El pueblo más aislado de Asturias se puede visitar: está considerado uno de los más bonitos
Me he venido al pueblo, decidido a exprimir todo el jugo que le queda a los veranillos de septiembre, y no puedo decir que me hayan recibido con los brazos abiertos. Los pocos paisanos que aguantan el arrechucho de la España vaciada, con el coraje de los desesperados, no sienten el menor interés por los hijos pródigos o por los turistas que, con suma facilidad, se pierden en estos vericuetos; prefieren resguardarse en sus casas, al amparo del visillo de punto filet, y esperar a que pase el trasiego vacacional y las callejas recuperen el fúnebre aire de camposanto.
He puesto todo mi empeño en seguir al pie de la letra el trillado refrán que aconseja: "Cuando a Roma fueres, haz como vieres"; pero esto no es Roma, evidentemente, y si tuviera que estar encerrado entre las cuatro rústicas paredes de mi casa solariega, acabaría ladrando de puro tedio porque la conexión a internet es caprichosa y se manifiesta en los rincones más insospechados, la única emisora de radio que aparece en el dial resulta ser la Pirenaica y la señal de televisión solo me permite ver el NO-DO sanchista. Total, que paso los días recorriendo este lugarón de carretera perdida, de colegio sin niños, de ambulatorio sin pacientes, de plazoleta sin chácharas, de chigre clausurado y de excedente de moscas; que aquí lo que sobran son las moscas: serranas y redundantes, muy distintas de las atolondradas de Juan José Millás, menos golosas que las de Samaniego y tan limpias y pedantes como las de Portlligat.
Pues bien, continuando la mejor tradición de "cojonerismo" e incordio persistente del díptero español, se han propuesto echar por tierra mis paseos y el trabajo de campo que había comenzado. Y es que yo quería cartografiar de nuevo el pueblo, reubicarlo en los mapas del catastro con un rótulo donde se leyera claramente: "Cerrado por derribo". Ahora tendré que añadir lo de la abundancia de moscas para que a nadie le pille de sorpresa.