Los buenos tiempos para el oncólogo, portada de Time.

Los buenos tiempos para el oncólogo, portada de Time. Archivo.

Salud Historia

El oncólogo "exterminador" que se jactó de matar a los puertorriqueños que trató

En 1931 el médico estadounidense Cornelius P. Rhoads aseguró en una carta haber asesinado a ocho de sus pacientes, algo que nunca pudo probarse.

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La historia está plagada de ocasiones en las que un personaje de nombre antes respetable ha caído en desgracia por un momento de ofuscación en el que ha vertido alguna declaración poco afortunada. Pero pocos llegan a las cotas de infamia que alcanzó quien hasta entonces había sido un reputado médico. Claro que el caso de Cornelius Packard "Dusty" Rhoads (1898-1959) no fue el de un simple desliz subido de tono a micrófono abierto, sino el de una declaración escrita y firmada en la que no sólo vomitaba una monumental diatriba contra todo el pueblo de Puerto Rico, sino que además alardeaba de haber asesinado a varios de sus ciudadanos.

En sus comienzos, parecía que la carrera de Rhoads seguía una trayectoria ejemplar. Licenciado en medicina por la Universidad de Harvard, donde también ejerció como profesor de Patología, en 1928 se unía al prestigioso Instituto Rockefeller de Investigación Médica. Tres años después aceptaba una invitación del hematólogo de Harvard William B. Castle, director de la Comisión de Anemia Rockefeller, para desplazarse al Hospital Presbiteriano de San Juan de Puerto Rico. El objetivo era investigar la anemia endémica en la isla, causada en algunos casos por el parásito anquilostoma, y en otros asociada a una dolencia de naturaleza (hoy aún) desconocida llamada esprue tropical.

Inicialmente, Rhoads parecía encantado con su nuevo destino. Según la historiadora médica y experta en bioética Susan Lederer, de la Universidad de Wisconsin (EEUU), en julio de 1931 escribía una carta al director científico del Instituto Rockefeller, Simon Flexner, en la que decía: "La situación en conjunto es casi perfecta. Tenemos amplio espacio de laboratorio y de camas, excelente ayuda técnica y un grupo médico de lo más cooperativo. El clima es delicioso y el país magnífico. No puedo imaginar un lugar más agradable para vivir".

"Animales de experimentación"

Pero este panorama tan idílico escondía un secreto sórdido. Dado que las sospechas apuntaban a una posible causa dietética para el esprue, la investigación de Rhoads incluía la prescripción de una dieta con la que esperaba provocar la enfermedad en sus pacientes, como él mismo describía en otra carta remitida a Flexner en septiembre del mismo año. Para más escarnio, así es como Rhoads se refería a sus pacientes: "sólo tenemos dos animales de experimentación y en una semana o así los aumentaremos a diez". Con la dieta diseñada por Rhoads, muy baja en proteínas y casi carente de vitaminas, el médico aseguraba: "si no enferman de algo, ciertamente es que tienen la constitución de un buey".

El paroxismo llegó dos meses más tarde. El 11 de noviembre, tras asistir a una fiesta la noche anterior y descubrir después que su coche había sido vandalizado, Rhoads escribía una carta dirigida a su amigo y colega de Boston Fred Stewart, en la que daba un giro completo a su paradisíaca estampa inicial y se despachaba con la siguiente sarta de perlas: "Los puertorriqueños son sin duda la raza de hombres más sucia, perezosa, degenerada y ladrona que jamás ha habitado esta esfera. Te enferma habitar la misma isla que ellos. Son incluso más bajos que los italianos. Lo que la isla necesita no es trabajo de salud pública, sino una ola gigante o algo para exterminar por completo a la población. Entonces sería habitable. He hecho lo máximo que he podido para impulsar el esfuerzo de exterminio matando a ocho de ellos y trasplantando células cancerosas a varios más. Esto último hasta ahora no ha causado ninguna muerte... La materia de consideración hacia el bienestar de los pacientes no tiene cabida aquí. De hecho, todos los médicos disfrutan en el abuso y la tortura de los infortunados sujetos".

Al parecer, Rhoads redactó la carta en el escritorio de una taquígrafa de la Comisión, que descubrió la misiva al regresar del almuerzo, y así la diatriba comenzó a circular entre los empleados. Cuando la más que bochornosa actitud de Rhoads le explotó en su propia cara, tuvo que reaccionar: dos días después convocaba a todo el personal de la Comisión y a los médicos puertorriqueños del hospital para asegurarles que tenía a los ciudadanos de aquel país en "la mayor estima", y que nunca tuvo intención de enviar aquella carta. Cuando Rhoads abandonó la isla de regreso a EEUU en diciembre, pensaba que la carta había sido destruida.

Sólo era una broma

Pero no fue así. En enero de 1932, un empleado de la Comisión entregaba una copia de la carta a Pedro Albizu Campos, líder del Partido Nacionalista de Puerto Rico. Albizu Campos dio publicidad a la carta, que en febrero encontraba eco en la revista Time, aunque con un tratamiento benevolente. Entre las alegaciones de Albizu Campos de que aquel suceso revelaba un "complot de exterminio racial", el escándalo motivaba la apertura de sendas investigaciones a cargo del gobierno puertorriqueño y de la Fundación Rockefeller. Sin embargo, no se logró encontrar ninguna prueba de los presuntos homicidios confesados por Rhoads.

Por su parte, el protagonista del suceso se justificaba públicamente argumentando que todo había sido una broma: "fue una redacción fantasiosa y bromista escrita enteramente para mi propia diversión, y entendida como una parodia de las supuestas actitudes de algunas mentes estadounidenses en Puerto Rico". O sea, venía a decir Rhoads, que en realidad pensaba todo lo contrario de lo que había escrito, una explicación que se divulgó en los principales medios estadounidenses. Según Lederer, el intenso trabajo de relaciones públicas de la Fundación Rockefeller, que incluía la lectura de los artículos de prensa antes de su publicación, logró limpiar el nombre de Rhoads. ¿Caso cerrado?

Hasta tal punto el suceso no afectó a la reputación de Rhoads que en las décadas siguientes su carrera despuntó en el área de oncología. Director del Hospital Memorial de Nueva York, jefe de la División Médica del Servicio de Armamento Químico durante la Segunda Guerra Mundial, cofundador y primer director del Instituto Sloan-Kettering –hoy Memorial Sloan Kettering Cancer Center, una de las instituciones más prestigiosas del mundo en el tratamiento y la investigación contra el cáncer– y asesor de la Comisión de Energía Atómica de EEUU. A lo largo de su vida, Rhoads fue laureado con varios premios y con la Legión del Mérito.

A la muerte de Rhoads en 1959, las revistas médicas elogiaban y glosaban su figura, pero evitando toda mención del incidente de Puerto Rico. "La investigación del cáncer en la era moderna ha perdido a uno de sus mayores arquitectos", lamentaba la revista Cancer Research. En 1979, la Asociación Estadounidense de Investigación contra el Cáncer (AACR, en inglés) instituía la entrega anual del premio Memorial Cornelius P. Rhoads.

Nuevas sospechas

El episodio quedó enterrado hasta 2002, cuando fue redescubierto por Edwin Vázquez, profesor de biología de la Universidad de Puerto Rico. Vázquez escribió entonces a la AACR exigiendo que se retirara el nombre de Rhoads del premio. Según declaró la directora de la entidad, Margaret Foti, ni ella ni nadie de la AACR estaban al tanto de la carta de Rhoads. Esta organización abría entonces una nueva investigación, que tampoco en este caso lograba reunir pruebas de mala praxis. Sin embargo, la AACR decidió renombrar el premio por las "ideas peyorativas racistas" de Rhoads, en palabras de la expresidenta de la entidad, Susan Horwitz.

Pero la versión de la broma racista no convence a todos. En 1979 el historiador puertorriqueño Pedro Aponte Vázquez, entonces estudiante en la Universidad Fordham de Nueva York, buceó en los archivos de la Fundación Rockefeller y otras fuentes, encontrando una supuesta prueba de una segunda carta escrita por Rhoads, al parecer más explosiva que la primera y que habría sido destruida. En 2012, Aponte Vázquez autopublicó un libro en el que culpa a Rhoads de la muerte de Albizu Campos, fallecido en libertad en 1965 después de 26 años encarcelado, un período durante el cual el dirigente nacionalista denunció torturas por medio de radiación. Sin duda hoy el de Rhoads ya es un caso frío, pero no del todo cerrado.