Fotograma de Matilda.

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Libros Literatura y pedagogía

"No veas la tele": nueve fórmulas para conseguir que tu hijo odie la lectura

Desde el "los cómics no cuentan como libros" al "en mi época, los niños leíamos más". El pedagogo Gianni Rodari pone orden y rebate los tópicos pro-lectura que acaban generando el efecto contrario en los críos. 

Una colleja nunca hizo a un lector, viene a decir Gianni Rodari en Escuela de fantasía. Esta edición de Blackie Books reúne textos de los ochenta del fallecido pedagogo italiano, eso sí, de insultante vigencia: el experto insiste en que “el amor por la lectura no es una técnica, sino algo mucho más íntimo y ligado a la vida” y que, por tanto, “no puede aprenderse a pescozones”. Señala algo hermoso y doliente a la vez: que la necesidad de leer “es cultural, y no instintiva como comer, beber y dormir”. Es decir, leer “no forma parte de la naturaleza”, a pesar de estas medallitas que nos ponemos los humanos alfabetizados, como si aprender a descifrar las letras de pequeños significase que estamos interesados en leer una sola línea más al hacernos mayores.

Son legión, los adultos que saben leer y no lo hacen más allá de lo estrictamente necesario: facturas, rótulos y otras supervivencias. Rodari lo achaca a una pésima educación lectora, a una instrucción clásica, autoritaria, elitista y llena de tópicos. Aquí un casi decálogo de lo que no hay que hacer si uno quiere acercar a su hijo al mundo de los libros.

1. “Tele mala, libro bueno”

“Lee, deja de ver la tele”; “O lees o vendo el televisor”; “Coge el libro del cole en vez de perder el tiempo con esas estupideces”. Aquí el primer clavo de la cruz. Explica Rodari que “los niños saben que la televisión no es ninguna estupidez, les parece divertida, placentera y útil”. Claro que a ratos les amuerma y les deja en ese estado de semiinconsciencia al que sucumbe todo telespectador habitual, niño o adulto, siendo “uno de sus síntomas la total pasividad con la que se acepta de la pantalla cualquier programa sin mostrar capacidad de elección ni reacción”.

Pero el pedagogo cree que los méritos del televisor superan sus deméritos. Sostiene que “enriquece el punto de vista, cultiva el vocabulario, pone en circulación una cantidad inverosímil de información y sitúa a nuestros pequeños analfabetos en un entorno más amplio que el familiar, que no siempre está animado por la información, la cultura, las ideas”. De hecho, se atreve a decir que “la televisión disminuye las dificultades de la lectura”, y, muy especialmente, que “ayuda al niño a superar el obstáculo de las profundas diferencias entre el dialecto nativo materno y la lengua estándar escolar”.

2. “El cómic es un libro malo”

Rodari también defiende el cómic a partir de sus recuerdos de Avventuroso, “que introdujo en el tranquilo mundo provinciano las aventuras de Flash Gordon, Mandrake y demás personajes míticos”: “Quien fuera niño entonces no puede haber olvidado el efecto de aquella aparición repentina. Nuestro provincianismo pedagógico, asfixiado por la pedantería tradicional, estaba tomado, dentro y fuera del colegio, por la ideología de las juventudes fascistas, por su retórica nacionalista y guerrera, por sus impulsos retrógrados (…) Y con estas historietas aparecieron entre nosotros los viajes espaciales (…) Se abrió una ventana al cosmos de la fantasía”.

Reconoce el experto que “hoy” los cómics son distintos y que “sólo han conservado la función de alimentar la necesidad de aventuras, la comicidad y el consumo apresurado, y que son “manejables, baratos e intercambiables”, pero no trata de criminalizarlos. “Los chavales no sólo necesitan buenas lecturas”.

Matilda.

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3. “Antes leíamos más”

Este comentario paterno resulta realmente entrañable. “En mis tiempos, los niños leíamos más”, lanzan, ufanos, los progenitores, henchidos de añoranza. “Antes, ¿cuándo? ¿Hace cien años, cuando 60 de cada 100 personas no sabían leer? ¿Hace 20, cuando aún teníamos una decena de millones de analfabetos? ¿Quiénes leían más, cuántos eran? Quizá los niños de la burguesía, o más bien algunos de ellos: una pequeña minoría de una minoría”.

Apunta Rodari que las cifras desmienten a los padres: las de escolarización, las del sector editorial, las del aumento del número de editoriales, las de las tiradas que se hacen. Ah, y por cierto: “A los niños no se les puede pedir que se apasionen por el pasado, porque es una época que no les pertenece”.

4. “Ay, las distracciones”

Muchos manejan el sentir de que “los niños de hoy tienen demasiadas distracciones, por eso leen poco”. Explica el pedagogo que “unos de los dramas de la infancia de hoy en día -y no sólo de la infancia- tiene que ver precisamente con la organización del tiempo libre”: “Si no se distribuye bien, lo que llamamos ‘tiempo libre’ no es más que un tiempo vacío, desaprovechado”.

Pero esto tampoco es cosa del niño, porque “distracción” y “libro” es compatible, sino “del lugar que tenga el libro en la vida del país, de la sociedad, de la familia, de la escuela”.

5. “La culpa es del niño”

No, la culpa de que al niño no le guste leer no es de él. “Culpar a los niños es fácil y comodísimo, porque permite tapar las culpas propias”. Entre las causas, Rodari señala “a los padres, porque hay demasiadas casas en las que nunca entra un libro, y hay miles de licenciados universitarios sin biblioteca, y hay muchos padres que ni siquiera leen el periódico y luego se sorprenden si sus hijos salen a ellos”. Culpas públicas, también: la del Estado y la escuela, y ojo, la de la alta cultura, siempre demasiado aristocrática para ponerse deberes pedagógicos.

6. “Ponte a copiar y aprenderás”

Recuerda el experto que a pesar de la renovación didáctica y de las buenas palabras, los colegios siguen usando el sistema de la copia ya desde primero de primaria. Después viene la división silábica; más tarde, el análisis gramatical y, al cabo, entra triunfalmente el morfológico. Una fiesta, un despiporre. Una idea “tortuosa” capaz de convencer a cualquier niño de que se aleje para siempre de Tolstói si es una página de su libro la que tiene que copiar.

“La lectura ha dejado de ser un fin loable y se convierte en un medio para realizar actividades supuestamente más serias (…) Eso se corresponde a la perfección con la concepción del niño como medio; el objetivo final pueden ser las notas, el adiestramiento para la paciencia o la preparación para la vida”. La escuela como tribunal.

Matilda.

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7. “No tengo ganas de leer para ti”

Hace hincapié Rodari en los beneficios de que el padre o la madre le lea cuentos en voz alta al niño, porque refuerza “el léxico familiar” y el libro “pasa de mero objeto de papel impreso a medio afectuoso, a momento de la vida”. Eso sí: esto requiere paciencia. Y también habilidad lectora.

8. “¿No te gusta este cuento? Pues no te gusta leer”

En este punto, el experto alude a que hay que darle libros a los niños para que elijan, porque tendemos a brindarles uno y, si lo rechazan, entender que el crío rechaza la lectura. ¡Tampoco a nosotros nos gusta leerlo todo! “Por eso es indispensable contar con una pequeña biblioteca, personal o colectiva. 20 libros son mejor que uno; 100 mejor que veinte, porque pueden despertar curiosidades distintas, satisfacer o estimular intereses diferentes, responder a los cambios de humor y a las variaciones de la personalidad”.

9. “¡Que leas!”

Obligar: aquí el método más eficaz para que los niños aprendan a odiar los libros, infalible al cien por cien y muy fácil de aplicar. Basta con decir “lee de aquí hasta aquí”. “El niño sacará por su cuenta una lección que no olvidará: comprenderá que leer es una de esas cosas que hay que hacer porque lo mandan los mayores, uno de esos males evitables vinculados al ejercicio de la autoridad por parte de los adultos. Pero en cuanto nos hagamos mayores, en cuanto nosotros seamos también adultos y seamos libres...”. Ya conocen el final.