Una pareja de ancianos sentados en un banco y felices.

Una pareja de ancianos sentados en un banco y felices. iStock

Ciencia

Los psicólogos coinciden: los adultos a partir de los 50 años sienten mayor satisfacción si sus hijos se marchan de casa

Vivir en casas distintas puede aliviar cargas cotidianas sin romper el apoyo entre padres e hijos en la madurez.

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Las claves

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Los adultos mayores de 50 años muestran mayor satisfacción y bienestar cuando sus hijos se independizan y dejan el hogar.

La emancipación de los hijos permite a los padres recuperar espacio, tiempo y rutinas, mejorando la calidad de vida y la satisfacción conyugal.

Aunque los hijos ya no vivan en casa, siguen siendo una fuente importante de apoyo social para sus padres.

La experiencia del nido vacío varía según el vínculo familiar, la relación de pareja y los proyectos personales, y suele conllevar una etapa de adaptación.

En España, el nido vacío se hace esperar. En 2024, los jóvenes dejaron la casa familiar a los 30 años de media, frente a los 26,2 de la Unión Europea. La independencia llega tarde y el dormitorio libre, también.

Cuando por fin se marchan, la casa pierde ruido y gana espacio. Cambian los gastos, las rutinas y el tiempo disponible. Para muchos padres, esa nueva etapa puede resultar más satisfactoria de lo que imaginaban.

Una investigación publicada en PLOS One analizó a cerca de 55.000 personas de 50 años o más en 16 países europeos. Quienes tenían hijos que ya vivían fuera mostraban mejores indicadores de bienestar y salud mental.

Según el trabajo, realizado por los economistas Christoph Becker, Isadora Kirchmaier y Stefan Trautmann, la satisfacción era mayor cuando los hijos ya se habían emancipado, aunque también pesaban la salud, los ingresos y la calidad del apoyo recibido.

Sin embargo, los autores señalan que "los hijos que no viven en el hogar son importantes proveedores de apoyo social" para sus padres durante las etapas más avanzadas de la vida.

La distancia permite que el vínculo adopte otra forma. Disminuyen algunas obligaciones diarias y los hijos pueden seguir presentes como compañía, ayuda práctica o personas con las que hablar de asuntos importantes.

Para conocer esas redes, cada participante identificó a las personas a las que recurría en su vida cotidiana. Las redes más amplias, cercanas y activas se relacionaban con mayor satisfacción y menos síntomas depresivos.

Las redes basadas en la pareja, los hijos, otros familiares o los amigos mostraron resultados favorables. El contacto frecuente y la cercanía emocional se relacionaban con el bienestar de forma más constante que la distancia geográfica.

Los propios autores señalan que también importan los motivos por los que un hijo sigue en casa. El precio de la vivienda, el desempleo, una enfermedad o la necesidad de cuidados pueden pesar en el ánimo de toda la familia, más allá de la convivencia en sí.

Por qué sienta bien

Un seguimiento publicado en Psychological Science observó durante 18 años a mujeres que pasaron de los 40 a los primeros años de la sesentena. La satisfacción conyugal aumentó más entre quienes entraron en la etapa del nido vacío.

La mejora no dependía de pasar más horas con la pareja. Las participantes disfrutaban más del tiempo compartido cuando sus hijos ya vivían fuera. La calidad de esos momentos cambió más que su duración.

La psicóloga Sara Gorchoff, autora principal del trabajo, advertía que las mujeres "no deberían esperar a que sus hijos se marchen para reservar tiempo agradable con sus parejas".

El Colegio Oficial de la Psicología de Madrid presenta el nido vacío como una transición que requiere adaptación. Recomienda recuperar aficiones, retomar proyectos y aprender a disfrutar de la nueva realidad familiar.

La emancipación resulta más llevadera cuando la separación de viviendas mantiene intacto el afecto. La Organización Mundial de la Salud recuerda que las relaciones significativas favorecen la satisfacción vital y reducen el riesgo de aislamiento durante la vejez.

Algunos padres viven la marcha con alivio y otros necesitan tiempo para acostumbrarse al silencio. La experiencia depende de la calidad del vínculo, la relación de pareja, la vida social y los proyectos personales.

También puede aparecer tristeza cuando el cuidado de los hijos ha ocupado gran parte de la identidad y de la rutina. Sentir cierta nostalgia forma parte del proceso de adaptación y suele disminuir al construirse nuevas costumbres.

El bienestar parece crecer cuando la independencia conserva el vínculo. Los hijos pueden vivir fuera, seguir presentes y formar parte de la red de apoyo, mientras los padres recuperan espacio para su propia vida.