Niños 'pegados' a sus móviles en imagen de archivo.
No sé si somos menos inteligentes que hace treinta años. Pero cada vez tengo más claro que estamos utilizando peor nuestra inteligencia. Nos cuesta leer un texto largo. Nos incomoda el silencio. Saltamos de una noticia a otra sin terminar ninguna y hemos convertido el resumen en una forma de vida. Ya no preguntamos qué ha ocurrido: preguntamos cuánto tardarán en explicárnoslo.
Nunca habíamos tenido tanto conocimiento al alcance de la mano y, paradójicamente, nunca había resultado tan fácil vivir sin profundizar en casi nada. Disponemos de bibliotecas enteras en un teléfono, pero cada vez soportamos peor una explicación que dure más de unos minutos.
Nicholas Carr advirtió hace años de que Internet no solo modifica aquello que leemos, sino también la forma en que pensamos. Nuestro cerebro aprende aquello que practicamos. Si pasamos horas saltando entre mensajes, vídeos, titulares y notificaciones, terminamos entrenándonos precisamente para eso: para saltar.
Pensar exige exactamente lo contrario. Exige permanecer.
Permanecer ante una página difícil. Ante una conversación incómoda. Ante una idea que contradice nuestras convicciones. Aceptar que determinadas preguntas no caben en un vídeo de treinta segundos y que comprender algunas cosas requiere tiempo, esfuerzo y hasta aburrimiento.
Pero quizá el problema más grave no esté en las pantallas, sino en los incentivos que estamos construyendo alrededor de ellas.
Durante generaciones se transmitió una idea bastante sencilla: estudiar, aprender un oficio, adquirir conocimientos y trabajar servían para mejorar la propia vida. Hoy ese mensaje compite con otro infinitamente más atractivo.
Un adolescente puede contemplar cómo un investigador encadena contratos precarios, un profesor llega justo a final de mes o un profesional necesita años de formación para conseguir un salario razonable, mientras alguien puede ganar en una tarde, haciendo el imbécil ante una cámara, lo que un profesor, un investigador o un profesional cualificado tarda meses en cobrar.
No hay nada ilegítimo en ganar dinero creando contenido. Tampoco todo influencer es un ignorante ni todo contenido digital es banal. El problema comienza cuando confundimos el precio de mercado con el valor de las cosas.
Porque una sociedad también educa mediante aquello que recompensa.
Si concedemos más prestigio a quien acumula seguidores que a quien acumula conocimiento, no debería sorprendernos que cada vez resulte más difícil convencer a un joven de que merece la pena dedicar diez años de su vida a dominar una disciplina.
¿Para qué estudiar durante años cuando el escaparate social ofrece permanentemente la posibilidad de hacerse rico bailando, provocando, exhibiendo la intimidad o diciendo cualquier barbaridad suficientemente llamativa?
Naturalmente, casi nadie lo consigue. Ese es precisamente el truco. Vemos continuamente a los pocos ganadores y rara vez a los millones que permanecen invisibles. Es una gigantesca lotería social en la que el premio no es solamente el dinero: también es la atención.
Y la atención se ha convertido en una de las principales monedas de nuestro tiempo.
El problema, por tanto, no son los jóvenes. Tampoco TikTok, Instagram o el teléfono móvil considerados aisladamente. Sería demasiado fácil culpar a una generación de haber crecido dentro del mundo que nosotros mismos hemos construido. El problema es una cultura que empieza a considerar cualquier esfuerzo intelectual como una molestia que debe ser eliminada.
Si un artículo necesita diez minutos, es demasiado largo. Si una explicación requiere matices, resulta aburrida. Si alguien desarrolla un argumento complejo, pedimos que vaya al grano. Si una respuesta no cabe en un titular, preferimos pasar a la siguiente.
Y mientras tanto confundimos información con conocimiento, popularidad con autoridad y opinión con pensamiento. Opinamos sobre libros que no hemos leído, noticias que apenas hemos abierto y asuntos que desconocemos. Y demasiadas veces otorgamos mayor credibilidad a una persona con dos millones de seguidores que a alguien que lleva veinte años estudiando aquello sobre lo que habla.
Quizá no nos estemos volviendo más tontos. Quizá estamos haciendo algo todavía más preocupante: construir una sociedad en la que cada vez sea menos necesario demostrar que uno no lo es.
Porque cuando pensar deja de ser necesario, estudiar parece una pérdida de tiempo. Cuando saber deja de proporcionar prestigio, la ignorancia deja de avergonzar. Y cuando hacer el imbécil puede resultar más rentable que prepararse durante años, el problema ya no es del imbécil.
Es de la sociedad que lo aplaude.
En tiempos de reacción inmediata, detenerse a leer empieza a parecer un acto de rebeldía.
Estudiar también.
Y, pensar, desde luego.