Pocas imágenes resultan tan potentes como la de un organismo prosperando en uno de los lugares más contaminados del planeta. Eso es lo que vuelve tan fascinante a Cladosporium sphaerospermum, un hongo negro hallado en el entorno de Chernóbil que parece soportar la radiación mejor de lo esperable.
La historia lleva décadas intrigando a la ciencia. A finales de los años noventa, un equipo encabezado por la microbióloga Nelli Zhdanova documentó decenas de especies de hongos en la zona de exclusión y en áreas del reactor, muchas de ellas oscuras y ricas en melanina.
Entre todas destacó Cladosporium sphaerospermum, que apareció con fuerza en las muestras y mostró niveles elevados de contaminación radiactiva. El hallazgo disparó una pregunta tan extraña como sugerente: si la radiación daña a la mayoría de seres vivos, ¿por qué este organismo parecía desenvolverse tan bien?
Parte de la respuesta podría estar en la melanina, el pigmento oscuro que también existe en animales y humanos. En estos hongos no solo actuaría como escudo frente al daño, sino que quizá alteraría su comportamiento electrónico al recibir radiación ionizante.
Ese fue precisamente el eje de un trabajo muy citado de 2007 liderado por Ekaterina Dadachova y Arturo Casadevall. Sus experimentos mostraron que la radiación ionizante cambiaba las propiedades de la melanina y favorecía el crecimiento de varios hongos melanizados, entre ellos especies relacionadas con este fenómeno.
Un hongo sometido al espacio
A partir de ahí tomó forma una idea casi de ciencia ficción: la radiosíntesis. La hipótesis sostiene que ciertos hongos podrían aprovechar la radiación de una manera vagamente comparable a cómo las plantas usan la luz en la fotosíntesis, con la melanina como pieza central.
El problema es que una hipótesis llamativa no equivale a una demostración. Los propios investigadores que han revisado el campo insisten en que todavía no se ha probado una ruta metabólica clara capaz de convertir esa radiación en energía química utilizable.
Eso no significa que no ocurra nada interesante. Lo que sí está bien apoyado es que C. sphaerospermum tolera entornos hostiles y que su melanina parece desempeñar un papel relevante en esa resistencia, quizá amortiguando parte del daño asociado a la ionización.
El caso ganó aún más notoriedad cuando el hongo llegó al espacio. Un estudio publicado en 2022 describió su cultivo a bordo de la Estación Espacial Internacional y observó tanto un crecimiento superior al control terrestre como una ligera atenuación de radiación bajo la muestra.
Cultivo de Cladosporium
Universidad de Adelaide
Ese resultado abrió una vía muy concreta: usar biomateriales vivos o semivivos como escudo frente a la radiación en misiones espaciales largas. Aun así, los autores subrayaron que su trabajo no probaba radiosíntesis, sino un posible efecto protector con aplicaciones tecnológicas futuras.