El neurocientífico Rodrigo Quian Quiroga.

El neurocientífico Rodrigo Quian Quiroga. Cedida

Ciencia

Quian Quiroga, neurocientífico: "Memorizar demasiado atenta contra la inteligencia, te detiene en detalles irrelevantes"

"Una máquina puede ser muy efectiva en funciones muy específicas, pero sólo los humanos poseen inteligencia general"; "Percibimos muy poco y rellenamos el resto de la información dándole nuestra interpretación"; "Tendemos a juzgar que alguien es inteligente porque repite muchas cosas de memoria"; "La memoria se pierde cuando dejas de hacer cosas".

Más información: Nazareth Castellanos, la sabia de la neurociencia: "Tu cerebro necesita microdescansos, cerrar los ojos dos minutos y respirar"

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Cuenta Rodrigo Quian Quiroga (Buenos Aires, 1967) que un día se cansó de que siempre le entrevistasen por su principal descubrimiento: las 'neuronas Jennifer Aniston', una constelación de células cerebrales tan hiperespecializadas que sólo se activan con la imagen o el nombre de la actriz. Así que propuso un juego: él fingiría que era un androide, y los demás, con sus preguntas, deberían desenmascararle como humano.

"Un test de Turing a la inversa", explica el neurocientífico y profesor ICREA en el Instituto de Investigación del Hospital del Mar de Barcelona . Con cada respuesta, Quian Quiroga demostraba que, al igual que con las I.A. que usamos a diario, la capacidad de razonar ya no diferencia a la inteligencia humana de la máquina. Hasta que hicieron sonar la música de su compositor favorito, y su emoción traicionó su verdadera naturaleza.

Estas 'diferencias fundamentales' que persisten entre nuestro cerebro y la tecnología son la materia de su último libro, La máquina del olvido. La capacidad para olvidar es prácticamente la función principal de nuestra mente, revela. Pero al contrario que la memoria digital que todo lo almacena, somos capaces de amplificar y seguir creando a partir de recuerdos que conservamos.

La I.A. ya genera imágenes ficticias indistinguibles de las reales, y eso nos genera ansiedad. ¿Pero no opera nuestro cerebro de forma similar, 'fabricando' a partir de datos imágenes que solo son reales para nosotros?

Me sale contestar con la frase de Morfeo en Matrix: '¿Qué es real?'. La pregunta de si existe la realidad es filosófica. Kant ya hablaba de neurociencia cuando decía que no tenemos acceso a la realidad exterior, a la cosa en sí misma, sino solo a nuestra percepción de la cosa.

Sin embargo, seguimos obsesionados por discernir la imagen creada por I.A. de la real. Antes contábamos las manos, ahora buscamos indicios sutiles, incoherencias...

A mi no me sorprende este avance tecnológico. Hace 10 años era imposible concebir un robot que saltase, o una computadora que le ganase al ajedrez a un gran maestro. Pero el tema es el siguiente. Tú puedes programar a las máquinas para que sean muy efectivas en funciones muy específicas. Pero el cerebro humano va mucho más allá.

Un maestro no es simplemente muy bueno jugando al ajedrez, sino que es capaz de aplicar lo que ha aprendido a otras facetas de su vida: una teoría científica, un trabajo... Somos capaces de transferir conocimiento de un área a otra. Eso se llama inteligencia general, es algo innato en el ser humano, y hasta donde yo sé, la inteligencia artificial todavía no lo han desarrollado.

El neurocientífico Antonio Damasio nos decía que no basta con replicar la inteligencia humana: para desarrollar conciencia, una máquina debería crearse un cuerpo.

No sé si coincido con Damasio en esto. Tenemos una conciencia de nosotros mismos, la propiocepción, que nos viene de los cinco sentidos. Pero una cámara digital procesa la información óptica, los micrófonos registran sonidos, los sensores químicos captan algo parecido al olfato o al gusto, los sensores de presión imitan al tacto... Esto diferencia la inteligencia humana de la artificial, pero no lo veo imprescindible para la conciencia.

En ese sentido, argumentaba que una máquina jamás podría asumir un comportamiento ético sin haber sentido primero dolor, y por extensión, haber desarrollado empatía.

Pero, de nuevo, eso es una pregunta filosófica: ¿de dónde sale la ética? ¿Del hecho de que la mayoría se haya puesto de acuerdo en que la minoría no nos domine al resto por la fuerza? Mi impresión es que la empatía o la ética se empiezan a dar como un sistema de autodefensa. La sociedad las usa para preservarse, porque si no, es la ley de la selva.

Otra diferencia entre la inteligencia artificial y la humana es la manera de fijar memorias: nuestro cerebro se especializa en seleccionar y borrar información.

Sí, una cámara fotográfica, por ejemplo, representa la información de lo que está fuera para reproducirla como foto. Pero cuando usas tu ojo para percibir, tu corteza visual, el área encargada del procesamiento primario de la visión, te representa tu percepción de lo que está fuera. Y ahí volvemos a Kant: no vemos la realidad sino nuestra idea subjetiva de lo real.

En realidad, lo que percibimos es muy poco. Son pequeños puntos del espacio exterior, y a partir de ellos rellenamos el resto de la información dándole nuestra interpretación. Por supuesto que está relacionada con la realidad de que vemos, pero esencialmente es un proceso constructivo generado por el cerebro.

Existe la percepción de que las redes sociales se han vuelto extremadamente hábiles para capturar nuestra atención, con vídeos cortos que enganchan unos tras otros.

Así es, creo que se nos está volviendo insoportable sentarnos a leer un libro o concentrarnos en ver una película sin estar mirando el móvil. Somos adictos al cambio constante, a la novedad, si el vídeo dura un minuto ya nos parece una eternidad, tiene que durar 10 segundos... Eso nos impide tratar las cosas con profundidad.

Esto comenzó con la MTV, una cultura de cambios constantes e imágenes breves. Yo digo que a veces hay que sentarse a ver entera una película de Tarkovski. Yo me acuerdo que de chico leía a Nietzsche y no me dejaba pasar la página, me quedaba mirando al aire pensando en lo que acababa de leer. Es bueno tomarse tiempo para procesar las cosas y desarrollarlas en la cabeza.

El profesor Rodrigo Quián Quiroga.

El profesor Rodrigo Quián Quiroga.

Uno de los problemas que se han encontrado los educadores es que la capacidad de atención en las aulas se está reduciendo curso tras curso.

Es un gran desafío. Los chicos están creciendo bajo esta adicción al cambio constante, les hace más difícil quedarse concentrados. Pero no creo que sea imposible. Si los educadores somos capaces de contarles bien una historia, los atrapamos. Aunque hay que admitir que se está volviendo más difícil.

¿Hay que revalorizar aspectos de la enseñanza tradicional, como la memorización de algunos temarios o fórmulas?

Yo tengo mucho cuidado al hablar de memorización. Muchas veces tendemos a confundir la capacidad de memorizar con la inteligencia. Y tendemos a juzgar que alguien es inteligente porque repite muchas cosas de memoria. Pero yo creo que memorizar demasiado atenta contra la inteligencia, porque te empiezas a detener en detalles que son irrelevantes.

A veces te conviene olvidar ciertas cosas para poder concentrarte en lo esencial. El título de mi libro es La máquina del olvido porque creo que algo que caracteriza el funcionamiento del cerebro humano es cuánto olvidamos. ¿Por qué tanto? Porque nos queremos concentrar en las cosas más importantes para poder asociarlas, conceptuarlas y reflexionar sobre ellas de alguna manera.

Es cierto que si no memorizas nada estás en una tábula rasa y no puedes ni pensar. Pero más que memorizar cosas una atrás de otra, a mí me parece mucho más interesante relacionarlas y ponerlas en contexto, contrastarlas unas contra otra. Eso te genera un aprendizaje y una capacidad de entendimiento mucho más elevada.

Es el ejemplo que da en el libro de Funes el memorioso: el personaje de Borges que, al tener una memoria absoluta, se quedaba bloqueado sin poder actuar.

Borges decía que Funes estaba abarrotado de detalles. Cuando yo te quiero contar una cosa, te digo: 'voy a ir al grano'. Quiere decir que estoy dejando un montón de detalles de lado a propósito, porque me quiero concentrar en lo esencial.

¿Olvidar no es solo una necesidad cognitiva, sino emocional? ¿Ir quedándonos con los buenos recuerdos para gozar de bienestar a medida que envejecemos?

Yo ahí también tengo una visión un poco distinta, porque considero que es bueno recordar las cosas malas. Te ayuda a no repetir los mismos errores. ¡De lo contrario, te divorcias y te casas de nuevo con la misma mujer infinitas veces! Es positivo que esos recuerdos malos te ayuden a progresar y no meter la pata de nuevo.

Efectivamente, en ese sentido, la incapacidad de fijar un aprendizaje a partir de experiencias negativas se relaciona con problemas neurocognitivos.

Creo que lo que nos hace ser cómo somos no son sólo nuestros aciertos, sino también tus errores. Lo que termina pasando es que recuerdas las cosas que de alguna manera te siguen resultando relevantes con el tiempo. Y las que olvidas son las que ya no te sirven, no te interesan y no las recapitulas porque ya no forman parte de ti.

Somos una sociedad obsesionada por la memoria porque cada vez vivimos más y tenemos más casos de alzhéimer. ¿Pero no estaremos excesivamente preocupados por el olvido?

Obviamente el alzhéimer, especialmente el temprano, es un problema gravísimo. Ahora, a mí no me molesta no acordarme de cosas si es por que me estoy concentrando en otras. Habrá cosas que te dejarán de interesar porque vas evolucionando, porque tengo otras responsabilidades y no puedo atender a todos los detalles como cuando era un estudiante.

A veces la memoria se empieza a perder simplemente porque dejas de hacer cosas. Ponte en que yo me retiro, dejo de ir a trabajar y termino sin apenas poderte decir nada. Se habrá deformado porque la dejé de ejercitar, dejé de leer artículos científicos, de ir a congresos, de discutir ideas con colegas... Cuando te retires, empieza a hacer cosas nuevas, no te quedes en el sofá leyendo el diario.