Elsa Punset, filósofa.

Elsa Punset, filósofa. Cedida

Ciencia

Elsa Punset (62), filósofa, sobre la felicidad : "Tengo 100.000 amigos en Facebook pero ninguno me abraza 6 segundos"

Esta experta considera que la felicidad se trabaja todos los días, buscando vivir con un propósito y acorde a ciertos valores personales.

Más información: Noam Chomsky (98 años), filósofo, sobre la felicidad: "Dejé de pensar en mi muerte a los 12 años, dejó de molestarme"

J. Rodríguez
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Las claves

Elsa Punset plantea la felicidad como un oficio diario que se aprende y se vive en relación con los demás, no como un estado mágico.

Destaca la importancia de la plasticidad cerebral y el entrenamiento mental para cambiar hábitos y patrones emocionales.

Advierte sobre los riesgos de la soledad en la era digital, señalando que la conexión virtual no reemplaza el contacto humano real.

Propone cuidar la mente con rutinas diarias, al igual que cuidamos el cuerpo, e insiste en la necesidad de repartir emociones positivas y mejorar la convivencia social.

En su charla acerca de El mundo en tus manos, Elsa Punset plantea la felicidad menos como un estado "mágico" y más como un oficio cotidiano. Algo que se aprende, se entrena y, sobre todo, se vive con otros. Lo deja claro desde el principio, cuando recuerda que "nuestras emociones dictan cómo resolvemos problemas, cómo nos relacionamos con los demás, cómo creamos, descubrimos, amamos, odiamos". En esa frase cabe una idea potente: la felicidad no es un adorno, sino el "sistema operativo" con el que interpretamos el mundo y actuamos en él.

Punset insiste en que el cuerpo no es un bloque fijo, sino un proceso: "Nuestro cuerpo está en constante proceso dinámico, no solo lo alimentamos con lo que comemos, sino con lo que pensamos, lo que oímos y lo que sentimos". La neurociencia, sin necesidad de convertirlo en eslogan, le da bastante la razón cuando muestra que el cerebro cambia con el aprendizaje y la experiencia. Hay estudios de imagen cerebral donde entrenar una habilidad —por ejemplo, aprender malabares— se asocia con cambios medibles en materia gris. Y el famoso caso de los taxistas de Londres, que pasan años memorizando rutas, también se vinculó a diferencias estructurales en el hipocampo. No es que "pienses feliz" y, por arte de magia, se arregle todo; es que la plasticidad existe y la práctica deja huella.

Esa plasticidad es el puente que Punset usa para hablar de propósito. "¿Quién eres, qué te hace distinto para que tu vida tenga propósito o sentido? Tienes que vivir de acuerdo a tus pasiones, tus valores y tus habilidades". Lo aterriza con una pregunta casi infantil por su sencillez: "¿Qué es lo que tú haces muy bien?". Dibujar, hacer pasteles, jugar. Da igual el ejemplo: la idea es que la felicidad necesita anclajes, y uno de ellos es sentir competencia y sentido de dirección. No se trata de tener una "vocación única" como destino, sino de cultivar aquello que te da energía y coherencia.

Otro anclaje, para ella, es la emoción compartida. "Tenemos una gran capacidad para contagiar emociones. Así que, si puedes elegir, reparte emociones positivas". Esta intuición conecta con una línea de investigación amplia sobre contagio emocional: desde trabajos clásicos en psicología social hasta estudios contemporáneos en redes digitales. Incluso se publicó un experimento a gran escala en Facebook que sugirió que la exposición a contenidos más positivos o más negativos podrían influir en el tono emocional de lo que luego expresaban los usuarios.

Esta escritora y filósofa enmarca todo esto en un momento histórico concreto. Dice que estamos "metidos de lleno en una revolución tecnológica" comparable, por impacto, a la agricultura o a la Revolución Industrial. Y remata con un dato que se entiende de golpe: el tiempo que tarda una innovación en llegar masivamente se ha ido desplomando (electricidad, teléfono, radio, televisión, ordenador, móvil, internet). Con esa aceleración, sostiene, "se acabó el tiempo de los ciudadanos pasivos" y llega un "empoderamiento del individuo". Aquí introduce su giro: no basta con inteligencia emocional; quiere “pasar de lo emocional a lo social” para comprender cómo nos impactan los demás y "convivir mejor" en un mundo interdependiente.

Entrenar la mente

En esa convivencia, la primera "herramienta" es entrenar la mente. Ella lo dice sin rodeos: "Vivimos de espaldas a nuestra mente… sigue siendo la Cenicienta". Y propone una metáfora bastante útil: "Imagina que tu cerebro es una montaña, si bajas muchas veces crearás algunos senderos. Necesitas hacer un esfuerzo deliberado para crear nuevos caminos". Es una forma divulgativa de explicar por qué tendemos a automatismos, por qué repetimos patrones, y por qué cambiar cuesta. No es solo voluntad: es inercia neuronal y conductual. Por eso sugiere un ritual concreto, casi como un examen amable al final del día: "¿Cuánto ejercicio vital he hecho hoy?, ¿qué he aprendido, qué he desaprendido, qué he creado, imaginado…? Porque si haces siempre lo mismo, nada cambiará".

El segundo gran eje es recuperar la capacidad de decidir —también moral y social— entendiendo qué nos hace felices o infelices "o te dejas llevar". Y aquí entra su diagnóstico más incómodo: la soledad. En su capítulo del "mundo hiperconectado" suelta una imagen que duele porque cualquiera la reconoce: "Tengo 100.000 amigos en Facebook pero ninguno me puede dar un abrazo de seis segundos". No es una batalla contra la tecnología; es una alerta sobre el vacío que deja el contacto humano cuando no está. La evidencia científica, de hecho, lleva años señalando que el aislamiento social y la soledad se asocian con mayor riesgo de mortalidad, en meta-análisis muy citados.

La filósofa lo expresa en lenguaje llano ("la soledad mata tanto como el tabaco") y añade otra capa: "El estrés emocional causa estrés físico". Y ese impacto puede llegar "a lo genético y físico". Por otro lado, para ilustrar el coste del rechazo, menciona el VIH en los 80 y el peso de vivir con miedo. Cuando el estigma y la amenaza social sostenida pueden convertirse en carga fisiológica.

Y luego está internet, que Punset trata con ambivalencia: sirve, conecta, abre puertas… pero también desinhibe lo peor. "Cuando los humanos no miramos físicamente al otro no funciona la empatía, las palabras pueden dañar tanto como un puñetazo". Lo cierto es que en entornos digitales, factores como anonimato, invisibilidad y distancia pueden facilitar conductas que muchas personas evitarían cara a cara. La solución que ella propone no es desconectarse del mundo, sino aprender a comunicarnos sin dañarnos, incluso cuando la pantalla "apaga" señales humanas básicas.

El final de su charla vuelve a la felicidad como energía y mantenimiento: "Tenemos que aprender que nuestra mente necesita cuidados y nuestro cuerpo necesita cuidados, no es como si hiciésemos carreteras y luego nunca las mantuviésemos". De ahí su "escalera de energía vital": dormir bien, mejorar atención, gestionar tristeza, entrenarse en positivo, ser asertivo, entender la ira. Y lanza una comparación interesante: en los años 50 hacer ejercicio era raro fuera del deporte; ahora sabemos que el cuerpo lo agradece. Con la mente, sugiere, estamos entrando en ese mismo cambio cultural.