El matemático Mark Glickman.

El matemático Mark Glickman.

Ciencia

Mark, matemático de Harvard, sobre ganar Euromillones: "No juegues números con fechas importantes, reduce el premio"

La estadística demuestra que determinadas prácticas no cambian la suerte, pero sí aumentan de forma notable las posibilidades de tener que compartir el premio con otros ganadores.

Más información: Edvin, matemático, sobre cómo ganar en Euromillones: "Usar el patrón de números par-impar aumenta las posibilidades"

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Las claves

Mark Glickman, profesor de Harvard, recomienda evitar elegir números de fechas importantes al jugar al Euromillones, ya que aumenta la probabilidad de compartir el premio.

Las probabilidades de ganar el Euromillones son extremadamente bajas y no existen patrones ni métodos predictivos; cada sorteo es completamente aleatorio.

Glickman aconseja seleccionar números al azar y no dejarse llevar por hábitos populares como elegir cumpleaños o secuencias recientes.

El matemático destaca que la única forma real de aumentar las probabilidades es comprando más boletos, pero insiste en que la lotería no debe verse como una inversión racional.

Para millones de jugadores, el Euromillones es una rutina cargada de ilusión y azar. Para Mark Glickman, profesor de estadística en la Universidad de Harvard, es un escenario donde la matemática choca con los hábitos humanos. Antes de que giren las bolas, sostiene, muchos ya han cometido su primer error estratégico.

Tal como ha explicado Glickman en declaraciones recogidas por CBS News, el problema no es jugar, sino cómo se eligen los números. “Nunca juego números de fechas célebres”, advierte, porque ese gesto aparentemente inocente “reduce la cuantía del premio” al aumentar la probabilidad de tener que repartirlo con otros acertantes.

La reflexión nace en el contexto de Mega Millions, uno de los sorteos más populares de Estados Unidos, equivalente a nuestro Euromillones. Aunque cambian los nombres, las reglas o las combinaciones, no lo hace la lógica matemática ni la psicología colectiva. Como apunta el profesor, en escenarios de probabilidad extrema cualquier sesgo humano, por pequeño que parezca, acaba teniendo consecuencias reales.

Con probabilidades que rondan una entre 140 millones en el Euromillones, o una entre 302 millones en Mega Millions, acertar el premio máximo es un evento casi milagroso. Glickman insiste en que no existe método predictivo alguno. “No hay ningún patrón”, subraya. “Es completamente aleatorio”, recuerda al desmontar creencias muy extendidas entre los jugadores.

Uno de los riesgos que señala es el que aparece después del acierto. Compartir el bote es el gran enemigo del ganador solitario. “La gente suele elegir cumpleaños o edades de sus hijos”, explica Glickman, y eso hace que “haya más posibilidades de que varias personas tengan los mismos números”. Matemáticamente, todos valen lo mismo; socialmente, no.

Cuando el azar se convierte en un fenómeno de masas

La advertencia cobra dimensión cuando se observa el peso económico del fenómeno. Por ejemplo, en Estados Unidos, la industria de la lotería en Estados Unidos mueve en torno a 90.000 millones de dólares anuales. Cerca del 50% de los adultos juega cada año y el gasto medio se sitúa alrededor de los 200 dólares por persona.

Ese carácter masivo explica por qué los comportamientos se repiten. Glickman recuerda que los jugadores buscan lógica donde no la hay. Números “calientes”, “fríos” o secuencias recientes forman parte de una narrativa tranquilizadora. “He visto de todo”, señala, pero insiste en que esos consejos “son técnicamente ciertos pero inútiles, o directamente falsos”.

Desde el punto de vista estadístico, cada sorteo es independiente del anterior. Estudiar resultados pasados no ofrece ventaja alguna. “No se puede jugar contra el sistema”, afirma Glickman. Pensar que el azar tiene memoria es una ilusión persistente que la ciencia lleva décadas desmontando sin demasiado éxito popular.

Por esa razón, el profesor recomienda apostar por la selección automática de números. “Deberías elegir números completamente aleatorios, sin ningún patrón”, señala. “Nada de cumpleaños que tengan un significado especial, porque es muy probable que otras personas hagan las mismas elecciones”, insiste en sus declaraciones a CBS News.

Aplicado al Euromillones, el consejo pasa por elegir números por encima del 31 no mejora la probabilidad de ganar, pero sí reduce el riesgo de compartir el premio. La matemática no recompensa la intuición ni la estética, sino la singularidad estadística dentro de un océano de apuestas similares.

Pese a su conocimiento, Glickman no presenta la lotería como una inversión racional. “La única forma de aumentar realmente las probabilidades es comprar más boletos”, admite. “Cuantos más juegas, más oportunidades tienes”, explica, aunque subraya que ese aumento es marginal y nunca convierte el juego en una estrategia financiera sensata.

El propio estadístico reconoce que solo participa cuando los botes alcanzan cifras descomunales. “Juego cuando el premio llega a niveles de vértigo”, confiesa, porque entonces puede permitirse fantasear con el impacto vital del dinero. Aun así, mantiene una distancia clara entre entretenimiento y planificación económica.

En este sentido, Glickman lanza una advertencia contundente. “Nunca vas a lograr una cantidad de dinero que te cambie la vida jugando a loterías pequeñas”, afirma. La desproporción entre probabilidad y recompensa solo se compensa, en su opinión, cuando el premio es extraordinario y el gasto está controlado.

La persistencia de la lotería demuestra que el impulso es universal. España y Estados Unidos comparten la misma fe estadística disfrazada de ritual. Como recuerda el matemático de Harvard, entender la psicología del jugador es tan importante como aceptar la crudeza de los números cuando se deposita el boleto.

En última instancia, la estadística no promete riqueza, sino claridad. Jugar es una decisión personal, pero elegir mal añade una desventaja innecesaria. “No se puede vencer al azar”, resume Glickman, “pero sí se puede evitar jugar de la manera más concurrida”. Esa, quizá, sea la única ventaja posible.