Alexandra Gil ha hablado con las madres de los yihadistas.

Alexandra Gil ha hablado con las madres de los yihadistas. Moeh Atitar

Libros entrevista

Alexandra Gil: “Es importante humanizar al terrorista para luchar contra él”

La periodista ha vivido con la muerte y el dolor durante un año, mientras hablaba con las madres de los yihadistas. Ha publicado el libro "En el vientre de la yihad", donde desvela un ángulo muerto del terrorismo. 

4 mayo, 2017 03:22

Si el periodismo se está haciendo en los libros, ¿qué estamos haciendo en los periódicos? “Visitas”, contesta Alexandra Gil, periodista y autora de En el vientre de la yihad (Debate), que hizo un alto en su camino hace un año para escribir con calma, para preguntar sin prisa, para profundizar en el dolor y en el amor de las madres de los terroristas nacidos en Francia, que se inmolan en nombre de la yihad. No defienden al terrorismo, defienden al hijo. Este libro también es un reflejo de la radicalización contra el extraño, al que se mira como un peligro para la vida.

Alexandra se preguntó qué quería hacer con el periodismo, respetarlo, volver a priorizar el respeto y alejarse del sensacionalismo de un asunto maltratado. La conclusión, después de este año: “Ojalá pueda seguir haciendo esto en periódicos, si no lo haré en libros”. Y otra mucho más cruda: el respeto por la fuente favorece a la fuente, el sensacionalismo favorece a la carrera del periodista. A corto plazo.

¿Por qué ha investigado y escrito este libro?

Que las madres que están en España lean esto y no se sientan solas. Quiero que sea un libro para la prevención de la radicalización violenta. Y abre las puertas a un ángulo que no conocíamos y nos sitúa frente a nuestros propios errores como sociedad, porque cuando hablamos de un terrorista no le ponemos cara a él ni a su madre. Pensamos que ha sido la religión, que era inmigrante, que salía de la cárcel. Las madres sienten que les han arrebatado a su hijo, de repente, y esto puede servirnos para mirarnos a nosotros mismos.

Es usted periodista en activo, ¿por qué decide hacer esta crónica de testimonios en un libro y no en un periódico?

Tenía más sentido construir un relato en un libro, que desperdigarlo en varios artículos. El libro es un universo creado.

Imagino que la relación con las fuentes tampoco es la misma para un formato u otro. Ha pasado muchas horas con ellas.

La relación es muy amplia y si hubiera sido para una publicación se habría perdido el sentido de todas las historias vitales relacionándose. Todas tienen algo en común y algo diferente.

Pero la relación es más cercana y dilatada en el tiempo, ¿es más peligrosa?

Sí, mucho más peligrosa. Ahora ya no me puedo desvincular de esas madres.

¿Cuándo te abrieron las puertas de sus vidas?

Cuando supieron que era para un libro y no para un periódico. Véronique me habló de manera distinta cuando hice el primer reportaje para EL ESPAÑOL, que cuando meses después llegué para preguntarle por su vida para el libro. Quería hacer una historia más larga sobre ella y de hecho pude entenderla mejor. Ahora, leo la historia publicada en el periódico y la del libro, y no se parecen en nada. La madre sabía que estaba colaborando en otra dimensión y su manera de hablar conmigo era diferente, aunque sabían que yo era periodista. Esto tiene que ver con lo mal que han sido tratadas por los periodistas franceses. Ellas ya no colaboran con prensa.

Alexandra Gil ha escrito un libro sobre el buen periodismo.

Alexandra Gil ha escrito un libro sobre el buen periodismo. Moeh Atitar

¿Cómo se les ha tratado en la prensa francesa?

De culpables. La gente ve en ellas el espejo que no quiere ver. Véronique, por ejemplo, es una madre de ojos azules, rubia y católica y su hijo se ha matado, la respuesta era: “Algo habrás hecho mal”. Cuando ella anunció que su hijo había muerto inmolado, le contestaron: “Por fin sabes qué sentimos cuando el hijoputa de tu hijo mata a los demás”. Cero compasión, cero empatía, una maldad absoluta y odio puro. Con este libro quería levantar otro tipo de pasiones. No hay odio en el libro.

¿Y complicidad?

El riesgo era que yo perdiese la objetividad, pero no ocurrió. Lo que he hecho es darle bastante voz a ellas. Yo me he quedado fuera, tenían que hablar ellas y que los lectores conocieran a estas madres. No quería que mi juicio de valor estuviese ahí. Mi voz está en la primera persona, pero mi objetivo era introducir al lector en sus casas, nada más. He procurado apartarme, los periodistas no somos quién para enjuiciar lo que sienten nuestras fuentes. Me he limitado a transcribir sus historias. El camino y el objetivo es el respeto. Gracias al respeto ellas me han abierto sus puertas, que ha costado mucho. Están maltratadas por la sociedad francesa. Pienso que algo no han hecho bien mis compañeros franceses para que no les hayan abierto sus puertas.

¿Sólo es un problema de los periodistas franceses?

No, de la profesión. He aprendido de mi profesión con este libro. El respeto abre las puertas de tus fuentes; el sensacionalismo las de tu éxito y tu trabajo, pero cierra la puerta de la deontología. Tu nómina depende de ello.

¿Somos sensacionalistas por el fin de mes?

Sí.

Pero en los libros no pasa. Qué paradoja: son la salvaguarda del periodismo.

Sí, porque antes de hacer un libro sensacionalista vas a pensártelo. En un artículo no, porque vivimos en la guerra del click.

¿Qué ha aprendido de estas madres?

Su fuerza. He aprendido que una madre es capaz de todo por sus hijos. Sigo aprendiendo todavía, porque una de ellas quiere ir a Irak a recuperar el cuerpo de su hijo. Ella dice que sólo vive para y por recuperar lo que quede de su hijo único. No sabe ni en qué ciudad está, ni en qué barrio de esa ciudad. Y dice que se irá a levantar escombros hasta encontrar una prueba de que su hijo está allí.

¿Ellas se sienten culpables por lo que han provocado sus hijos?

En el caso de los que han provocado muertes, sí. Pero no tienen muchos datos de ellos, más allá de que se han explotado. Se niegan los relatos y eso les permite vivir. Creo que habría sido distinto de haber entrevista a una madre de un terrorista del Bataclan. Sería otro discurso porque llevarían los muertos a sus espaldas.

¿Es el entorno determinante para la radicalización?

Hay algunas familias muy bien posicionadas, sin problemas económicos, pero con desarraigo familiar de madre católica, padre musulmán y rasgos árabes que le impiden encontrar un trabajo. El yihadismo se nutre de la falta de proyecto de los jóvenes, de su fracaso. Uno no se va a hacer la yihad de una mañana a otra.

Entonces, ¿usted habla más de ellos que de ellas?

De ambos, de ellos a través de los ojos de ellas. Vemos a chicos estudiantes, deportistas, alegres, creo que he humanizado al terrorista. Es importante humanizar al terrorista para luchar contra el terrorista. Es importante porque hay que encontrar en qué momento se ha sentido más atraído por el kalashnikov que por su bicicleta.

¿Ha encontrado alguna respuesta? ¿Cuándo se deshumanizan?

Siempre en un momento de debilidad del joven. Las madres no saben cuáles son. El paro, el desarraigo, el yihadismo se nutre de falta de proyecto y les da una razón para vivir, que Francia no se lo está dando.

¿Por qué Europa no se lo está dando?

Porque Europa es racista, cada vez más racista. Estamos respondiendo con ideas que no tienen que ver con la tolerancia o la reinserción. Eso no resuelve nada, porque los adolescentes de ahora no ven atractivo en Europa. Hay un efecto llamada. Actualmente, el yihadismo se alimenta de las segundas generaciones, nativos de Francia. España está anticipándose, pero Francia ha llegado tarde a las soluciones.

¿Cómo afecta el yihadismo a la radicalización de la política?

En Francia lo vemos con Marine Le Pen y la campaña ha girado en torno al terrorismo, porque para conseguir votos no hay nada mejor que generar miedo. Todo el mundo tiene miedo de morir y en Francia la muerte ha estado muy presente en los últimos años. Daesh se ha metido de lleno en la campaña presidencial. Le Pen se aprovecha del miedo a morir de los franceses y ha hecho toda su campaña a partir de ello. Su discurso ya ha calado, aunque no gane.