Gato en el veterinario.

Gato en el veterinario. Freepik

Ciencia

Los veterinarios coinciden: los gatos reciben peor atención que los perros por falta de confianza y formación

El gato no debería ser el paciente olvidado: estrés, transportín y clínicas poco adaptadas reducen sus visitas veterinarias.

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Las claves

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Los gatos reciben menos atención veterinaria preventiva que los perros debido a factores como el estrés del transporte y la visita a la clínica.

Muchos veterinarios y estudiantes se sienten menos seguros tratando gatos que perros, lo que afecta la calidad de la atención felina.

Los gatos ocultan síntomas de enfermedad de forma eficaz, por lo que es fundamental realizar revisiones veterinarias al menos una vez al año.

La solución implica tanto la adaptación del entorno clínico como la educación de los propietarios para reducir el estrés y mejorar la atención de los gatos.

Los gatos viven en millones de hogares, duermen en sofás, ocupan camas y forman parte de la familia. Sin embargo, en la consulta veterinaria siguen teniendo una desventaja silenciosa: reciben menos atención preventiva que los perros.

La diferencia no se explica solo por el cariño de los dueños. Las guías felinas llevan años señalando una mezcla de barreras: estrés en el transporte, miedo en la clínica, dificultad con el transportín y menor sensación de urgencia.

El resultado es un círculo difícil de romper. Muchos propietarios retrasan la visita porque el gato “parece sano” o porque llevarlo al veterinario se convierte en una pequeña batalla doméstica antes incluso de salir de casa.

Ahí está una de las claves. El perro sale a la calle, usa correa y suele tolerar mejor los espacios sociales. El gato, en cambio, pierde de golpe territorio, control y seguridad cuando entra en un transportín.

Las guías AAFP/ISFM insisten en que el viaje, la sala de espera, los olores, los ruidos y el contacto visual con perros pueden convertir una revisión rutinaria en una experiencia muy estresante para el animal.

Pero el problema no está solo en casa. Un estudio reciente sobre actitudes profesionales encontró que los veterinarios y estudiantes se sienten menos seguros trabajando con gatos que con perros, y que la confianza felina mejora con experiencia práctica.

Ese dato importa porque la medicina felina no consiste en tratar a un gato como si fuera un perro pequeño. Necesita más tiempo, menos contención brusca, lectura fina del lenguaje corporal y una exploración adaptada a su conducta.

Cuando la visita sale mal, todos pierden. El gato se asusta, el profesional trabaja con menos margen, el propietario se estresa y la siguiente revisión queda aplazada hasta que aparece un síntoma más evidente.

El riesgo clínico es serio. Los gatos ocultan dolor y enfermedad con mucha eficacia. Una artrosis puede verse solo como menos saltos; un problema renal, dental, tiroideo o urinario puede avanzar durante meses con señales muy discretas.

Por eso las guías AAHA/AAFP recomiendan revisiones físicas completas al menos una vez al año para todos los gatos. En los sénior, la frecuencia debería aumentar, con controles como mínimo cada seis meses.

La prevención permite detectar antes pérdida muscular, hipertensión, dolor crónico, enfermedad renal, problemas de peso o cambios de conducta. En un gato, esperar a que “se note mucho” puede significar llegar tarde.

La parte cultural también cuenta. Estudios europeos han observado más apego, seguro médico y disposición al gasto en perros que en gatos, aunque con diferencias según el país y sin que pueda hablarse de una regla universal.

La solución pasa por ambos lados. Los dueños pueden acostumbrar al gato al transportín, preparar mejor el viaje y no normalizar cambios sutiles. Las clínicas deben ofrecer espacios tranquilos, manejo respetuoso y profesionales formados en comportamiento felino.

La conclusión veterinaria es sencilla: el gato no debería ser el paciente olvidado. Para cuidarlo bien hay que llevarlo más al veterinario, pero también conseguir que esa visita deje de ser una experiencia traumática.