Los cargos de Vox han empezado a mirar a Santiago Abascal como miraban los suyos a Albert Rivera cuando decidieron que el PP sería su “socio preferente” a la hora de acordar gobiernos. Aquel fue el momento en que Ciudadanos comenzó a resquebrajarse desde las bases. Es muy posible que el instante dramático que condiciona el futuro de Vox (siempre existe uno) esté siendo el apoyo desmedido a un Donald Trump especialmente dañino para Europa y para España. Tiene mérito destrozar un partido populista de extrema derecha en plena oleada ultra conservadora mundial.

La implosión de Vox, que se inició con el abandono de los gobiernos autonómicos,  demuestra casi con precisión científica que aquellos partidos de "la nueva política” se parecen tanto a su tiempo que tienen un ciclo de vida efímero, tasado como las lavadoras con obsolescencia programada que pitan sin parar a los dos mil lavados. Esa “nueva política” llegó a la democracia española para romper el bipartidismo y regenerar las instituciones. Sin embargo, a punto de cumplirse catorce años del 15-M, aquel multipartidismo (que muchos alabamos sin saber lo que nos esperaba) nos ha legado una sociedad polarizada y unas instituciones ingobernables. Bajo la etiqueta estaba la política de siempre. Con el multipartidismo nos pasó como con las primarias, que solo parecían el progreso.

Tomando la trayectoria de Vox, Ciudadanos, Podemos y Sumar vemos un ciclo de vida con patrones comunes. Un ascenso fulgurante que acaba en embriaguez, una etapa de incoherencias que terminan en divorcio de su electorado y un declive autodestructivo más o menos rápido. Faltan cuatro días para otro 8-M y lejos queda aquel de 2020 cuando el feminismo contaminado y censor de Podemos era tan poderoso que hasta logró retrasar las medidas para frenar la pandemia que nos soplaba en la nuca. Después vino la chapucera Ley del Sí es Sí, sus terribles consecuencias, el complot de Sumar y desde hace poco los escándalos sexuales de quienes imponían la moral, y las leyes, mientras miraban para otro lado.

Pero la incompetencia y las incoherencias solo afectan a esa nueva hornada de siglas y no dañan tanto al viejo bipartidismo. Debería haber bastado la guerra sucia de González, la soberbia de Aznar, la bancarrota de Zapatero, las corrupciones de Rajoy o las traiciones continúas de Sánchez para acabar con ellos. Sin embargo, sus siglas son un fénix con cada nuevo liderazgo porque aquí representan la joven tradición democrática. La enorme implantación territorial de PSOE y PP, trabajada durante décadas, se traduce en herencia familiar. En cimiento social y rutina soportable. En un lugar seguro. Algo así como los que además del equipo de su ciudad son del Real Madrid o del Barcelona para poder celebrar títulos.

El declive de Vox es inevitable porque está cumpliendo su ciclo, su edad se calcula en legislaturas. La evidencia es casi científica. La nueva política muere a pesar de comportarse igual que las viejas siglas.