Lamine Yamal: 8,5
Javier López, psicólogo de la selección: “No se puede pedir a Lamine Yamal, un chico de 18 años, que no se equivoque”
Lamine Yamal vive bajo una lupa constante: cada error adolescente puede convertirse en debate nacional, redes y titulares.
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Lamine Yamal juega con la presión de una estrella mundial cuando todavía tiene una edad en la que equivocarse forma parte del aprendizaje normal. Esa contradicción es una de las cuestiones que maneja el equipo psicológico de la selección española.
Javier López Vallejo, psicólogo deportivo de la selección, pide precisamente no olvidar la edad del futbolista cuando habla con El Diario de Navarra. “No podemos pretender que un chico de 18 años no se equivoque jamás, eso es irreal”, explicó durante el Mundial de 2026.
La frase introduce un matiz importante. Yamal puede decidir partidos, asumir focos enormes y moverse dentro de un estadio con una madurez poco común, pero sigue atravesando etapas personales propias de alguien que acaba de entrar en la vida adulta.
“A esas edades son críos”, sostiene López Vallejo. El especialista reconoce que el jugador ha vivido tantas situaciones extraordinarias en tan poco tiempo que dentro de la selección lo consideran “un tipo hipermaduro”, aunque eso no elimina su derecho a fallar.
El psicólogo también quiso alejar la imagen de un futbolista difícil de gestionar. Según explicó, el cuerpo técnico está satisfecho con su comportamiento, su madurez y el cumplimiento de las normas internas dentro de la concentración española.
Las redes suman presión
El problema está en la escala de todo lo que ocurre a su alrededor. Un error cotidiano que apenas tendría recorrido en otro joven puede convertirse en noticia, tertulia, tendencia en redes sociales y miles de comentarios de desconocidos.
López Vallejo señala precisamente las redes como una parte complicada del fútbol actual. La crítica ya no llega solo desde un estadio o un periódico, sino desde cualquier teléfono, muchas veces con anonimato y sin apenas filtro emocional.
El propio Yamal ha verbalizado esa diferencia. En un documental de RTVE sobre la selección reconoció que alguna vez se equivocará y que no es “un chico de 18 años normal”, porque su vida tampoco se parece a la de otros jóvenes.
La ciencia deportiva lleva tiempo mirando hacia ese punto. Un consenso del Comité Olímpico Internacional advierte de que los deportistas jóvenes de élite mezclan cambios propios de la adolescencia con exigencias competitivas, mediáticas y comerciales muy poco habituales.
Entre los riesgos aparecen expectativas poco realistas, presión del entorno, redes sociales, patrocinadores, separación de apoyos habituales y dificultades para construir una identidad que no dependa únicamente del rendimiento deportivo.
El perfeccionismo puede hacer todavía más estrecho ese margen. Un estudio con 966 adolescentes noruegos encontró que la preocupación excesiva por cometer errores se asociaba con malestar psicológico significativo entre jóvenes deportistas de élite.
Las redes añaden otra capa. Una investigación con 591 deportistas adolescentes encontró asociaciones entre mayor uso diario de medios sociales y más afecto negativo, con la comparación social y el sueño como piezas importantes de esa relación.
Nada de esto permite diagnosticar a Yamal desde fuera, ni convierte cada gesto suyo en un síntoma. Sirve más bien para entender por qué los especialistas insisten tanto en proteger espacios de normalidad alrededor de un talento extraordinario.
López Vallejo conoce además el deporte profesional por dentro. Antes de dedicarse a la psicología fue portero de Osasuna, Villarreal y Zaragoza, una experiencia que le ayuda a leer el vestuario desde un lugar menos teórico.
Su mensaje separa dos planos que a menudo se confunden. Un futbolista puede estar preparado para decidir un partido mundialista y, al mismo tiempo, seguir aprendiendo a gestionar errores, relaciones, exposición pública y expectativas desmedidas.
En el fondo, la advertencia no rebaja a Lamine Yamal. Lo humaniza. Pide mirar al jugador sin olvidar a la persona que crece detrás, porque el talento puede ir muy deprisa, pero la madurez necesita otro ritmo.