Una foto de archivo, del 26 de julio de 1977, de Santiago Carrillo durante una intervención en el Congreso.

Una foto de archivo, del 26 de julio de 1977, de Santiago Carrillo durante una intervención en el Congreso. EFE

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Pericles ya no tiene sentido del humor

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Estando preocupados por las amenazas de nuestros enemigos exteriores, resulta también que, desde dentro, la amenaza del autoritarismo invoca a sus dioses de siempre para que comparezcan en el ágora y lo desmoronen todo.

José Ortega y Gasset decía que tanto el fascismo como el comunismo estaban periclitados de la historia después de haberse demostrado su ineficacia. Más o menos, decía el filósofo que ya no cabía pensar en el regreso de los anacronismos porque habían fracasado, como si la memoria de las generaciones venideras tuviera eso en cuenta –añado yo– Tampoco vendría mal recordar el “venceréis, pero no convenceréis” de Unamuno, como si convencer alimentara el ánimo de los radicales; del mismo Don Miguel, podríamos recordar aquello de “tenéis la razón de la fuerza, pero no la fuerza de la razón”, como si a un radical le importara la razón por encima de la fuerza, pues demostrado está que no es así. Los que se ufanaban de ser novios de la muerte y se aproximaban con arrojo a su seducción graciosa –José Millán Astray– , se embebían pasionalmente de las ideas y extremaban su defensa hasta el final, de lo que cabe observar en ellos la influencia del movimiento romántico del XIX y su desprecio irracional, pero muy pasional, de la muerte. En todo radical predomina la pasión por encima de la razón.

¿De qué valen los pensamientos grandes frente a quienes desconsideran la vida como bien superior de la colectividad, e imponen, también por encima de la libertad, sus propias ideas? La existencia de los radicales opuestos alimenta la existencia de los que hallan su fe en los extremos, y tanto se necesitan los unos a los otros, que pasan por alto a los demás. De pronto, los demás, es decir los tolerantes, estamos de más. Nunca en el parlamento español de la democracia vigente, se había llamado a alguien comunista para proferir un insulto, ni viceversa. En la Transición, ha de recordarse la presencia de comunistas como Carrillo, Camacho, Sartorius, Soletura, Curiel, Semprún, Iglesias (Gerardo), Anguita, etcétera, a los que nadie insultaba pronunciando la palabra que los definía ideológicamente, como nadie insultaba a Blas Piñar, que ocupa el escaño de Fuerza Nueva, último resquicio de la falange tras las elecciones de mil novecientos noventa y siete. “Libertad, libertad, sin ira libertad, guárdate tu miedo y tu ira, porque hay libertad, sin ira libertad” decía la canción que desde la poesía de autor reivindicaba los nuevos tiempos de democracia. El sentido del humor nos servía para aproximarnos a los diferentes, y había cierta comprensión del otro más extremo, al que, en la propia calle, se le invitaba a la tolerancia buscando su acercamiento (todos hemos tenido amigos fachas, anarcos, comunistas, incluso cobró relieve la figura del cura obrero, una especie emigrada del conservadurismo eclesiástico)

Sin sentido del humor no hay tolerancia ¿Hace cuánto hemos dejado de tolerar al otro a través del humor o de la fina ironía? En el mundo actual, nuestro espacio de libertad disiente del humor y no lo quiere, la oratoria parlamentaria es pueril y directa, sin cortapisas, todos se enfrentan agriamente, y ello en el ágora, donde se supone que recalan los espíritus cultivados. Ni siquiera se oyen chistes en la calle, a salvo de los hirientes, de los que, más que chistes, son armas arrojadizas. No puedes expresar una opinión política sin que te llueva un aluvión de juicios personales proferidos por los que soportarían una opinión contraria, que ya no expresan porque prefieren la descalificación. Ni siquiera sienten la necesidad de argumentar la idea. Pasan por alto el debate y se instalan en la ofensa. No hay humor ni en las charlas de café. Todo el mundo aspira al poder por el poder que obtendrán los suyos, aquellos a quienes votan, y, por votar, ya casi es mejor el perfil mediocre que represente a los mediocres. Las masas ya han instalado su rebelión y ponen a sus rebeldes mediocres, los instalan al frente de rebeliones que solo pueden ser soportadas por los mediocres de la clase. No es que los partidos clásicos no hayan hecho oposiciones a que, al final, no prevalezca el juicio crítico y la tolerancia parlamentaria. Su comportamiento en sede del parlamento invita a lo contrario, y la dejadez de la política efectiva, así como de la correcta administración del Estado, incapaz de resolver problemas perentorios, junto con la corrupción, propician la venida de los bárbaros. Nuestra decadencia es de libro y proviene del abandono del cultivo institucional y del juego engrasado de las instituciones, de la deslealtad, del abandono del pueblo. Dijo Adolfo Suárez “hagamos normal lo que es normal en la calle”. Las masas hoy rebeldes, han normalizado en la calle lo que es normal en el parlamento y en las instituciones: es decir, lo bronco, lo crudo, lo violento, lo ilícito, lo que no exige más esfuerzo que denostar al otro.