Shakespeare.

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Cultura Lingüística y neurociencia

El secreto de Shakespeare sale a la luz: manipula la mente de sus lectores

No hay ningún lector de Shakespeare que esté sentado bebiendo de sus obras: su cerebro da grandes saltos de asociación en asociación y se excita por las expectativas que el autor imprime en las palabras. Lo avalan estudios lingüísticos, cognitivos y neurocientíficos. 

La figura de Shakespeare se endiosa a la vez que se estudia. Las nuevas investigaciones sobre lenguajes, procesos cognitivos y repercusión de las palabras en el lector no hacen más que confirmar su genio. No sólo literato, no sólo dramaturgo, no sólo pionero. Ahora también científico y mago, probablamente sin saberlo. El profesor Stephen Booth, de la Universidad de Berkeley, lleva décadas impartiéndolo en clase y se ha ganado el respeto y las alabanzas de miles de estudiantes. Un escéptico diría que es porque, práticamente, Booth no obliga a la lectura ni emite veredictos inamovibles.

Intenta que conocer a Shakespeare sea un ejercicio de amor. Le interesa que los alumnos participen de manera significativa en las lecturas sin ir obcecados con la nota. Y eso que Booth sabe de lo que habla: tiene a sus espaldas una edición premiada de los sonetos de Shakespeare que data del año 1977 y, amén de los 154 poemas, se acompaña con más de 400 páginas de comentarios virtuosos que exploran la ambigüedad y la polisemia del verso de Shakespeare.

A Booth se le puede considerar el crítico literario de Shakespeare que más ha ahondado en la ciencia cognitiva de sus palabras

Su estudio es valioso: en el estudio de la mente humana, las viejas fronteras disciplinarias han comenzado a disolverse y se establecen fructíferas nuevas relaciones entre las ciencias y las humanidades. A Booth se le puede considerar el crítico literario de Shakespeare que más ha ahondado en la ciencia cognitiva de sus palabras. En su trabajo de campo en la experiencia poética llegó a anticipar varios fenómenos de procesamiento del lenguaje que los científicos cognitivos han empezado a estudiar sólo recientemente.

El mago Shakespeare

Hasta las primeras décadas del siglo XX, la crítica shakesperiana recaía principalmente en dos áreas: la textual, que se enfrenta a las numerosas variantes de sus obras publicadas con el find e producir la edición más parecida posible al original, y la biográfica. Este trabajo dio un giro más político a partir de la década de 1960, proporcionando nuevas perspectivas shakesperianas a partir del marxismo, el estructuralismo y hasta la teoría queer y feminista. Pero Booth se muestra desdeñoso con estas modalidades de estudio: a él le importa la poética. Es decir, ¿cómo funciona el lenguaje poético sobre un público a partir de la lectura de una obra literaria?

Booth sostiene que la gente "está tan obsesionada con la interpretación, con resolver la simbología, cuando el significado no es más que cuestión de hábito"

El enfoque de Booth es microscópico y en esto se muestra de acuerdo con el investigador Shakespeare McDonald. Lo que hace del profesor Booth un visionario es que, al contrario de sus predecesores, no trata de resolver o contraer las lecturas en una única interpretación. Él sostiene que la gente "está tan obsesionada con la interpretación, con resolver la simbología, cuando el significado no es más que cuestión de hábito". Él apuesta por la "incertidumbre" causada por la multitud de corrientes de patrones fonéticos, semánticos e ideacionales en el juego shakesperiano, como asegura a la revista Nautilus.

Por ejemplo: en un extracto de Antonio y Cleopatra, cualquier investigador se había centrado hadta ahora en señalar los posibles sentidos de "breese": o bien "viento" o bien "tábano". Booth, sin embargo, señala que "solemos concentrarnos en los juegos de palabras y al final subestimamos el efecto de estas mismas palabras". Según él, "un juego de palabras explícito es un destello momentáneo, y luego se acabó". Lo valioso son los "enlaces que se extienden hacia afuera de cada palabra en base a su sonido y a los sonidos que se asemejan a ella, sus posibles sentidos, sus homónimos, sus sinónimos y sus antónimos".

La física del verso

Booth lo llama la "física del verso" y se encuentra en una capa mucho más honda que la del significado. Por lo general, los patrones a los que él se refiere permanecen por debajo del umbral de nuestra atención. Dice Booth que las experiencias que el lenguaje poético de Shakespeare evoca con tanto entusiasmo y sutileza "son intensificaciones de las experiencias del lenguaje de todos los días". Alega que Shakespeare teje riquísimas redes de los mismos tipos de "sinsentido, de patrones de fondo" que aparecen en el argot popular: chistes, canciones y rimas infantiles. Estos patrones conocidos y amados por la gente, que el dramaturgo nos cuela en sus textos mediante sonidos y referencias imperceptibles, son "la verdadera fuente de la grandeza que encontramos en su obra".

Alega que Shakespeare teje riquísimas redes de los mismos tipos de "sinsentido, de patrones de fondo" que aparecen en el argot popular: chistes, canciones y rimas infantiles

Un científico cognitivo podría detectar aquí muchos conceptos de su propia disciplina. Entre ellos se incluye el llamado "cebado", que alude a cuando, después de escuchar una palabra, tendemos más fácilmente a reconocer las palabras que se relacionan con ella gracias a "la expectativa de la influencia", que depende del razonamiento de nivel superior en el reconocimiento de las palabras y que influye en nuestro compromiso acerca de una declaración.

La "caja negra" del lenguaje

Esto es interesante ya que la metáfora como forma de estructuración del pensamiento humano no comenzó a ganar terreno hasta los años 1970-1980. Antes de eso, la única norma era la lingüística general, que consideraba que el habla no estándar es una aberración. Esta idea dejó gran parte del lenguaje sin explicar: sólo basta pensar en las cosas que leemos o escuchamos cada día que, a pesar de no adherirse a las reglas formales y lógicas de la lengua, entendemos perfectamente.

Booth lo llama la "caja negra" de nuestra expresión y a día de hoy puede deducirse gracias a herramientas físicas y de cálculo. Nuestros cerebros están estructurados de tal manera que si escuchamos la palabra "gato" se hace más sencillo procesar otra palabra animal, como "perro", si se le presenta alrededor de medio segundo más tarde. "Gato" prepara a "perro", muy rápidamente. Otro ejemplo: no existe una relación fundamental entre las palabras animales y las palabras que designan los objetos de una oficina, pero si a un individuo lo metes en un laboratorio de psicología y le presentas una serie de palabras de origen animal, seguidas por palabras de oficina -como "escritorio"-, generará una relación de expectativas entre ellas.

Nuestros cerebros están estructurados de tal manera que si escuchamos la palabra "gato" se hace más sencillo procesar otra palabra animal, como "perro"

Entonces, si le dices "gato", al medio segundo procesará también "escritorio". Aquí la asociación y las expectativas. ¿Lo más sorprendente? Que las expectativas pueden dominar a las asociaciones. Los autores, los escritores, son sensibles a estos efectos y pueden -o no- cuidar los vínculos que crean con las palabras que eligen: utilizar las interacciones del "cebado" y las expectativas para imprimir experiencias en el tiempo, el lenguaje y el significado. Las investigaciones de Spivey han demostrado que el ser humano, cuando aún no sabe el contexto en el que ha sido dicha una frase y ésta puede albergar dos significados, es capaz de mantener ambos significados en la mente al mismo tiempo.

El control mental del lector

Shakespeare no sólo es experto en la asociación y la expectativa, sino también en el control del estado mental inquieto del lector. Se acerca a esos "viajes gratuitos y sustanciales" de la mente de su público y no sólo tolera, sino que celebra la incertidumbre. Philip Davis, profesor de Ciencias Psicológicas en la Universidad de Liverpool y autor de dos libros sobre Shakespeare y el cerebro, establece investigaciones entre la lectura y el pensamiento literario. Se ayuda de la electroencefalografía y otras técnicas electrofisiológicas para observar los efectos que tienen en los lectores el verso de Shakespeare.

El autor nos sobrecarga de información -usando sustantivos como verbos con mucha rapidez, lo que nos mantiene en alerta-, pero según las investigaciones de Spivey, es esta complejidad y este flujo abundante de información el que suaviza la actividad de nuestros procesos neuronales. El profesor Teenie Matlock ha demostrado que el contenido del texto puede influir en el acto de la lectura de forma casi literal. Por ejemplo: "La carretera pasa a través del desierto" y "El valle era desigual y estaba lleno de baches". La segunda sentencia genera movimiento en la lectura, movimiento real, mientras que en la primera el movimiento era sólo ficticio, porque la carretera estaba "en" el desierto, sin grandes alteraciones.

Por todo ello, cuando leemos a Shakespeare, puede parecer que estamos sentados tranquilamente en una de nuestras sillas leyendo sus sonetos o sus obras de teatro, pero en realidad no paramos de dar enormes saltos de una asociación a la siguiente, lo que se llama "acrobacias aéreas mentales". Sabía cómo manipular nuestra mente. También nos libra de nosotros mismos. De ahí, tal vez, la clave de su éxito.