Imagen de archivo de oleaje en la localidad costera de Bajamar, en Tenerife.

Imagen de archivo de oleaje en la localidad costera de Bajamar, en Tenerife. EFE Miguel Barreto

Ciencia

EEUU da una lección a España: los sensores submarinos avisan que la corriente atlántica se está apagando de forma alarmante

Además de las señales meteorológicas y los evidentes cambios en la climatología, también existen sensores marinos que siguen la evolución de la AMOC.

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Las claves

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Una red de sensores submarinos en el Atlántico Norte ha detectado que la Circulación Meridional del Atlántico (AMOC) se está ralentizando de forma alarmante.

El debilitamiento de la AMOC afecta a varias zonas del Atlántico y podría alterar drásticamente el clima europeo, provocando inviernos más fríos en el norte y sequías más intensas en el sur.

Estados Unidos lidera la monitorización con redes de sensores desde 2004, mientras que España carece de infraestructuras comparables pese a su vulnerabilidad climática.

El calentamiento global y el deshielo de Groenlandia están alterando la AMOC, y algunos estudios advierten que podría perder hasta un 60% de su fuerza antes de fin de siglo.

Bajo las aguas del Atlántico Norte, a miles de metros de profundidad, y a su vez lejos de cualquier foco mediático, una red de sensores submarinos lleva dos décadas registrando una inquietante señal: una de las grandes "cintas transportadoras" climáticas de nuestro planeta está ralentizándose. Y no se trata solo de modelos matemáticos o simulaciones: son mediciones reales.

Así lo sugiere un reciente estudio publicado en la revista Science Advances, cuyo protagonista es la conocida Circulación Meridional del Atlántico, más conocida como AMOC en sus siglas inglesas. Este importante sistema climatológico, donde también se encuentra la famosa Corriente del Golfo, transporta grandes cantidades de calor desde los trópicos hacia Europa. Y su debilidad no es una buena noticia.

Gracias a esta corriente oceánica, ciudades europeas situadas en latitudes similares a Canadá disfrutan de inviernos relativamente suaves; sin embargo, si esta corriente colapsa o se ralentiza significativamente, el clima europeo cambiará radicalmente y para siempre.

De hecho, en este nuevo estudio se ha detectado que el debilitamiento de la AMOC no aparece en alguna zona aislada, sino de forma coordinada a lo largo de varias zonas del Atlántico.

La AMOC se ralentiza

Los investigadores analizaron datos recogidos por amarres oceanográficos distribuidos desde latitudes subtropicales hasta regiones más septentrionales y su resultado no deja lugar a dudas: el flujo profundo del Atlántico occidental lleva años ralentizándose de forma consistente.

En este caso, ha sido precisamente Estados Unidos quien ha dado la voz de alarma. Mientras muchos países siguen debatiendo sobre el cambio climático, EEUU y varios socios internacionales llevan años invirtiendo millones en sistemas de observación oceánica permanentes.

Redes como RAPID-MOCHA, instaladas en el Atlántico desde 2004, permiten monitorizar en tiempo real la "salud" de la circulación oceánica. Y, sin estos sensores, este debilitamiento habría pasado prácticamente desapercibido.

Por contra, España, pese a ser una potencia marítima y uno de los países europeos más vulnerables al cambio climático, no posee infraestructuras de vigilancia oceánica profunda comparables al país norteamericano. Y eso tampoco nos deja en buena posición a nivel internacional.

La AMOC no es una mera curiosidad científica, sino uno de los grandes reguladores climáticos de la Tierra. Funciona como una especie de sistema de calefacción gigantesco a nivel planetario: cuando las aguas cálidas viajan hacia el norte, se enfrían, aumentan su densidad y se hunden, regresando hacia el sur en profundidad. Este ciclo redistribuye el calor, nutrientes y carbono por todo el océano Atlántico.

El problema es que el calentamiento global ha alterado este mecanismo. El deshielo de Groenlandia y el aumento de las precipitaciones dan lugar a grandes cantidades de agua dulce en el Atlántico Norte, y esta agua dulce es menos densa y más difícil de hundir.

Algunos estudios ya sugieren que la AMOC podría perder entre un 40% y un 60% de su fuerza antes de finales de siglo si mantenemos las emisiones actuales, y las consecuencias serían drásticas.

Por un lado, Europa experimentaría alteraciones extremas tanto de temperatura como de precipitaciones; por otro lado, el norte del continente se enfriaría pese a sufrir un calentamiento global general, mientras que el sur sufriría sequías más intensas, tormentas atlánticas y alteraciones del nivel del mar especialmente en el este de Norteamérica.

Pero lo más inquietante del trabajo es la velocidad con la que se están produciendo estos hechos. Durante años se sugirió que los cambios serían lentos y progresivos, precisando incluso siglos.

Sin embargo, los sensores submarinos han mostrado variaciones drásticas en las últimas dos décadas. De ahí que muchos expertos ya hablen sobre "sistemas de alerta temprana" oceánicos, de la misma forma que los satélites vigilan los huracanes o los terremotos.

Como ya estamos viendo, el cambio climático no se combate con discursos o cumbres internacionales, sino mediante datos objetivos, mediciones, monitorización y comprensión de todo lo que ocurre en el planeta. Incluyendo todo lo que pueda ocurrir debajo del mar.