Estos círculos tardan nueve días en construirse.

Estos círculos tardan nueve días en construirse.

Ciencia

El gran misterio de los círculos submarinos gigantes: descubren la inquietante verdad tras años de investigaciones

Durante años, alrededor de la isla de Amami Ōshima, al suroeste de Japón, buceadores y fotógrafos se toparon con estos dibujos gigantescos sin una explicación clara.

Más información: El misterio de la zona más longeva de España: está llena de centenarios y los investigadores no averiguan el porqué

Publicada

Las claves

Durante años, misteriosos círculos gigantes con patrones complejos aparecieron en el fondo marino cerca de la isla Amami Ōshima, Japón, sin explicación clara.

La responsable de estas estructuras es una pequeña especie de pez globo del género Torquigener, que construye círculos de hasta dos metros de diámetro para atraer a las hembras y facilitar el desove.

Los machos invierten días en esculpir y decorar los nidos, utilizando solo su cuerpo y preferencia por arena fina, un comportamiento que implica tanto señales visuales como adaptación física al entorno marino.

Estudios recientes han modelado estas formaciones en 3D y han identificado comportamientos similares en otras regiones, como el noroeste de Australia, sugiriendo que este fenómeno es más común de lo que se pensaba.

A unos 20 o 30 metros bajo la superficie, cuando la luz ya no es “azul postal” sino un foco suave y boroso, el fondo marino puede parecer un desierto quieto. Y, de pronto, aparece algo que no debería estar ahí: un círculo perfecto, enorme, con crestas y surcos como los radios de una rueda, una especie de mandala tallado en arena.

Durante años, alrededor de la isla de Amami Ōshima, al suroeste de Japón, buceadores y fotógrafos se toparon con estos dibujos gigantescos sin una explicación clara.

Parecían demasiado ordenados para ser casualidad y demasiado frágiles para durar: una obra de arte hecha con granos de arena en un lugar donde manda la corriente.

La historia esconde a un pequeño y escurridizo protagonista: el “arquitecto” no es un coral, ni una máquina, ni una criatura descomunal. Es un pez globo pequeño, de unos 10 centímetros, del género Torquigener (en muchos trabajos se identifica como el pez globo moteado Torquigener albomaculosus).

Un animal que, por tamaño, cabría en la palma de una mano, pero que fabrica estructuras de alrededor de dos metros de diámetro: proporcionalmente, como si una persona levantara un estadio con una cuchara.

Lo que ha sido una "década de misterio" empieza a tomar forma en cuanto se entiende el calendario: cada temporada reproductiva, los machos invierten días en esculpir el terreno.

Primero marcan un contorno, luego excavan zanjas profundas en el anillo exterior —docenas de surcos radiales— y, por último, dibujan un patrón más laberíntico en la zona central, donde ocurrirá lo importante.

Ese trabajo no se hace de una tacada: suele llevar cerca de una semana, a veces algo más, y requiere mantenimiento constante para que los bordes no se deshagan.

¿Cómo lo hacen? No hay herramientas, salvo su propio cuerpo. El pez se pega al fondo, agita a toda velocidad las aletas pectorales y caudal, y va “peinando” la arena en líneas sorprendentemente rectas.

En un estudio que analizó con detalle la construcción del anillo exterior, los investigadores registraron trayectorias de excavación y describieron reglas de trabajo bastante simples: entrar desde posiciones concretas, avanzar en línea, repetir, corregir, y volver a repetir. Ese conjunto de instrucciones mínimas —casi como un algoritmo— termina generando una geometría compleja.

El círculo, además, no es solo forma: es señal. Cuando la estructura está lista, las hembras visitan varios “nidos” y comparan. La elección no se basa únicamente en el tamaño; hay pistas finas, como la textura del sedimento.

De hecho hay una preferencia por la arena más fina, que suele concentrarse en el centro. Esa arena delicada es, a la vez, una promesa (un buen lugar para depositar huevos) y un reloj: es lo primero que se degrada, así que el macho no puede reciclar su obra indefinidamente.

Decoración de conchas

La ciencia ha ido siguiendo el proceso casi día a día. Un trabajo publicado en Fishes (MDPI) describe etapas tempranas que, vistas de cerca, rompen la fantasía de "perfección instantánea": al principio hay decenas de depresiones irregulares en un área pequeña; más tarde emerge el círculo primitivo; y, con el paso de los días, crecen las crestas, se ordenan los valles y aparece el patrón central.

Antes del desove, el macho llega incluso a decorar picos radiales con fragmentos de concha o coral. Luego ocurre la puesta en el centro y el macho se queda a cuidar los huevos hasta la eclosión, un comportamiento paterno poco común en su grupo.

Hay otra capa fascinante: la física. Un nido en el mar no solo debe “gustar”, también debe funcionar. La estructura puede modificar el flujo de agua a ras del fondo, amortiguar pequeñas turbulencias y favorecer que ciertos granos (los más finos) queden donde conviene.

Esa idea aparece tanto en la discusión general sobre por qué el círculo sería útil como en trabajos que modelan el comportamiento del agua y el sedimento alrededor del diseño. No es magia: es ingeniería biológica hecha a base de repetición, ensayo y error evolutivo.

En 2022, un equipo dio un salto técnico llamativo: reconstruyó por primera vez un modelo 3D de estos círculos usando fotogrametría (un enfoque de “structure from motion”). Además de permitir medir el relieve con precisión, ese trabajo plantea algo que suena a ciencia aplicada: estas formas podrían inspirar biomimética, igual que se estudian termiteros o madrigueras para diseñar sistemas humanos más eficientes.

En el mismo artículo se menciona que el desove sigue ciclos semilunares de primavera a verano, y que cada macho puede aparearse con múltiples hembras en su círculo antes de ocuparse en solitario de la puesta.

Cuando uno escucha “arquitectura animal”, suele pensar en aves. Y, sí: hay una tradición enorme sobre nidos y selección sexual. Pero lo interesante es que el pez globo japonés encaja en una familia más amplia de “señales construidas”: rasgos que el animal crea fuera de su cuerpo para convencer a otro.

En peces hay paralelos muy claros: los cíclidos del lago Malawi levantan montículos (“castillos”) o excavan fosas (“pits”) como parte del cortejo, y se han analizado estas estructuras como “fenotipos extendidos” medibles, con variaciones entre especies y evoluciones rapidísimas. Y, cuando el entorno cambia —por ejemplo, si el agua se enturbia o se alteran condiciones físicas—, también puede cambiar cómo evalúan las hembras esas señales construidas.

Esta muestra de amor no es exclusiva de japón. En 2020, el Australian Institute of Marine Science informó de formaciones similares en el noroeste de Australia, a miles de kilómetros del único lugar clásico donde se describían, e incluso a mayor profundidad (hasta 137 m), lo que sugiere que este tipo de comportamiento —o algo muy cercano— podría estar más extendido de lo que creíamos.