Retrato de Carlos III por Anton Raphael Mengs, y un bebé de elefante asiático.

Retrato de Carlos III por Anton Raphael Mengs, y un bebé de elefante asiático.

Investigación Historia de la ciencia

Cuando los Borbones amaban a los elefantes y los traían a España desde confines del mundo

Un ejemplar de elefante asiático recorrió medio mundo en el siglo XVIII para terminar paseando por las calles de Madrid. Y ahí sigue.

Si hablamos de Borbones y elefantes, es inevitable pensar en el rey emérito y el episodio de Botsuana en 2012, cuando Juan Carlos I se fue a cazar paquidermos y acabó rompiéndose la cadera e iniciando el camino que conduciría a su abdicación.

Sin embargo, las relaciones entre la familia real española y los elefantes fueron mucho más amables en otras épocas, especialmente con Carlos III, ese señor inmortalizado a caballo en la Puerta del Sol, un monarca ilustrado al que le atraía enormemente el lado más exótico de la naturaleza. En su corte llegó a haber todo tipo de colecciones, especímenes, fósiles y hasta un oso hormiguero vivo enviado desde América que no duró mucho.

No obstante, una de las historias más curiosas tiene que ver, precisamente, con un elefante que revolucionó Madrid a finales del siglo XVIII. Fue un regalo del gobernador de Filipinas, Simón de Anda y Salazar, así que el pobre animal, que ya se había pegado un buen viaje desde el sur de la India, tuvo que embarcarse durante seis meses desde Manila hasta la Península.

El barco era la fragata Venus, que estaba bajo las órdenes de Juan de Lángara y Huarte, un marino y militar que también era científico –matemático y cartógrafo- y trató de aplicar nuevos conocimientos de física y astronomía en la navegación. Con su espíritu racional no quiso dejar nada a la improvisación, preparó todo lo que podía necesitar el elefante en la trayectoria e incluso ordenó disparar cañonazos en el muelle para que se acostumbrase al ruido por si había que entrar en combate.

Ahí tenemos a ese extraño ser surcando los mares durante medio año, atravesando el Índico, bordeando el Cabo de Buena Esperanza y remontando el Atlántico para llegar a la Isla de León, actual San Fernando (Cádiz) en julio de 1773. Y lo peor estaba por llegar, porque a partir de ahí tendría que ir a pata por el sur de España en pleno verano para encontrarse con el soberano, que pasaba el estío en el Palacio Real de la Granja de San Ildefonso.

Tras descansar y aprovisionarse para el nuevo viaje, José de Mazarredo Salazar, que también venía en la fragata y llegó a ser uno de los grandes marinos de su época, tomó el mando de una comitiva compuesta por un total de 17 personas que tardó 41 días en completar el recorrido. Sólo se movían a primeras horas de la mañana y a últimas de la tarde, para evitar el calor y con todo tipo de precauciones, dando aviso previo a las gentes de cada población que atravesaban para que se mantuviesen alejados "cuarenta pasos" de los caminos para evitar incidentes.

El pequeño elefante a las puertas del Prado en tiempos de guerra. Un montaje de Javier Muñoz.

El pequeño elefante a las puertas del Prado en tiempos de guerra. Un montaje de Javier Muñoz.

El elefante con botas

Podemos imaginar la sorpresa y el estupor de quienes nunca habían tenido noticia de la existencia de un animal de esas características. No obstante, para acabar de completar la escena nos falta un detalle: en una parada en Écija le confeccionaron al elefante unos "zapatos abotinados de tres suelas".

Al paquidermo lo cuidaban dos cornacas procedentes de la India y, según las crónicas, nunca le faltó arroz cocido, castañas, repollos, lombardas, mijo, melones, nabos… Y vino dulce con azúcar y aguardiente.

Para presentarse ante Carlos III fue vestido con ropajes especiales. En realidad, para el monarca ver un elefante no era tanta novedad, porque durante su reinado en Nápoles y Sicilia ya le habían regalado uno procedente de Turquía.

La gran atracción de Madrid

Así que el rey quiso mostrarlo al pueblo de Madrid y lo tuvo un mes paseando por las calles de la capital montando un fenomenal revuelo por la novedad, hasta el punto de que llegaron a elaborarse dulces con la figura del paquidermo. Después se trasladó a Aranjuez, donde convivió con animales domésticos y con alguno que otro también exótico, como camellos y dromedarios.

No se sabe si el paquidermo llegó a tener nombre, pero se le acabó llamando "elefante grande" porque el gobernador de Filipinas mandó más tarde otros dos ejemplares, el "elefante chico" y una hembra.

Elefante asiático entregado por Carlos III al Museo de Ciencias Naturales.

Elefante asiático entregado por Carlos III al Museo de Ciencias Naturales.

El más antiguo del mundo

El pobre animal no tuvo tiempo de disfrutar de la compañía, porque murió a finales de 1777, sólo cuatro años después de su llegada, y el mismísimo conde de Floridablanca, que había sido nombrado secretario de Estado ese mismo año, le escribió al director del Gabinete de Historia Natural, Pedro Franco Dávila, para que fuera disecado.

El zoólogo y taxidermista Juan Bautista Bru de Ramón se encargó de ello. Hoy en día el Museo Nacional de Ciencias Naturales de Madrid conserva, por un lado, el esqueleto, y por otro, un ejemplar que se considera el elefante disecado más antiguo conservado en el mundo que se realizó aprovechando su piel.