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Copa rota

Dustin Hoffman y Meryl Streep en 'Kramer contra Kramer'.

Dustin Hoffman y Meryl Streep en 'Kramer contra Kramer'.

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Kramer vs. Kramer (Robert Benton, 1979) nos asoma al abismo de ciertos divorcios, en una película atemporal, de esas que te van penetrando por la piel poco a poco hasta cortarte el aliento.

La soberbia actuación de Meryl Streep, e incluso su aspecto, enfermizo y autodestructivo, estuvieron marcados por la reciente muerte de su pareja, el actor John Cazale, con quien había coincidido en The deer hunter y en alguna obra teatral neoyorkina. Talento innato de la interpretación, ostenta el récord de contribuir a más nominaciones a mejor película de la Academia que actuaciones. Seis de cinco, al aparecer en el Padrino III merced a metrajes rescatados por Coppola de sus obras maestras anteriores, a modo de doble homenaje póstumo a la persona y al personaje que más empatía le despertaran en la saga.

John Cazale compartió dos aspectos profesionales con Dustin Hoffman, siendo el primero haber actuado junto a Streep. Tiempo después, su amigo Al Pacino recordaría cómo, tras un ensayo teatral (Medida por medida, 1976), éste le comentó: “¿Sabes? He conocido a la mejor actriz de la historia. Trabajo con ella”. Palabras proféticas, preludio de una relación sentimental truncada por la súbita aparición de un cáncer terminal. El 13 de marzo de 1978, Cazale fallecería dejando a la actriz devastada. El segundo era su predilección por la improvisación, como forma de expresión donde creatividad e innovación alumbran un arte puro, libre de ataduras.

Dustin Hoffman siempre mantuvo con la improvisación un compromiso no exento de reconocimiento. Historia del cine como el inolvidable “Hey, I'm walking here” a pleno pulmón mientras golpeaba un taxi que por poco lo atropella cuando caminaba junto a Jon Voight en Midnight cowboy (J. Schlesinger, 1969), o como la secuencia donde Justin Henry, su hijo en Kramer vs Kramer, lo reta comiendo helado antes de la cena. Por un momento, el foco recae en la sempiterna víctima de toda lucha de egos y frustraciones adultas, en una de las escenas más humanas de la película que nunca estuvo en el guion.

Actor devoto de El Método, su perfeccionismo no se limitaba a la improvisación. Hoffman llevaba al límite experimentar las emociones y vivencias de sus personajes para impregnar su actuación de un mayor realismo. Pronto adquirió fama de actor de trato difícil no exento de excentricidades, toleradas por el recuerdo de actuaciones tan impactantes como las de The graduate (M. Nichols, 1967), Straw dogs (S. Peckinpah, 1971) o Papillon (F. J. Schaffner, 1973). En ese contexto profesional, y en pleno proceso de divorcio a semejanza de su personaje, la actitud déspota de Hoffman en Kramer vs Kramer a punto estuvo de provocar la cancelación del rodaje.

Pero finalmente no sucedió y el éxito arrollador obtenido enterró los rumores suscitados. Todo hubiera quedado en el olvido de no ser porque, en 2016, el escritor Michael Schulman publica Her Again, una sucinta biografía -ni autorizada ni desmentida- de Meryl Streep, desempolvando una historia de violencia anestesiada bajo el glamour de Hollywood. En el libro, Schulman denuncia que Hoffman acosó física y psicológicamente a Streep a fin de potenciar la imagen frágil y quebradiza de su personaje. Y aunque la actriz evitó entrar en detalles, sí reconoció “haber sido realmente atacada”, cual redención postergada durante décadas.

Atacada como cuando le tocó un seno, le dio una bofetada, ridiculizó sus convicciones feministas o se burló de la muerte de Cazale. Atacada como Justin Henry -de 8 años de edad- a quien recordaba la reciente muerte de su perro para que transmitiera mayor sufrimiento. Atacada como en la inolvidable escena del restaurante donde, tras una discusión entre ambos protagonistas, Hoffman se levanta y de un manotazo revienta su copa de vino blanco contra la pared, junto a la cabeza de una Streep petrificada cuyo susto, real, perfecto, fue inmortalizado por el cámara, único cómplice de un acto tan premeditado por el actor como desconocido por la actriz.

Ni el fin siempre justifica los medios, ni esta escena deja de ser una gota interpretativa dentro del mar de una actriz aclamada por su naturalidad. Hoffman era tan rehén del Método que no concebía que existieran actores que no necesitaran reaccionar para lograr la perfección. Actores como Meryl Streep o Laurence Olivier quien, al verlo demacrado tras tres días sin dormir a imagen y semejanza de su personaje en Marathon Man (J. Schlesinger, 1971), le dijo “why don’t you just try acting?” (¿Por qué no simplemente intentas actuar?). Un Olimpo al que Hoffman, siendo un excelente actor, nunca podrá acceder.

Ironías del destino, Hoffman no vio ni una vez en meses de rodaje lo que Cazale tardó sólo unas horas de ensayo en Broadway. Esa ceguera ante la grandeza de Meryl Streep evidencia sus limitaciones como actor, incapaz de percibir que la perfección interpretativa a la que aspiró toda su vida era alcanzada por su compañera de reparto desde el talento y el esfuerzo sin renunciar ni a la ética ni al respeto.