Alberto García Basteiro, en México.

Alberto García Basteiro, en México. Marcus Rose The Union

Salud Jóvenes promesas

El médico gallego que planta cara a la tuberculosis desde tres continentes

Alberto García-Basteiro acaba de recibir el premio al mejor investigador joven en el área de la enfermedad infecciosa que más muertes causa en el mundo.

Ainhoa Iriberri

Es de suponer que al médico Alberto García-Basteiro (Vilalba, 1982) no le llegarán muchos jamones ni cajas de vino por Navidad. El tópico del galeno al que sus pacientes recuerdan y agradecen -también materialmente- de por vida haberles curado es más difícil de cumplirse cuando uno se dedica a una enfermedad que afecta a más de 10 millones de personas al año y más todavía si su labor es global y no se ajusta a una única población. 

Pero, a falta de regalos más convencionales, este gallego que distribuye su tiempo entre dos continentes -África y Europa- acaba de volver de un tercero -América- después de recibir el Premio al Investigador Joven de la Unión Internacional contra la Tuberculosis y la enfermedad Pulmonar, The Union, una organización científica global con más de 16.000 miembros en todo el mundo y líder en la investigación sobre esta enfermedad, la patología infecciosa que más muertes causa, 1,8 millones en 2015. 

García-Basteiro insiste en que lo que se ha premiado es una labor de grupo, pero el anuncio del galardón deja muy claro su nombre. Y también que es el primer español que lo consigue. Lo que el organismo ha reconocido, sobre todo, son"sus esfuerzos y éxito en poner al descubierto la carga que supone la tuberculosis en Mozambique, un país que conoce bien y en el que ha residido permanentemente los últimos años. A día de hoy, sigue pasando mucho tiempo allí, ya que es el coordinador del área de tuberculosis en el Centro de Investigação em Saude de Manhiça (CISM), las innovadoras instalaciones sanitarias construidas en el país en 1996 con el apoyo del Hospital Clínic de Barcelona y el IS Global, donde también trabaja el médico gallego. 

Pero, ¿cómo llega un gallego de un pueblo de Lugo a convertirse en el mejor investigador sobre una enfermedad de la que apenas se declaran 4.000 casos al año en España? Para empezar, una advertencia: nada de hacer de menos a la tuberculosis porque no sea la dolencia que más impacta en nuestro país ahora mismo. "Cada caso de la enfermedad puede afectar a diez personas y, de ellas, una de cada 10 puede desarrollarla; el crecimiento puede ser exponencial", explica García-Basteiro, que advierte de que en un país tan desarrollado como Alemania, se vivió un aumento repentino de la tuberculosis tras la llegada masiva de inmigrantes. "No hay que bajar la guardia", comenta. 

Pero obviamente, el médico no pensaba en Alemania, ni en Galicia ni en España cuando, tras terminar con brillantez sus estudios de Medicina en la Universidad de Santiago, se vio en la tesitura de elegir especialidad. "Elegí la menos sexi", bromea al explicar por qué no optó por Cardiología, Cirugía u otras para las que, reconoce, no hubiera tenido problema en conseguir plaza. Su inquietud general en actividades colaborativas, que se acrecentó con su ingreso en la Federación Internacional de Asociaciones de Estudiantes Médicos (IMFSA), le hizo optar por Medicina preventiva y salud pública

"Antes de terminar de decidirme, viajé a Barcelona porque sabía que era el mejor sitio y allí hablé con el jefe de servicio de la especialidad en el Clínic -Antoni Trilla- y con el responsable del Centro de Salud Internacional, Pedro Alonso", recuerda. Ellos le dijeron que allí tendría oportunidades, así que García-Basteiro empezó con las horas extras -no remuneradas- ya de estudiante. "Más allá de la rotación que me tocaba en la especialidad, empecé a colaborar con ellos". 

La tuberculosis no fue su primera opción. Empezó a involucrarse en proyectos de malaria, dengue y salud maternoinfantil, entre otros. "Mi motivación era intentar contribuir a las enfermedades que afectan a la gente que más lo necesita", reconoce. Y sin duda, esta enfermedad pulmonar lo es. "La favorecen las condiciones de hacinamiento, compartir cama, la forma en la que se trabaja, el poco acceso al diagnóstico temprano y la poca adherencia al tratamiento", enumera. 

Imagen descorazonadora

Parece difícil de comprender que la OMS definiera a la tuberculosis a mediados de la década de 1990 como una emergencia global cuando se trata de una enfermedad curable. "Eso es lo más triste", señala García-Basteiro, que explica que la ecuación no es tan simple: la forma más común de la enfermedad se ha de tratar durante seis meses con una combinación de varios fármacos; la más grave, la resistente a los antibióticos más eficaces -que sólo supone un 5% de los casos- puede requerir hasta nueve meses de terapia. Por esta razón, a este investigador la imagen que más le impacta es la de "la mujer que camina dos horas de ida y dos de vuelta para llegar al centro de salud y ponerse allí una inyección que combinará con un cóctel de medicamentos". "Es una foto descorazonadora". 

Así, el médico tiene claro que queda mucho por hacer en la lucha contra la tuberculosis. Él participó en un estudio publicado el año pasado en The New England Journal of Medicine, en el que se describía cómo un viejo antibiótico podría ser una alternativa para la tuberculosis más mortal, pero sus labores ahora son múltiples. 

Por ejemplo, gran parte de su tiempo lo pasa trabajando en un ensayo clínico que podría hacer que el tratamiento preventivo de la tuberculosis para personas infectadas por VIH -cuyo riesgo de la enfermedad se multiplica- se acortara de seis a tres meses

Pero son más los retos a los que se enfrenta el manejo de esta enfermedad: mejorar el diagnóstico precoz -"en muchos lugares todavía se hace por microscopía y los últimos test moleculares no detectan todos los casos"; reducir los efectos secundarios de los medicamentos, lograr fármacos más eficaces que consiguieran no sólo curar la dolencia sino evitar que los que la padecen -otra peculiar característica de la tuberculosis- tengan un riesgo muy alto de volver a sufrirla en un futuro. 

El médico no aspira a contribuir personalmente a ningún hallazgo concreto. "No tengo una ambición personal, más allá de ser parte de la comunidad, intentar buscar soluciones, que se me reconozca por la labor colaborativa", responde a la pregunta de qué le gustaría que se dijera de él en unos años, quizás cuando reciba -¿por qué no?- el premio de los mayores de The Union. 

Lo que sí ve más claro es la noticia que le gustaría escuchar algún día abriendo un informativo. "Que se ha aprobado, tras la realización de grandes estudios, una vacuna contra la tuberculosis eficaz. Pero que fuera accesible para todos". "Eso me haría feliz y más si pasara, por ejemplo, en 20 años", concluye. Ojalá se cumplan sus deseos.