El escritor David Foster Wallace, contra la ironía, pero, a pesar de todo, enfermo de ella.

El escritor David Foster Wallace, contra la ironía, pero, a pesar de todo, enfermo de ella.

Libros Lunes: día del libro

El libro de la semana: por qué la ironía de un 'don nadie' en Twitter puede ridiculizar a un académico

En 'Ironía On', el filósofo Gerchunoff defiende la conversación pública de masas frente al elitismo intelectual. La ironía desactiva al esnob. 

La ironía como antídoto, como reactivo ante las jactancias contemporáneas. La ironía como garante de la democracia, como difuminador entre lo que los esnobs llamaban “alta” y “baja” cultura: eso es lo que propone el doctor en Filosofía Santiago Gerchunoff en Ironía On (Nuevos cuadernos Anagrama). Este ensayo nace para combatir a los nostálgicos de la literalidad: no soportan la ironía porque no soportan la ambigüedad, la “ambivalencia espontánea de nuestro comportamiento”, que decía Oakeshott. 

También pelea contra los melancólicos de la conversación pública dominada por las élites, por los autorizados, por los que saben; es decir, los enemigos del debate digital, donde cualquiera, sin meritocracia, sin “haber pagado los peajes de la vida pública burguesa” puede discutir y “dejar en ridículo a una persona más o menos colegiada”.

Señala Gerchunoff que la ironía, en su origen, consistía en “desenmascarar al charlatán”. Surgió, como arma, en el teatro antiguo, concretamente en la comedia: allá el eiron (el modesto) era el personaje que se dedicaba a neutralizar al alazon (el bravucón que se las da de ilustrado). Aquí la estrategia de desenmascaramiento del soberbio: “Ostentar humildad e ignorancia, dejar que el otro hable y se autoafirme; hacerse pasar incluso por más tonto de lo que se es, para, en el momento justo, dar un golpe de efecto sutil y aparecer (irónicamente) como triunfante en la ignorancia y en la humildad frente a la jactancia y el falso saber del alazon)”.

Esto es: la ironía como “conciencia de la propia contingencia”, que escribió Rorty. La ironía, señala el ensayista, tiene tres características básicas. Es humilde, es reaccionaria -“sólo sabe contestar”, no existe sin la afrenta previa- y es política -“el ironista no ironiza en soledad, no es solamente un pensador, ni un creador solitario, aislado de la sociedad”-.

La ironía contra el poder

Si la ironía es, por lo tanto, una herramienta al servicio de cualquiera para destapar la ignorancia del presuntuoso, ¿por qué se la criminaliza en el mundo moderno? ¿Por qué se la desacredita? ¿Por qué se la relaciona con las llamadas “nuevas enfermedades sociales” que derivan de la conversación pública, a saber: “la devaluación del lenguaje, la divulgación de mentiras, el reino de la opinión y las emociones, el victimismo y el gusto por linchar”?

En primer lugar, porque la ironía desafía al poder, y eso la vuelve peligrosa para el establishment. Y, en segundo lugar, porque su exceso y su uso compulsivo pueden tornar en toxicidad, como señaló el escritor Foster Wallace: en los cincuenta y sesenta, la ironía combatía las ilusiones del “capitalismo social pletórico de posguerra” -el american dream-, pero en los ochenta se había convertido ella misma en un patrón de consumo.  Ahí pierde su gracia esencial, que es partir de la humildad: si también la ironía se vuelve presuntuosa, dogmática y soberbia, se convierte precisamente en el alazon que pretende desmontar.

A pesar de sus malos usos, la ironía no ha dejado de ser un revulsivo contra los discursos hegemónicos. No ha dejado de ser justa sin ser perfecta. Como escribió Oakeshott en 1950, sigue la misma lógica que el buen humor y la sátira: "El uno no nos conducirá al paraíso y la otra no enseña la verdad, sin embargo, el primero puede salvarnos del infierno y la segunda, de la estupidez". 

Gerchunoff la defiende como un contraveneno necesario que está en manos de las masas, del usuario medio de Twitter que ahora puede enfrentarse al académico acomodado en su sillón polvoriento. Y también defiende a la masa, incluso con su “poder caótico, irracional e ineducable”, precisamente porque los viejos poderosos -los que siempre tuvieron voz pública- las temen. Por arbitrarias. Por incontrolables. Porque ahora pueden expresarse con todos sus vicios, desde las fake news a la pornografía emocional pasando por la simpleza discursiva. 

No debe alarmarnos el desorden dialéctico de las redes sociales, sino lo que sucedía hasta hace poco: que el alazon tuviese siempre la última palabra. Es esclarecedora esta sentencia del autor para clausurar las angustias modernas acerca de Twitter, Instagram Whatsapp o Facebook: “El fundamento de la conversación pública no es la verdad, sino la democracia”.