Imagen del filósofo José Ortega y Gasset.

Imagen del filósofo José Ortega y Gasset.

Ciencia

José Ortega y Gasset, filósofo, sobre la felicidad: "Es la vida dedicada a ocupaciones para los que tienen singular vocación"

La felicidad no debería asociarse al éxito económico o a la acumulación de experiencias, como ya describió el conocido filósofo español.

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Las claves

Ortega y Gasset distingue la felicidad del placer inmediato o la acumulación de bienes y experiencias.

Para el filósofo, la verdadera felicidad consiste en dedicar la vida a actividades que responden a nuestra vocación o propósito.

La felicidad requiere coherencia entre el proyecto vital interno y la vida real, no depende de factores externos.

Ortega defiende que el bienestar auténtico implica esfuerzo, disciplina y sacrificio, y no necesariamente una vida cómoda.

En los tiempos que corren, se suele confundir la felicidad con el placer inmediato, la acumulación de dinero o bienes, o incluso la acumulación de experiencias, como ya nos dejan ver la ingente cantidad de publicaciones en redes sociales sobre viajes o vivencias de cualquier índole.

Sin embargo, este afán acumulativo no es, o al menos no debería ser, sinónimo de felicidad. Así lo explicó ya en su momento el conocido filósofo español José Ortega y Gasset, el cual proponía una idea muy distinta de felicidad.

Ya se está empezando a aceptar poco a poco también por parte de la sociedad hoy en día: el bienestar profundo no depende de las posesiones, sino de lo que hacemos con nuestra vida, día a día.

Ortega y Gasset entendía que nuestro bienestar, nuestra felicidad, precisa de una coherencia vital.

La búsqueda del propósito

No se trata de la búsqueda incesante de satisfacciones pasajeras, o "dopamina instantánea", como lo conocemos hoy en día, sino más bien de orientar nuestra vida hacia aquello para lo que cada persona está llamada.

Algo que hoy en día también se conoce por otro nombre, y que se asocia con una mayor esperanza de vida: propósito.

El filósofo afirmaba que la verdadera felicidad consistiría en dedicar la vida a aquello que responde a nuestra vocación, es decir, a las actividades que realmente encajan con lo más auténtico de nosotros mismos.

De hecho, Ortega formula esta idea de forma más directa en uno de sus textos: "Felicidad es la vida dedicada a ocupaciones para las cuales cada hombre tiene singular vocación".

Con esta frase, el filósofo expone que cada persona posee internamente una inclinación profunda hacia determinadas tareas o formas de vida, lo que él llama "vocación". No lo describe solo como una preferencia superficial, sino como una expresión de una energía interna o una energía vital.

Según explica en sus textos, el ser humano busca de forma natural aquello que puede llenarle plenamente, de forma consciente o inconsciente. Y, cuando esa energía encuentra un cauce adecuado, aparecería esa sensación de "plenitud", que en realidad sería la felicidad conforme la entiende el filósofo.

De hecho, Ortega insiste mucho en sus diversos textos sobre el rechazo al placer inmediato y a la necesidad de que exista cierto esfuerzo, disciplina e incluso sacrificio para sentir la felicidad.

Para él, lo importante no es que la vida sea fácil, sino que tenga una dirección hacia aquello que sintamos como propio. En sus textos, Ortega lo expresa también con otra idea: La vida feliz es aquella que se dedica a una actividad por la que uno incluso sería capaz de morir, porque le da sentido a la existencia.

Y, en ese sentido, la felicidad no sería sinónimo de comodidad; una vida cómoda pero alejada de la vocación llegaría a ser significativamente insatisfactoria.

Asimismo, otra de las ideas que comenta mucho el filósofo es la necesidad de coherencia entre proyecto vital y vida real. Ortega sugiere que cada persona posee una especie de "programa vital", una forma de vida que responde a su carácter, talento y circunstancias.

Si nuestra vida (real) coincide con ese programa interior, es cuando se alcanza esa sensación de plenitud o felicidad. Sin embargo, si nos alejamos de esta vocación, ya sea por presión social, miedo o inercia, es cuando aparecería el malestar.

La felicidad no dependería de factores externos, sino de encajar con uno mismo.

Así pues, como conclusión, cabe destacar que la idea de felicidad que ya tenía Ortega y Gasset en sus días se alejaría del optimismo superficial y, de hecho, no promete una vida sin dificultad ni un bienestar constante.

Lo que promete, por contra, es ser exigentes: buscar vocación y orientar nuestra vida hacia ella. Si se logra hacer coincidir lo que somos y lo que hacemos, es cuando aparecería la felicidad.