En aquel bailadero rodeado de muretes de ladrillo donde los abuelos bailaban me di uno de mis primeros besos. Era mi lugar fetiche del parque. Un rincón tosco pero tranquilo y alejado de la frondosa verdura que es visitada por toda la ciudad. El bailadero cerró y se convirtió en un lugar ideal para frecuentar con humeantes gachís cuando era tan solo un quinceañero. El intersticio entre el paradisíaco bosque inglés y la vertiginosa ciudad que arde en velocidad por el Paseo Zorrilla era La Pérgola.
Ayer salieron los primeros renders que devuelven a la vida a este pequeño rincón ciudadano. La Fuente de los Cisnes seguirá siendo el corazón que bombee una plazuela que cambiará las chisporroteantes náyades de terciopelo por las chicharras de náuticos y barbour que te dan la paliza con la oposición, con la herencia de padre y con las vicisitudes inmobiliarias de Madrid. En nuevos orbes lobulados descansarán los vermús canallas que importamos del otro lado de la sierra, en la capital caliginosa donde hasta junio, y con reservas, no se alza el sol caliente.
Nuestro rancio abolengo, de casa fuerte en el pueblo, de escudo labrado en piedra, que recuerda a fortunas hechas a base de naves llenas de pirámides de grano, se traviste de chiquita urbana, machota y pesada que hace tradición de la más hortera novedad.
Y en eso está el impulsor del proyecto, Dámaso, que ha caído en la mileniola trampa urraquista de las formas globulares, las luces LED y los vermús con un DJ fracasado. Dámaso, que desprecia la fiebre por las fusiones y lo extranjero, que ha hecho de nuestro acervo gastronómico su bandera, nos calca el enésimo boliche ciclópeo en este plato llano, en un otoño eterno.
Nuestra vallisoletana preocupada por sostener la honra familiar se ha convertido en una pepera simanquina deseosa de validación masculina. Nuestro recio y lacónico vallisoletano es ahora un foodie que conoce tres adjetivos a los que añade un absurdo diminutivo. Nuestros bailaderos, invernaderos donde los eternos jóvenes van a ver y a ser vistos, mismo uso de la aledaña Acera de Recoletos en el XVII, pero hoy sin pompa ni boato. Lugar de reunión de horteras en una ciudad que perdió la clase en su incesante y absurdo martilleo por querer ser una little Madrid.
Nuestras franquicias de tartitas de queso han llegado para quedarse. El repiqueteo de las campanas ha dejado de oírse. La ciudad apesta a galleta Lotus. Uno de los últimos bastiones ha caído. Frenaremos el crecimiento de los ansarinos a base de conversaciones anodinas y vermús canallas. Los abuelos no volverán a bailar en La Pérgola. Valladolid, tal como la conocimos, muere.