Empleada trabajando por la noche

Empleada trabajando por la noche Canva

Salud

Los psicólogos coinciden: trabajar en el turno de noche aumenta un 40% el riesgo de sufrir una depresión

Solo una minoría de trabajadores nocturnos logra adaptar por completo su reloj biológico a un horario que altera el sueño, el metabolismo y la vida social.

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Las claves

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Trabajar en el turno de noche aumenta un 40% el riesgo de sufrir depresión, según un metaanálisis de estudios observacionales.

Los turnos nocturnos alteran los ritmos circadianos y pueden provocar insomnio, fatiga, reducción de la concentración y mayor estrés.

Solo el 3% de los trabajadores nocturnos logra adaptar completamente sus ritmos biológicos, lo que explica la persistencia de trastornos del sueño.

El trabajo nocturno se asocia también a problemas cardiovasculares, metabólicos, digestivos y a un mayor aislamiento social.

Trabajar de noche obliga al cuerpo a funcionar cuando debería descansar. Ese desajuste se asocia con más insomnio, más fatiga y un impacto directo en la salud mental de millones de trabajadores.

El dato más llamativo procede de un metaanálisis de estudios observacionales. Los trabajadores nocturnos presentaban un riesgo de depresión un 40% mayor que quienes no trabajaban en ese horario.

Esta cifra señala una tendencia poblacional, no de un destino inevitable para cualquier persona que haya de vivir este tipo de turno. No obstante, nos ayuda a entender por qué psicólogos y especialistas del sueño miran la nocturnidad con creciente preocupación.

La guía sobre turnicidad difundida por el Consejo General de la Psicología en España advierte de que los turnos nocturnos o irregulares alteran los ritmos circadianos, el sistema interno que regula sueño, metabolismo y hormonas.

Ese desajuste, conocido como cronodisrupción, puede provocar dificultades para dormir, somnolencia durante el día y cansancio persistente. También reduce la capacidad de concentración y empeora la tolerancia al estrés.

Un reloj interno bajo presión

En España, alrededor del 23% de la población trabajadora desempeña su actividad en sistemas de turnos. La sanidad, el transporte, la industria y la seguridad dependen de horarios que cubren las 24 horas.

El verdadero problema aparece cuando el cuerpo no logra adaptarse. Menos del 3% de los trabajadores nocturnos consigue ajustar por completo sus ritmos biológicos, lo que explica la persistencia de muchos trastornos del sueño.

Dormir mal durante semanas cambia el ánimo. La persona se vuelve más irritable, pierde energía para relacionarse y tiene menos recursos psicológicos para manejar problemas cotidianos que antes parecían asumibles.

La melatonina, el cortisol, la temperatura corporal y el apetito siguen ciclos diarios. Cuando alguien trabaja de noche y duerme de día, esas señales se desplazan y el organismo pierde parte de su sincronía.

La literatura científica relaciona el trabajo nocturno con problemas cardiovasculares, metabólicos y digestivos. También se ha vinculado con deterioro cognitivo, ansiedad, depresión y agotamiento profesional en distintos sectores.

La Agencia Internacional para la Investigación sobre el Cáncer clasifica el trabajo nocturno como “probablemente carcinogénico para humanos”. La categoría no mide el riesgo individual, pero obliga a vigilar este horario.

La luz nocturna, las comidas a deshora y el sueño fragmentado pueden alterar el metabolismo de la glucosa, la inflamación y los mecanismos de reparación celular. Un cambio de rutina que acaba pagando el cuerpo.

Los efectos también afectan al sistema hormonal. Trabajar durante la noche altera señales que intervienen en el descanso, el apetito, la respuesta al estrés y la recuperación física después de cada jornada.

Además, también influye en la vida social. Quien trabaja de noche suele descansar cuando los demás están despiertos, pierde planes familiares y queda fuera de rutinas que protegen frente a la tristeza y el aislamiento.

Ante estos efectos, son las empresas las que pueden dar los primeros pasos para paliar los efectos adversos. Diseñar rotaciones más saludables, limitar las noches consecutivas y garantizar descansos suficientes reduce parte del impacto sobre el sueño, la atención y el estado de ánimo.

También ayudan las medidas individuales. Mantener horarios de descanso lo más estables posible, cuidar la luz, evitar comidas pesadas al final del turno y proteger el sueño diurno puede mejorar la recuperación.

El café puede sostener la atención durante unas horas, pero no sustituye al descanso. Abusar de estimulantes o encadenarlos con fármacos para dormir suele agravar el desajuste del sueño.

Cuando el insomnio se mantiene, conviene pedir ayuda profesional. La terapia cognitivo-conductual para el insomnio cuenta con respaldo científico y puede adaptarse a los problemas específicos del trabajo a turnos.

El turno de noche seguirá siendo necesario en muchos sectores, pero no debería tratarse como un horario más. La salud mental de millones de personas depende de reconocer que el cuerpo humano no siempre es capaz de ignorar su propio reloj.