Robert G. Endres, biólogo del Imperial College de Londres.

Robert G. Endres, biólogo del Imperial College de Londres.

Ciencia

Robert Endres, biólogo, reabre el debate sobre el origen de la vida en la Tierra: "Pudo traerla una civilización extraterrestre"

La forma y la velocidad a la que los materiales se encadenaron para dar lugar a la vida no permiten excluir las hipótesis más arriesgadas.

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Las claves

El biólogo Robert Endres propone que la vida en la Tierra pudo originarse mediante una 'siembra' deliberada por parte de una civilización extraterrestre, en lugar de la abiogénesis clásica.

Endres utiliza modelos matemáticos basados en teoría de la información para argumentar que la formación de sistemas biológicos estables desde moléculas orgánicas es extremadamente improbable sin algún 'atajo'.

El debate incluye evidencias de vida microbiana muy temprana en la Tierra y la hipótesis de la 'panspermia dirigida', que sugiere la llegada intencionada de vida desde el espacio.

Aunque la hipótesis es especulativa, Endres sugiere que futuras herramientas como la inteligencia artificial podrían ayudar a explorar los orígenes de la vida en la Tierra.

La Tierra no tuvo un 'día uno' tranquilo. Nació hace unos 4.500 millones de años, pasó por una infancia de magma, impactos y océanos recién estrenados, y —en algún punto de esa turbulencia— apareció algo radical: sistemas capaces de copiarse, alimentarse, evolucionar. Ese salto, el de la química a la biología de la vida, es uno de los grandes agujeros negros del conocimiento.

Y precisamente ahí es donde Robert G. Endres, biólogo teórico en el Imperial College London, ha decidido formular una provocación incómoda: quizá la vida no arrancó aquí por pura abiogénesis (a partir de materia inorgánica inerte), sino por una 'siembra' deliberada desde fuera. En su lectura, explica, algunos escenarios no terminan de cuadrar con el reloj geológico.

Endres expone su argumento en un trabajo en arXiv, titulado La inverosímil probabilidad de existencia: origen de la vida, terraformación e IA. Su enfoque es un intento de ponerle matemática al cuello de botella: cuánta "información" funcional —en el sentido de estructura, organización y capacidad de mantenerse— debe ensamblarse para que exista algo parecido a una protocélula antes de que la evolución darwiniana haga el resto.

En su marco, inspirado en teoría de la información y complejidad algorítmica, el problema no es solo fabricar moléculas orgánicas —eso parece relativamente accesible—, sino lograr que ese cóctel se convierta en un sistema estable, con partes que cooperen y no se deshagan a la primera.

El disparador es el calendario. Por un lado, hay evidencias de vida microbiana muy temprana: estructuras y microfósiles que algunos estudios sitúan en torno a 3.770 millones de años (con debates sobre la interpretación y la edad exacta del material), asociados a ambientes de ventilas hidrotermales, un escenario clásico en las hipótesis de origen de la vida.

Por otro, el registro de señales "posiblemente biogénicas" empuja aún más atrás: un estudio describió grafito atrapado en un zircón de 4,1 miles de millones de años con una firma isotópica que podría encajar con procesos biológicos. No obstante el tema, como casi todo en el Hádico, vive entre matices y cautelas.

Esa combinación —vida apareciendo relativamente pronto en un planeta joven— suele usarse como munición a favor de la abiogénesis: si ocurrió rápido aquí, quizá no sea tan improbable en términos cósmicos.

Endres le da la vuelta: sugiere que, si ciertos pasos químicos clave son frágiles y se degradan con rapidez, el sistema necesitaría "encadenar" aciertos a una velocidad que, en sus estimaciones, resulta difícil de sostener sin algún tipo de atajo. Sería el caso de una transición catalítica especialmente eficiente o condiciones extraordinariamente favorables.

Cuando esos atajos no bastan en sus modelos, abre la puerta a otra idea: la panspermia dirigida.

De la abiogénesis a la siembra

La expresión no es suya. Uno de los codescubridores de la estructura del ADN, Francis Crick, y el químico Leslie Orgel publicaron en 1973 un artículo donde planteaban, como posibilidad, que una civilización avanzada pudiera dispersar vida —o “paquetes” biológicos— hacia planetas habitables. Es una hipótesis para un problema que, medio siglo después, sigue sin solución.

Endres la rescata con un matiz clave. Reconoce que choca con la navaja de Occam (principio que sugiere la explicación más sencilla suele ser la acertada) dentro de la ciencia "mainstream", pero la define como una alternativa especulativa que, lógicamente, no está cerrada.

Aquí es donde conviene separar lo que suena a ciencia ficción de lo que realmente se discute en laboratorios y artículos. La comunidad que investiga abiogénesis no está esperando a que aterrice un platillo volante para rendirse: trabaja, precisamente, en reconstruir escalones plausibles entre química prebiótica y sistemas replicadores.

Un ejemplo claro es el marco del mundo de ARN, que pudo actuar a la vez como almacén de información y como catalizador (ribozimas) antes de que ADN y proteínas dominasen el panorama. Revisiones modernas subrayan que hay indicios sólidos de un episodio ARN en la historia temprana, aunque el arranque exacto siga abierto.

Que la vida viniera de fuera no implica necesariamente civilizaciones inteligentes. Meteoritos y cometas transportan moléculas orgánicas, como prueban décadas de análisis de materiales extraterrestres. La pregunta científica interesante es otra: si esos ladrillos pueden sobrevivir, concentrarse y organizarse en entornos planetarios hasta cruzar el umbral de lo vivo. La panspermia dirigida, en cambio, añade intención y tecnología.

¿Se puede poner a prueba una hipótesis así? Endres es prudente: menciona incluso la posibilidad de que herramientas computacionales, incluida la IA, ayuden a "retroceder" desde la vida actual hacia condiciones iniciales. Pero también asume la dificultad: la biología temprana no dejó un manual, y buena parte de las huellas químicas se han reciclado por la tectónica y la metamorfosis del planeta.