Cientos de personas se manifiestan en las inmediaciones del Congreso durante la votación de los dos decretos de vivienda.

Cientos de personas se manifiestan en las inmediaciones del Congreso durante la votación de los dos decretos de vivienda. Efe

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Menos decretos, más viviendas y democracia

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El supuesto Gobierno progresista de Pedro Sánchez no solo pisoteó sus promesas electorales, sino que fue incapaz de levantar una sola vivienda social.

Para tapar su fracaso, activaron el desgastado comodín de culpar a los fondos buitre y a los rentistas.

Ya hundieron a Cataluña con esa misma receta demagógica. Por eso, hasta Puigdemont les retiró el apoyo a unos decretos que pretendían condenar al resto de España al mismo caos y asfixia económica.

La parálisis gubernamental y una inmigración descontrolada han cocinado la tormenta perfecta.

Pero el ingrediente más destructivo es la amnesia voluntaria de quienes aplauden y normalizan la corrupción sistémica de este Ejecutivo.

Es indignante ver a jóvenes y mayores tragarse la propaganda populista de Moncloa. Son un ejército de votos cautivos que defienden el comunismo sin tener la menor idea de lo que significa. Gente ciega que confiesa, sin vergüenza, que prefiere votar a un Gobierno corrupto antes que a la derecha.

Con ese fanatismo sectario, Sánchez y su banda se aseguran la perpetuidad en el poder.

Si a alguien le parece exagerado, que mire a Venezuela: allá también votaban en masa a Chávez mientras se quedaban sin papel higiénico en los supermercados.

El odio, la polarización y el enfrentamiento civil son las herramientas con las que la izquierda devora a los países.

España sufre una crisis de vivienda brutal, pero nuestro peligro más urgente es la destrucción de la democracia. Toca blindar los cimientos constitucionales y recuperar la fuerza de la razón, la convivencia, el esfuerzo y el bien común.