Imagen de archivo del neurocientífico David Eagleman.

Imagen de archivo del neurocientífico David Eagleman. Getty Images

Ciencia

David Eagleman, neurocientífico de 55 años: "Nada es tan difícil para el cerebro como otras personas"

Aunque la hiperconectividad inmediata forma parte del mundo actual, interactuar entre personas sigue siendo un desafío para nuestro cerebro.

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Las claves

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David Eagleman afirma que nada desafía más al cerebro humano que interactuar con otras personas, debido a la complejidad de las relaciones sociales.

El cerebro humano está diseñado para navegar entornos sociales ambiguos, interpretando intenciones, emociones y contextos cambiantes en tiempo real.

La teoría de la mente y la percepción social son procesos sofisticados, propensos al error, ya que cada cerebro construye simulaciones subjetivas de la realidad social.

Eagleman sostiene que la dificultad de las relaciones humanas es una característica evolutiva, y que la automatización tecnológica resalta aún más el valor de la conexión humana genuina.

En una época dominada por la inteligencia artificial, la hiperconectividad digital y la automatización de tareas cognitivas, el neurocientífico David Eagleman nos lanza una advertencia tan provocadora como reveladora: nada representa un desafío mayor para el cerebro humano que interactuar con otras personas.

Y esta afirmación, lejos de ser pura retórica, sintetiza uno de los mayores problemas de la neurociencia social de nuestros días: la extrema complejidad de las interacciones humanas.

Así lo ha sugerido en una extensa entrevista concedida recientemente, donde habla de diversos temas, incluyendo la voluntad en el cerebro, ejercicios para reconfigurarlo, cómo las redes sociales afectan a nuestro órgano pensante, los efectos de la IA en el cerebro, y por supuesto las dificultades a las que nos enfrentamos en las interacciones humanas.

Durante su intervención sobre por qué la conexión humana es más crítica que nunca, Eagleman subraya que el cerebro no está diseñado simplemente para procesar información objetiva, sino para navegar en entornos sociales profundamente ambiguos.

Mientras que resolver problemas matemáticos o técnicos implica reglas relativamente estables, comprender a otra persona exige interpretar intenciones, emociones, contextos y expectativas cambiantes en tiempo real.

Una conexión crítica

Este hecho tiene una base neurobiológica. Nuestro cerebro funciona como un sistema de predicción que constantemente interpreta señales sensoriales y las traduce en significados útiles para la conducta.

Sin embargo, cuando el objeto de interpretación es otro ser humano, esta incertidumbre se multiplica: no solo procesamos datos, sino que intentamos inferir estados mentales invisibles.

Este proceso, conocido como "teoría de la mente", es uno de los logros más sofisticados de la evolución cerebral, a la vez que es uno de los más propensos al error.

Sin embargo, como explica el neurocientífico, esta dificultad no es un fallo, sino una característica estructural del cerebro. Las personas son sistemas abiertos y dinámicos, no lineales.

A diferencia de una máquina o un algoritmo, cuyo comportamiento puede programarse, los seres humanos cambian constantemente en función del contexto, experiencias previas y factores internos como el estado emocional o la memoria.

De hecho, es bien sabido que la memoria y la percepción no son registros objetivos, sino que en realidad son reconstrucciones distribuidas en múltiples redes cerebrales. Por ello, cada interacción social está mediada por interpretaciones subjetivas, tanto propias como ajenas.

Precisamente por todos estos motivos las relaciones humanas son tan complejas. No solo es necesario comprender al otro, sino también entender cómo nuestro propio cerebro construye esta comprensión.

Eagleman apunta a una idea clave: creemos percibir la realidad social de forma directa, pero en esencia accedemos a una simulación generada por nuestro propio cerebro.

Y esta simulación está influida por sesgos, experiencias previas y expectativas, lo cual explica por qué los malentendidos son tan frecuentes incluso en relaciones cercanas.

Paradójicamente, en un mundo donde la tecnología ha facilitado hasta el extremo la resolución de tareas complejas, este desafío dentro de las interacciones humanas cada vez se ha vuelto más evidente.

La inteligencia artificial puede responder preguntas, generar contenido o resolver problemas lógicos con rapidez; sin embargo, está limitada en aspectos esenciales como la empatía, la intención o el significado contextual.

Como señala el propio Eagleman en sus reflexiones, la automatización podría incluso revalorizar la esencia humana, destacando la importancia del contacto directo y la experiencia compartida.

Pero, además, desde una perspectiva evolutiva, todo esto posee pleno sentido. El cerebro humano no evolucionó para optimizar cálculos abstractos, sino para sobrevivir en entornos sociales complejos.

La cooperación, competencia, comunicación y lectura de intenciones ajenas han sido presiones selectivas clave. A su vez, estas mismas capacidades son las que nos permitieron prosperar como especie, pero también las que hoy en día generan fricción, conflicto e incertidumbre en nuestro día a día.

Por tanto, el mensaje del neurocientífico es doble. Por un lado, nos invita a reconocer la dificultad inherente de las relaciones humanas como un fenómeno neurobiológico y no como un fallo del sistema. Por otro, sugiere que es precisamente por esta dificultad por lo que la conexión humana adquiere un valor aún mayor en la actualidad.

En un entorno donde muchas funciones cognitivas pueden externalizarse hacia la tecnología, aquello que permanece genuinamente humano es la capacidad de entendernos y relacionarnos con otros. Aún con su gran complejidad, exigencia y terrible imperfección.