irán pone en jaque al fútbol: misiles en Catar a un mes del España-Argentina y surgen dudas para el Mundial

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A 100 días de que el balón eche a rodar en el Estadio Azteca, el Mundial más grande de la historia se prepara en un clima que se parece poco a la fiesta que imaginó la FIFA.

El torneo de las 48 selecciones, 104 partidos y tres países anfitriones asoma en el calendario mientras, lejos de cualquier pizarra táctica, el debate lo llenan los misiles sobre Irán, los cárteles mexicanos y los controles migratorios en Estados Unidos. La cuenta atrás es la misma de siempre; el contexto, no.

Lo que debería ser un periodo para hablar de listas, favoritos e ilusiones se ha convertido en un catálogo de incertidumbres que supera lo deportivo.

Una selección participante ha sido atacada militarmente por el país anfitrión, una de las sedes vive bajo la presión del narco y en las gradas planea el miedo a que el Mundial se convierta en escaparate de la política migratoria de Donald Trump. El fútbol, por primera vez en mucho tiempo, no ocupa el centro del escenario.

En este tablero, la tensión geopolítica no es un telón de fondo: condiciona quién podrá viajar, qué partidos se jugarán donde estaba previsto y hasta si algunos países se plantean, de verdad o de puertas afuera, si deben estar.

La amenaza de boicot no es aún un hecho, pero sí un síntoma de que el relato de la gran celebración global está seriamente erosionado.

El papel de Irán

El conflicto que mejor explica el cambio de clima es el que enfrenta a Estados Unidos e Israel con Irán. La selección iraní tiene plaza asegurada en el Mundial, pero el país vive una situación que desborda cualquier contexto futbolístico.

Bombardeos sobre Teherán y otras ciudades clave, centenares de muertos y la confirmación de la muerte del líder supremo, Alí Jamenei. La guerra ha dejado de ser un ruido lejano para convertirse en un factor directo sobre la competición.

La relación de Irán con el torneo ya estaba marcada por la política mucho antes de las bombas. El veto migratorio aprobado por la administración Trump limita desde 2025 la entrada a ciudadanos de varios países, entre ellos Irán, y ha complicado la logística de federativos, jugadores y, sobre todo, aficionados.

La federación iraní ha denunciado trabas para obtener visados y llegó a ausentarse del sorteo mundialista en Washington en señal de protesta, después de que Estados Unidos negara la entrada a parte de su delegación.

Sobre el papel existen excepciones para deportistas y acompañantes; en la práctica, la arbitrariedad consular ha convertido cada trámite en una moneda al aire.

El plan inicial de la FIFA era que Irán jugara sus 3 partidos en suelo estadounidense, con un calendario que la lleva a Los Ángeles y Seattle. Las sedes se eligieron, en teoría, para facilitar el desplazamiento de la numerosa diáspora iraní radicada en la costa oeste. Y es que en California residen más de 200.000 iraníes.

Infantino habla con Donald Trump.

Infantino habla con Donald Trump. EUROPA PRESS

Hoy, la pregunta es otra: si esa diáspora podrá entrar sin exponerse a interrogatorios, devoluciones o problemas legales en medio de un clima de enfrentamiento abierto entre gobiernos.

Tras los últimos ataques, el propio presidente de la federación iraní ha admitido públicamente que es difícil mirar el Mundial "con esperanza" y que la participación está en duda.

En Teherán se habla ya sin tapujos de un posible boicot: renunciar a viajar a Estados Unidos como gesto político después de que el país anfitrión haya participado en la operación militar. Algunos medios iraníes y figuras cercanas al régimen plantean el Mundial como una línea roja: acudir sería "normalizar" lo ocurrido; no acudir, asumir el coste deportivo a cambio de reafirmar la narrativa de resistencia.

En paralelo, flotan otros escenarios igual de explosivos: ¿y si no es Irán quien decide renunciar, sino Estados Unidos quien formaliza la prohibición de entrada a jugadores y cuerpo técnico, más allá de las exenciones prometidas?

En ese caso, la pelota pasaría a las manos de la FIFA: tendría que decidir si reubica los partidos en México o Canadá, si sustituye a Irán por otra selección asiática o si planta cara al país anfitrión exigiendo garantías reales. Cualquier decisión sentaría precedente.

Porque Irán no sería un caso aislado. Un hipotético veto efectivo sobre una selección abriría la puerta a que otros países, aliados o no, reconsiderasen su presencia.

Algunos socios europeos, ya incómodos por la deriva de Trump en Groenlandia y por la escalada militar, verían en un caso así la excusa perfecta para reabrir en serio el debate sobre el boicot. De repente, la renuncia de una sola selección podría convertirse en efecto dominó.

Entre cárteles

Mientras Oriente Medio arde, el otro flanco de la tormenta se abre en México. El país, uno de los anfitriones históricos de la Copa del Mundo, ha visto cómo la muerte de Nemesio Oseguera, "El Mencho", líder del Cártel Jalisco Nueva Generación, desencadenaba una ola de violencia que ha puesto en jaque la imagen de seguridad que las autoridades querían proyectar de cara al torneo.

En los días posteriores a la operación militar que acabó con el capo se registraron bloqueos de carreteras, vehículos incendiados, tiroteos y ataques coordinados en buena parte del país, con especial intensidad en Jalisco, el estado cuya capital es Guadalajara.

Guadalajara, elegida como una de las sedes, resume la contradicción: un estadio moderno, infraestructuras renovadas, inversiones pensadas para el turismo deportivo y, al mismo tiempo, la presencia constante de un poder paralelo que ha demostrado su capacidad para paralizar una región entera en cuestión de horas.

El Gobierno mexicano ha reaccionado con un mensaje de firmeza. La presidenta Claudia Sheinbaum ha prometido "todas las garantías" para que el Mundial se celebre con normalidad y ha insistido en que no hay riesgo para los visitantes.

La FIFA, por su parte, se ha apresurado a transmitir tranquilidad, anunciando visitas de evaluación y reafirmando su confianza en el país como sede. Es el tipo de lenguaje que la organización domina: llamado a la calma, apelación al trabajo conjunto, fe en la capacidad de los anfitriones.

La policía de Jalisco, tras el abatimiento de 'El Mencho'.

La policía de Jalisco, tras el abatimiento de 'El Mencho'. EUROPA PRESS

Pero debajo de ese discurso aparecen cuestiones incómodas. Analistas de seguridad citados en la prensa internacional advierten de que, para garantizar la paz durante el Mundial, el Estado podría verse empujado a pactar una suerte de "tregua tácita" con los cárteles en las zonas clave, algo que chocaría frontalmente con el relato oficial de combate al crimen organizado.

Y si la violencia se reactivara en plena competición, la presión no vendría solo de los aficionados: sindicatos de jugadores, federaciones y hasta patrocinadores podrían exigir cambios de sede o, en casos extremos, plantearse no jugar donde no vean condiciones mínimas de seguridad.

ICE y miedo en las gradas

El tercer vértice de la desconfianza está en Estados Unidos, el gran motor económico del Mundial y, al mismo tiempo, el país que más recelos despierta entre aficionados y organizaciones de derechos humanos. El anuncio de que el aparato de inmigración y control fronterizo tendrá un papel relevante en el dispositivo de seguridad ha encendido todas las alarmas.

Medios locales e internacionales han recogido testimonios de aficionados que han cancelado entradas y viajes por miedo a convertirse en objetivo de redadas durante el torneo.

Familias con estatus migratorio frágil, hinchas sin papeles y comunidades enteras que se habían planteado el Mundial como una fiesta se preguntan ahora si no es más prudente seguirlo por televisión para no exponerse a un control de pasaportes que pueda acabar en centro de detención.

Las calles también hablan. En varias ciudades estadounidenses se han producido protestas y concentraciones de grupos contrarios a la agenda MAGA que vinculan el Mundial con la imagen que Trump quiere proyectar del país: fuerte hacia fuera, duro hacia dentro.

Para estos colectivos, convertir el torneo en éxito de público y ambiente sería, en cierto modo, avalar esa política. Su boicot no se articula tanto desde las selecciones como desde abajo: no comprando entradas, no viajando, no participando en la fiesta.

Colectivos como Football Supporters Europe han denunciado la falta de claridad sobre qué se puede llevar o hacer en las inmediaciones de los estadios, qué fuerzas actuarán y hasta qué punto las operaciones de control migratorio pueden solaparse con el dispositivo de seguridad del torneo.

El miedo no es solo a un atentado o un incidente violento, sino a que las gradas se conviertan en escenario de detenciones ejemplarizantes. Y ese miedo, de nuevo, se traduce en la palabra que sobrevuela todo: boicot, aunque sea silencioso.

La postura de FIFA

En medio de este paisaje, FIFA se esfuerza por mantener el relato original: el Mundial de 2026 será el más grande, el más rentable y el más visto de la historia.

Las cifras acompañan: 3 países, 16 sedes, 48 selecciones y previsiones de ingresos récord en torno a los 11.000 millones de dólares. Las solicitudes de entradas han desbordado las expectativas y el organismo insiste en que el interés del público no se ha resentido pese al ruido político.

El discurso oficial, sin embargo, choca con la realidad que asoma en portadas y tertulias. Cada vez que Gianni Infantino repite que "todo marcha según lo previsto", los informativos abren con imágenes de coches ardiendo en México o de columnas de humo en Teherán.

Gianni Infantino, junto a Donald Trump.

Gianni Infantino, junto a Donald Trump. EUROPA PRESS

Cada vez que se habla de "tolerancia cero" con la violencia en los estadios, otra organización internacional publica un informe alertando de la militarización del entorno del torneo y de los riesgos para los derechos de los aficionados.

La encrucijada es evidente: admitir que la situación es excepcional implicaría, quizá, replantearse sedes, calendarios y protocolos, con un coste económico y político descomunal. Por ahora, la FIFA ha optado por ganar tiempo y confiar en que la ola de tensión baje antes del 11 de junio.

Mientras tanto, el juego espera. Argentina defenderá título, España llegará como campeona de Europa, Francia volverá a presentarse como candidata y un puñado de selecciones sueñan con dar la sorpresa en el formato ampliado.

Pero esas historias, que en otros años ocuparían el grueso de la conversación, hoy aparecen en segundo plano, desplazadas por mapas de riesgo, comunicados diplomáticos y debates sobre boicot.

Quizá el síntoma más elocuente de este giro sea la propia pregunta que se hacen muchos aficionados: no contra quién juega su selección, sino si merece la pena ir. Si es más peligroso el rival que espera al otro lado del campo o el entorno político y social que rodea al estadio.

A 100 días del inicio, nadie duda de que el Mundial 2026 se jugará; la duda es cuántos podrán vivirlo como lo que se supone que es: un torneo de fútbol, y no el espejo deformado de un mundo en tensión.