Mujer de 68 años sola.
La psicología dice que los adultos nacidos en 1958 que vivían solos tenían peor salud que la generación de 1970
Ni vivir solo ni ver poco a la familia significa lo mismo: la generación cambia el impacto en el bienestar.
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Vivir solo no parece tener exactamente las mismas consecuencias para todas las generaciones. Una investigación que ha comparado a más de 32.000 adultos británicos nacidos en 1958 y 1970 ha encontrado que la relación entre determinadas formas de aislamiento social y el bienestar cambia según la cohorte. En concreto, vivir solo se relacionó con un impacto más negativo sobre la salud autopercibida entre los nacidos en 1958 que entre los nacidos en 1970.
El estudio, publicado en Social Psychiatry and Psychiatric Epidemiology, utilizó dos de las grandes investigaciones longitudinales británicas: el National Child Development Study, que sigue a personas nacidas en una semana de 1958, y el 1970 British Cohort Study, construido de manera similar con quienes nacieron durante una semana de 1970.
En total, los investigadores trabajaron con datos de 15.806 miembros de la generación de 1958 y 16.585 de la de 1970, es decir, 32.391 personas. El objetivo era estudiar qué ocurre durante la mediana edad cuando coinciden diferentes formas de aislamiento social y si sus efectos son iguales entre generaciones separadas por apenas 12 años.
Los científicos analizaron cuatro situaciones: vivir solo, tener poco contacto habitual con amigos y familiares, no estar trabajando y participar poco en actividades comunitarias. Posteriormente compararon estas circunstancias con tres indicadores: malestar psicológico, satisfacción con la vida y valoración de la propia salud.
La prevalencia de vivir solo era, de hecho, muy parecida entre ambas generaciones. Aproximadamente el 9,7% de los nacidos en 1958 vivían solos cuando se recogieron esos datos, frente al 10% de los nacidos en 1970. La diferencia importante apareció al observar cómo se relacionaba esa situación con la salud.
Vivir solo no afectaba igual a las dos generaciones
Los investigadores encontraron una interacción entre la cohorte de nacimiento y vivir solo. Entre los participantes nacidos en 1958, esta situación estaba relacionada con un deterioro mayor de la salud general autopercibida que entre quienes habían nacido en 1970. En otras palabras, pertenecer a una generación u otra modificaba la intensidad de esa asociación.
El resultado requiere, sin embargo, un matiz importante. El estudio no concluye que todos los adultos nacidos en 1958 que vivían solos estuvieran objetivamente más enfermos que todos los nacidos en 1970. La variable estudiada era la valoración que las propias personas hacían de su estado general de salud, y lo que cambió entre generaciones fue la fuerza con la que vivir solo se asociaba a ese indicador.
Además, vivir solo no produjo el mismo patrón para todas las variables psicológicas. Cuando los investigadores analizaron las diferentes formas de aislamiento por separado, esta circunstancia se relacionó principalmente con una menor satisfacción vital, pero no necesariamente con todos los indicadores de malestar psicológico.
Las diferencias generacionales aparecieron también en otra situación: estar fuera del mercado laboral. Entre los nacidos en 1958, no trabajar durante la mediana edad se relacionaba de forma más negativa con la satisfacción vital y con la percepción de la propia salud que entre la generación de 1970.
Los autores plantean que las normas sociales de cada época podrían ayudar a explicar parte de estas diferencias. La generación de 1958 llegó a la mediana edad en un contexto distinto al de quienes nacieron en 1970. Determinadas situaciones, como vivir solo o no tener empleo, pueden haber tenido significados sociales diferentes en cada momento histórico y, con ellos, consecuencias distintas para el bienestar.
Pero la generación más joven tampoco salió peor parada en todos los ámbitos. Los investigadores observaron prácticamente el patrón contrario al analizar la falta de contacto frecuente con familiares y amigos: los nacidos en 1970 mostraban mayor malestar psicológico asociado a esa falta de contacto que los participantes de 1958.
Es precisamente una de las conclusiones principales del trabajo. Hablar simplemente de "aislamiento social" puede ocultar diferencias importantes. Vivir solo, estar desempleado, no participar en actividades comunitarias o ver poco a familiares y amigos no son experiencias equivalentes, ni parecen relacionarse del mismo modo con la salud.
El estudio tampoco permite demostrar que vivir solo sea la causa directa del deterioro de la salud. Se trata de una investigación observacional y pueden intervenir otros factores personales, económicos y sociales.
Lo que sí muestran los datos es que una misma circunstancia social puede tener consecuencias diferentes según la generación que la experimenta. Para los adultos nacidos en 1958, vivir solos durante la mediana edad estuvo asociado a una peor percepción de su salud con más intensidad que para quienes nacieron en 1970. Y esa diferencia sugiere que el impacto de la soledad y el aislamiento no depende únicamente de cuántas personas haya dentro de una casa, sino también del contexto social en el que se envejece.