Copa del Rey

Rudy Fernández rescata al Madrid para cruzarse con el Tenerife en semifinales

Los últimos minutos del mallorquín fueron decisivos para superar a un Unicaja que soñó con eliminar al campeón de Copa y bien pudo lograrlo (89-84).

Millán Cámara Carlos Bernabé

Se pongan como se pongan, Rudy Fernández ha vuelto. Quizá ya no es el de antes, pero la versión 2017-2018 del alero mallorquín promete. Y desde hace tiempo. A un gran jugador se le debe medir por su reivindicación en los momentos más comprometidos para su equipo. Por lo tanto, a Rudy debe valorársele en su justa medida su aportación decisiva para remontar lo que bien pudo ser irremontable ante Unicaja. Un palmeo y un triple suyos en plena recta final de la eliminatoria de cuartos de Copa significaron la resurrección blanca. Un empate a 77 que, poco después, se convertiría en victoria no exenta de sufrimiento (hasta el propio Rudy falló un tiro libre crucial) con ayuda de Campazzo, Thompkins y Tavares. Para dejar sin sorpresa a un grandioso rival malagueño y cruzarse en semifinales contra el sí sorprendente Tenerife [Narración y estadísticas: 89-84].

Los que han vivido la Copa desde dentro, los que han podido mamar su esencia in situ, saben que es posible que se jueguen varios partidos en un único encuentro. En ese sentido, el duelo entre Real Madrid y Unicaja no defraudó, porque tuvo muchísimas fases. Después de ver a un Madrid algo más entonado en el primer cuarto, con Causeur como estilete, el segundo acto fue de traca. Los blancos tan pronto se pusieron a mandar de ocho puntos, gracias al acierto exterior del francés y de Doncic, como pasaron a perder por esa diferencia… e incluso más.

Así es la Copa, un torneo en el que no vale confiarse. Si en el duelo entre Valencia Basket e Iberostar Tenerife la pintura marcó diferencias, en el segundo partido de esta edición mandó la artillería desde el perímetro. En cuanto Waczynski se entonó con los triples, cómo cambió la película de ese segundo periodo. Con la ayuda de Carlos Suárez, el tirador polaco (viva su país en este jueves de Copa) cortocircuitó al Madrid durante unos cuantos minutos. No había manera de encestar y los de Málaga llegaban a celebrar hasta nueve puntos de renta.

“Era campo atrás”, cantaba el pabellón. Como si todos quisiesen amilanar al vigente campeón. Que se cohibió un rato, cierto es. Pero que resurgió de sus cenizas, como está más que acostumbrado a hacer. Y, para desesperación del rival, a la velocidad de la luz. Campazzo se quitó la chistera para hacer un poco de magia (menudo mate de chapeau le fabricó a Tavares) y, de paso, despertar a sus compañeros. Previo triple de Doncic, llegó uno del argentino para volver a meter al Madrid en plena pelea por la victoria. En un parpadeo. Casi literal.

Pero ganar de uno al descanso tan sólo era un pequeño triunfo. ¡Anda que no quedaba eliminatoria por delante! Tan dura como había dejado caer la primera parte. Si el campeón quería seguir adelante, tocaba defender tanto como en los momentos de mayor flaqueza, justo antes del descanso. Y seguir metiéndolas de tres, claro. Dicho y hecho: a ello que se pusieron Causeur y Thompkins. Pero no era suficiente, porque Unicaja no estaba por la labor de rendirse.

Así lo demostraron Brooks, McCallum y Suárez, sobre todo. Aunque, por muchos momentos, lo que dominó el juego fue el tembleque. El miedo a perder. O quizá a ganar. Demasiados fallos y pérdidas. Mucha responsabilidad sobre la pista. Y esa sensación en el ambiente de que cada canasta suponía media victoria o derrota. De que cada tiro errado podía costar muy caro. Mientras el Unicaja celebraba más veces el hecho de anotar, el Madrid sufría con saña el hecho de no conseguir hacerlo.

A Waczynski le entraba todo lo que no conseguía meter Carroll, por ejemplo. De ahí que los blancos lo intentasen por otros medios: la zona. Allí donde la intimidación de Tavares llegó a ser decisiva durante algunos minutos. Y donde Felipe Reyes quiso, ya en el último cuarto, empezar a acallar al rival. Que estaba empeñado en escaparse peligrosamente otra vez. Cómo no, de la mano de Waczynski y su enésimo 'bingo'.

El más siete malagueño a falta de 04:18 para el final parecía suficientemente dramático como para ser volteado. Pero apareció Rudy. En el último lugar donde fue feliz. Y ya se saben el final de la historia. Como el año pasado, con polémica. Por una posible falta sobre Nedovic que los árbitros decidieron no señalar. Aunque, antes de eso, el pavor ya había causado una jugarreta fatal a Joan Plaza y sus chicos.