La clave es que ese encogimiento no se detectó ayer. La NASA ya se dio cuenta de que algo pasaba en mayo de 2019, cuando un trabajo relacionó la contracción global con escarpes de falla relativamente jóvenes repartidos por la superficie lunar. Desde entonces, el fenómeno forma parte del consenso geológico lunar.
Lo verdaderamente nuevo llegó en enero de 2024, cuando otro estudio, difundido por la NASA, puso el foco en el polo sur lunar. Allí encontró evidencias de fallas y deformaciones en o cerca de algunas de las regiones candidatas para el aterrizaje de Artemis III.
Eso no significa que la agencia vaya a cancelar sus planes ni a rediseñarlos desde cero. Lo que sí dice la NASA es que la distribución de fallas jóvenes, su posible actividad y la estabilidad del terreno deben tenerse en cuenta al elegir ubicaciones de aterrizaje y futuros asentamientos permanentes.
El motivo de esa cautela son los llamados moonquakes, o terremotos lunares. Algunos pueden durar horas y, aunque la Luna no tenga tectónica de placas como la Tierra, esas sacudidas pueden movilizar regolito y favorecer deslizamientos en pendientes inestables, especialmente en el accidentado polo sur.
Podría afectar a estructuras
La amenaza no es que la Luna se encoja de repente, sino que ciertos sectores del terreno lunar podrían ser menos estables de lo que parecía. Para una misión tripulada, eso cambia bastante el cálculo de riesgos.
Su mensaje oficial es que estos resultados deben servir para evaluar la seguridad de las zonas candidatas, estudiar la estabilidad de laderas y pensar con más cuidado dónde colocar infraestructuras, instrumentos y, a largo plazo, hábitats.
Estos terremotos, de hecho, pueden alcanzan cinco grados en la escala de Richter. En realidad, la referencia procede de sismos registrados por la red Apollo hace décadas y reinterpretados en contexto lunar.
El polo sur sigue siendo prioritario porque concentra cráteres permanentemente sombreados donde podría haber hielo de agua, un recurso clave para futuras estancias humanas. Precisamente por ese interés estratégico, cualquier información sobre fallas, sacudidas y pendientes gana un peso enorme en la selección final del sitio.
La Luna no es una roca muerta y completamente quieta, sino un cuerpo que todavía conserva una historia tectónica activa a escala geológica. Y eso obliga a tratar su superficie con más respeto ingenieril.