Un fotograma de La bola negra.

Un fotograma de La bola negra. EE

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Cine de lentejuelas

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Han irrumpido con fuerza Los Javis en el páramo cinematográfico con su flamante y estruendosa película, juguete para los muy cafeteros, acérrimos de la cultura progre y aquellos que vienen al rebufo del fantasma de don Federico, de sábana vieja y ripio desusado. Y es que la cinta contiene todos los ingredientes para alcanzar el triunfo, ingredientes que fueron magníficamente expuestos por Jan en su desternillante La gran superproducción, a saber: un director novel y de talento, pluma y purpurina -tal que diría Ángel Antonio Herrera-; una diva en horas bajas dispuesta a echarse un bailecito, o cantar un cuplé o lo que pinte, para poder reivindicarse; un debutante en la escena que robe todos los planos soltando eso de "lárgame un cilindrín, fotero"; una vieja gloria de Hollywood en horas aún más bajas y un público entusiasta con mucho gaznate. Esto del público quizá sea lo mollar porque, a fin de cuentas, es la sal del celuloide, quien paga la entrada y dicta sentencia.

Tras el estreno de La bola negra, la crítica especializada se ha mostrado unánime en el aplauso, los plácemes y los elogios, incluido ese sector que se echa al monte cuando las propuestas fílmicas no salen de la trinchera de Belchite -como es el caso-, o pretenden hacer pasar una "Drag Race" por un "tour de force", o llevan demasiado lejos el costumbrismo birrioso y todo se basa en una serie de imágenes muy bien elaboradas y el olor a pies castizos. Hasta el inefable Boyero se ha rendido a los encantos de lo que algunos ya han dado en llamar "la pedrada luminosa" de Los Javis, más por la euforia general y el uso del personaje de Lorca que por iniciativa propia.

En definitiva, Ambrossi y Calvo han sabido reinventar el más de lo mismo del cine español a base de delirio imaginario, emoción subvencionada, una pizca de Lanthimos y estampas de la revista Shangay, cobijados bajo las alas del poeta, porque saben que nadie tiene el cuajo de despellejar cualquier trabajo inspirado en su figura. Aunque muchos estiman que Lorca necesita como el comer una revisión rigurosa de su vida y obra para que deje de ser utilizado políticamente, pueda descansar en paz y sean valorados en su justa medida versos como estos: "El pastor bobo guarda las caretas. / Las caretas / de los pordioseros y de los poetas / que matan a las gipaetas / cuando vuelan por las aguas quietas. / Careta / de los niños que usan la puñeta / y se pueden debajo de una seta".