Alba Méndez, arquitecta.

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Ciencia

Los arquitectos están de acuerdo: "Los edificios deben cumplir 3 principios para nutrir nuestro bienestar emocional"

Los estudios que se han realizado al respecto han demostrado que determinadas decisiones arquitectónicas pueden disminuir el estrés y mejorar el bienestar.

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P. G. Santos
Publicada
Las claves

Las claves

La arquitecta Alba Méndez destaca que la arquitectura influye directamente en el bienestar emocional de las personas a través de la neuroarquitectura.

Factores como la luz natural, el diseño acústico y la incorporación de naturaleza en los edificios pueden reducir el estrés y mejorar la salud y la concentración.

Méndez defiende que los edificios deben ser útiles, firmes y bellos, adaptándose a las necesidades físicas, emocionales y cognitivas de sus usuarios.

La neuroarquitectura propone medir científicamente el impacto de los espacios para crear ciudades más humanas, saludables y socialmente cohesionadas.

La forma en que se diseñan los edificios trasciende la estética o la funcionalidad. Según la arquitecta Alba Méndez, la arquitectura condiciona el bienestar emocional y puede convertirse en una herramienta capaz de mejorar la salud, reducir el estrés y favorecer relaciones humanas.

Especializada en neuroarquitectura, Méndez explica en una entrevista que esta disciplina integra conocimientos procedentes de la neurociencia, la psicología y la estética empírica para comprender cómo reaccionan las personas ante los espacios.

Ese conocimiento permite proyectar entornos adaptados a las necesidades humanas reales. La premisa resulta sencilla, aunque sus implicaciones son profundas.

Cada edificio desencadena respuestas fisiológicas relacionadas con la luz, el color, las proporciones o las formas. Esos estímulos pueden favorecer la calma, aumentar la concentración o, por el contrario, incrementar significativamente el estrés cotidiano.

El entorno es decisivo

Para la arquitecta, el entorno no constituye un elemento secundario, sino un factor decisivo durante toda la vida. Las experiencias vividas moldean el cerebro mediante procesos de neuroplasticidad, mientras los espacios condicionan comportamientos, emociones y capacidades cognitivas de manera constante y continuada.

Esta perspectiva transforma también la manera de entender la profesión. El objetivo deja de limitarse al diseño de edificios eficientes para centrarse en crear lugares que promuevan la salud integral, faciliten las relaciones sociales y respondan tanto a necesidades físicas como emocionales y cognitivas.

Las investigaciones recopiladas por esta disciplina apuntan, además, que determinadas decisiones arquitectónicas pueden disminuir el estrés. La incorporación de naturaleza, una iluminación adecuada o ambientes acústicamente equilibrados contribuyen a generar espacios donde las personas desarrollan mejor sus actividades diarias con tranquilidad.

La luz natural ocupa un lugar protagonista dentro de ese planteamiento. Además de regular los ritmos biológicos, favorece la memoria, estimula la creatividad y mejora el rendimiento. Sin embargo, un diseño inadecuado puede provocar fatiga, incomodidad y dificultades para mantener la concentración.

El sonido también influye sobre nuestro equilibrio emocional. Mientras el ruido excesivo perjudica la memoria, dificulta la comprensión y favorece las distracciones, los sonidos naturales o una acústica correctamente diseñada ayudan a reducir la tensión y mejorar el bienestar general.

Frente a quienes buscan recetas universales, Méndez rechaza la existencia de un modelo arquitectónico perfecto. Defiende una metodología centrada en las personas, capaz de adaptar cada proyecto a necesidades específicas para lograr espacios inclusivos, accesibles, flexibles y saludables para todos.

Ese enfoque también recupera una idea clásica de la arquitectura. Inspirándose en la tríada formulada por Vitruvio, la especialista sostiene que los edificios deben ser útiles, firmes y bellos, tres principios inseparables para construir entornos capaces de favorecer nuestro bienestar emocional duradero.

La arquitecta considera, además, que la belleza no constituye un elemento decorativo ni superficial. Incorporar obras de arte en viviendas, oficinas o edificios públicos estimula la creatividad, despierta emociones diversas y fortalece el vínculo cotidiano entre las personas y los espacios habitados.

La neuroarquitectura propone, en definitiva, un cambio profundo de perspectiva. Los edificios dejan de entenderse como un fin en sí mismos para convertirse en herramientas destinadas a mejorar la salud mental, combatir la soledad, aliviar la ansiedad y fortalecer la cohesión social colectiva.

Para Alba Méndez, el futuro de la arquitectura pasa por medir científicamente el impacto de cada intervención sobre las personas. Solo así será posible construir ciudades más humanas, resilientes y saludables, donde el bienestar deje de ser una aspiración para convertirse en realidad.