Jonatan Armengol en un montaje de Cocinillas iStock
Jonatan, crítico gastronómico ciego: "Una empresa no quiso trabajar conmigo; decían que devaluaba su producto"
Cuando alguien le pregunta a Jonatan Armengol por su profesión, es muy probable que sus interlocutores alucinen con la respuesta y lo hagan condicionados por unos prejuicios que él lleva toda su vida intentando derribar.
Más información: Jonatan, ciego, tras denunciar a un bar: "Me decían que tenían todo reservado para no dejar entrar a mi perro guía"
Si cualquiera de los que tenemos la capacidad de ver, probásemos a cerrar los ojos y a imaginarnos cómo sería estar "a oscuras" por el resto de la vida, es altamente improbable que nos imaginásemos ganando un concurso de cocina o cocinando frente a una cámara en un canal de YouTube.
En el caso de Jonatan Armengol, esa es parte de la historia de su vida. En 2015 fue vencedor de un concurso gastronómico de RTVE, Cocineros al volante, donde compartió food truck y fogones con el cocinero Javier Brichetto. Obviamente, Jonatan solo cocinaba.
No se queda ahí la cosa, Jonatan es el único crítico gastronómico ciego en España, al frente del programa Comer a Ciegas en Radio Intereconomía y desde hace unos pocos años un youtuber cocinillas de éxito.
Su canal, con nombre literario, El camino del fuego, homónimo de la novela de María Oruña, cuenta con casi 15.000 suscriptores y acumula más de 200 vídeos de recetas cocinadas por él sobre las llamas de un horno kamado.
Ante una vida tan polifacética, uno podría pensar que Armengol lo ha tenido fácil, pero todo lo contrario. La suya ha sido una carrera de lucha contra prejuicios y contra injusticias que no duda en denunciar.
Aprender a cocinar siendo ciego para sobrevivir
"La cocina llegó a mí como una cuestión de supervivencia, no de vocación romántica", nos cuenta Jonatan en una entrevista concedida a COCINILLAS.
A pesar de que las pruebas de orientación vocacional le daban un sobresaliente como cocinero, "me salió un 10 como cocinero y un 6 como abogado, pero lo de abogado fue más por contentar a mi madre", nos confiesa.
Su ceguera parecía ser un argumento más que suficiente para mantenerlo alejado de los fogones. "Por miedo a que me cortara o me quemara, mi madre no me dejaba acercarme a la cocina. Mientras mi hermano cocinaba con 11 años, yo no cocinaba nada", recuerda.
Fue al independizarse, con 18 años y ya en Madrid, cuando el choque con la realidad le obligó a replantearse su relación con la comida. "Vivía de congelados y de una freidora que prometía comida en dos minutos", nos dice.
Pero el ardor de estómago que le producía semejante dieta lo empujó a buscar otras soluciones. Así descubrió, por su cuenta, el grill eléctrico y el microondas. Cocinar bien dejó de ser un lujo para convertirse en una necesidad.
En ese proceso, descubrió también una de sus mayores fortalezas, una memoria gastronómica extraordinaria. "Como no tengo memoria visual, he llenado ese espacio con recuerdos gastronómicos", explica.
Gracias a esa capacidad, asegura poder "reconstruir en la boca" platos que comió años atrás, recordando sus texturas, aromas y temperaturas con precisión. "Tengo una biblioteca gastronómica mental bestial", resume.
Cocinar para vivir con dignidad
Para Jonatan, la cocina no es solo un medio de expresión o una pasión profesional, es una herramienta de emancipación.
"La cocina te da la libertad de proveerte tu propio alimento, de alimentar a tu familia. Te da la dignidad de no depender de nadie para comer, que es algo que, si Dios quiere, hacemos al menos tres veces al día."
En sus palabras, cocinar es recuperar el control sobre una necesidad básica y universal, y con ello, reconquistar una parte esencial de la autonomía personal. Por eso, insiste en que no se trata simplemente de freír un huevo o preparar unas lentejas, se trata de dignidad.
"La cocina parece un trámite, algo simple, pero imagina -le pide a los lectores- lo que sería pasar un mes sin poder cocinar, sin poder hacerte una tortilla de patatas, un filete a la plancha, unas lentejas... porque no te han enseñado, porque no te dejan tocar la cocina."
La dependencia forzada, explica, convierte a una persona adulta en alguien que debe esperar que otro le ponga un plato delante, "como cuando tenías cinco años".
Encendiendo hornos para cerrar bocas
El salto a la cocina con fuego fue accidental y todo un reto, un "sujétame el cubata" en toda regla. Todo comenzó tras conocer a Juan Manuel Benayas, experto en carbones y autor de varios libros sobre brasas, que lo invitó a uno de sus cursos.
Fue allí donde Jonatan se encontró por primera vez con un kamado, un horno de cerámica japonés que pronto se convirtió en el epicentro de su cocina.
Su entusiasmo inicial se vio aplastado por un comentario cargado de desesperanza. "Me dijeron que no podía usarlo porque era ciego, que me podía quemar", recuerda aún con incredulidad.
Pero esa frase se convirtió en combustible para su determinación. En su cumpleaños, su pareja le regaló uno de estos hornos.
"Lo instalamos en el jardín de mis suegros, porque en casa no había espacio, y descubrí que cocinar al fuego era relajante. Me escapaba de las telenovelas turcas que veía mi suegra en el salón", bromea.
La chispa definitiva la encendió alguien de su entorno familiar, quien al verlo cocinar le dijo era adictivo verlo cocinar y que debía abrirse un canal de YouTube.
Aunque escéptico al principio -"soy ciego, no puedo grabarme ni editar", explica-, esta persona se ofreció a encargarse de la parte técnica. Así nació El Camino del Fuego, su canal de cocina a la brasa.
"Los primeros vídeos eran un show", confiesa. Grababa sin preparación, con perros paseando entre las piernas y sin indumentaria profesional. "Una vez casi me quemo con no sé qué", añade entre risas.
Poco a poco fueron mejorando, compraron micrófonos, Jonatan empezó a usar delantal, y recibieron consejos de profesionales de chefs de la talla de Juan Pozuelo.
Comenta divertido que este chef cordobés le aconsejó no cocinar en mangas de camisa, pero qué podía saber él, si nunca había podido ver cómo se viste un cocinero.
Prejuicios con nombre y apellido
No todo ha sido un camino de brasas encendidas. A lo largo de su trayectoria, Jonatan no ha tenido suficiente con tener que superarse a sí mismo cada día, sino que se ha topado una y otra vez con los muros del prejuicio de los que ven, pero no se molestan en entender.
Uno de los episodios más dolorosos o, al menos, más injustos, tuvo lugar cuando solicitó la cesión de un horno kamado a Kamado Joe, una marca reconocida del sector. La respuesta fue demoledora. "No queremos mezclar nuestra marca con una persona discapacitada porque denigra el producto".
El golpe fue duro, pero no insalvable. Poco después contactó con la representante de otra marca de kamados y le explicó su situación con reservas.
La respuesta fue diametralmente opuesta. "Nos representas completamente. Si tú, sin ver, puedes dominar el fuego, cualquiera puede. Eres el mejor mensaje para vender nuestro producto".
Aun así, a pesar de esta validación, Jonatan reconoce que los prejuicios persisten. "La gente sigue pensando que un ciego no puede funcionar. Me preguntan si me cortan el filete o si mi mujer cocina en casa, cuando ella no cocina nada y el que lo hace todo soy yo."
También ha sido sistemáticamente excluido de viajes de prensa. "Siempre aparece el ‘a ver cómo lo hacemos con el ciego, a ver si se pierde, a ver si se hace daño’. Es agotador", aunque también reconoce que, cuando lo llevan una vez, repiten.
De la cocina al activismo
La historia de Jonatan Armengol no se queda solo en un relato de superación personal. Su amplia presencia en internet le ha facilitado, casi sin querer, una forma de visibilizar las barreras que le pone la sociedad más allá de su ceguera.
"Yo no me propuse ser activista. Solo quería cocinar y vivir. Pero la vida me puso ahí." Así pues, su cuenta de Instagram se ha convertido también en un lugar en el que se denuncian situaciones que son el día a día de una persona ciega.
Una de las más recurrentes es la negativa por parte de negocios de diversa índole (bares, restaurantes, supermercados... incluso taxis y aviones) a acceder a sus servicios acompañado de Calo, su perro guía.
Situación que algunas veces se queda en una mera anécdota cuando les explica amablemente que la ley está de su parte y otras, lamentablemente, acaba con la necesidad de una intervención policial ante la negativa reiterada a permitirle el paso.
Es como si la sociedad aún no hubiese entendido que "tenemos que tener los mismos derechos, las mismas obligaciones y las mismas oportunidades que el resto. No más, pero tampoco menos", nos dice.
Y es que, al final, Jonatan no solo cocina recetas en su horno y sus brasas sino que también, desde su altavoz en redes, aporta su granito de arena para cocinar un cambio social. Porque no se nos debe olvidar nunca que discapacidad no es sinónimo de incapacidad.