Mujer joven con su perro revisando sus finanzas en casa
La psicología dice que los adultos de 21 a 53 años que destinan demasiado dinero a la vivienda tienen más depresión
No es solo pagar la casa: gastar demasiado en vivienda también puede pesar en la salud mental.
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Pagar la hipoteca o el alquiler no solo condiciona cuánto dinero queda disponible a final de mes. Cuando la vivienda absorbe una parte demasiado grande de los ingresos, también puede afectar al bienestar psicológico. Un estudio longitudinal realizado con 5.011 adultos de entre 21 y 53 años ha encontrado una asociación entre dedicar al menos el 30% de los ingresos individuales a la vivienda y presentar más síntomas depresivos.
La investigación, publicada en enero de 2026 en la revista Public Health, utilizó datos de Japón recogidos durante 13 oleadas entre 2007 y 2019. En total, los investigadores analizaron 47.384 observaciones de los mismos participantes a lo largo del tiempo, lo que les permitió comprobar qué sucedía con su salud mental cuando cambiaba la proporción de ingresos que tenían que destinar a la vivienda.
Para establecer cuándo existía una carga elevada, utilizaron uno de los umbrales más habituales en los estudios sobre asequibilidad: gastar el 30% o más de los ingresos en vivienda. Por debajo de esa cifra se consideraba que la persona no soportaba una carga excesiva; a partir de ella, entraba en el grupo con problemas de asequibilidad.
La salud mental se evaluó mediante el Mental Health Inventory-5 (MHI-5), un cuestionario utilizado para detectar síntomas relacionados con depresión y malestar psicológico.
Los resultados mostraron que, cuando la proporción individual dedicada a vivienda alcanzaba o superaba el 30%, las puntuaciones de salud mental eran peores. Sin embargo, apareció un matiz importante: la asociación estadísticamente significativa se concentró en los hombres.
El 30% no parece ser una frontera exacta
Entre los hombres, pasar de gastar menos del 30% de los ingresos en vivienda a destinar al menos esa cantidad estuvo asociado con una reducción de 1,25 puntos en la puntuación del MHI-5, compatible con un aumento de los síntomas depresivos.
Los investigadores esperaban inicialmente que el efecto fuera especialmente fuerte entre los hombres que aportaban la mayor parte de los ingresos familiares, debido a la presión económica ligada al papel tradicional de sustentador del hogar.
Sin embargo, encontraron prácticamente lo contrario.
Entre los hombres casados, la asociación más intensa apareció en quienes aportaban menos del 60% de los ingresos del hogar. En este grupo, soportar una carga de vivienda igual o superior al 30% estuvo relacionado con una reducción de 1,83 puntos en la escala de salud mental. Los autores plantean que las expectativas sociales relacionadas con el papel económico dentro de la pareja podrían contribuir a explicar parte de esta diferencia.
Esto tampoco significa que el 30% funcione como una frontera biológica a partir de la cual aparezca automáticamente la depresión.
De hecho, otra investigación publicada en septiembre de 2026 cuestiona precisamente esa idea. El trabajo utilizó 12 años de datos de Corea del Sur y analizó diferentes porcentajes de gasto en vivienda, en lugar de dividir simplemente a los participantes entre quienes superaban o no el 30%.
Los síntomas depresivos comenzaron a aumentar significativamente cuando los costes de la vivienda superaban aproximadamente el 11% de los ingresos, y la asociación se hacía progresivamente más fuerte conforme aumentaba la carga. El efecto más marcado apareció alrededor del 27%, muy cerca del conocido límite del 30%.
Además, esta relación se concentró especialmente entre los inquilinos. Los investigadores consideran que el problema puede comenzar bastante antes de que una familia llegue oficialmente a la categoría de vivienda “inasequible”.
Los resultados encajan con investigaciones previas realizadas en otros países. Un estudio de cohorte británico utilizó también el 30% de los ingresos como referencia para definir una vivienda económicamente difícil de asumir y observó que mantener durante años este tipo de carga estaba relacionado con más problemas de salud mental.
El mecanismo puede parecer sencillo: cuanto más dinero absorbe la vivienda, menos queda disponible para alimentación, ocio, transporte, ahorro o gastos imprevistos. Pero el impacto psicológico también puede proceder de la incertidumbre y del estrés financiero constante que supone saber que una parte muy elevada del sueldo ya está comprometida antes de afrontar cualquier otro gasto.
Eso no permite afirmar que pagar un alquiler o una hipoteca elevados cause por sí solo depresión. Los trabajos son observacionales y existen otros factores, como ingresos, empleo, situación familiar o salud previa, que también influyen.
El estudio japonés tiene además una limitación importante para el titular: aunque participaron hombres y mujeres de 21 a 53 años, la relación significativa entre superar el 30% y presentar más síntomas depresivos apareció específicamente entre los hombres.
Aun así, la evidencia acumulada apunta en una misma dirección: cuanto mayor es la parte de los ingresos que se lleva la vivienda, mayor puede ser también la presión psicológica. Y los trabajos más recientes sugieren que el problema quizá comience incluso antes de alcanzar ese 30% que tradicionalmente se ha utilizado para separar una vivienda asumible de otra que ya pesa demasiado sobre las cuentas.