El Rey Felipe VI y el presidente Pedro Sánchez, en una imagen de archivo de Europa Press

El Rey Felipe VI y el presidente Pedro Sánchez, en una imagen de archivo de Europa Press .

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Sin el pueblo

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Para cualquier alma sensible, siempre es sospechoso aquel que piensa que pasará a la historia, y tiene, además, la arrogancia de decirlo en voz alta. Aquellos que piensan que el mundo les observa se atribuyen a sí mismos un atractivo superior al que realmente tienen, y conceden a sus actos una relevancia y ejemplaridad exageradas.

Sin embargo, suele suceder que estos buscadores de gloria acaben consiguiendo su objetivo: la posteridad, si bien por causas muy alejadas de sus expectativas. Frecuentemente el que se postula como campeón de la democracia es finalmente recordado como un autócrata, el que se llama a sí mismo valiente es recordado como un cobarde.

El presidente Sánchez se está convirtiendo en el mejor ejemplo de lo dicho. Quien llegó al gobierno como el reformista que nos iba a liberar de la corrupción de la etapa Rajoy, está ya en los libros, y en el lugar más destacado, como el impulsor del gobierno más corrupto de la historia democrática de España. El aspirante que se echó a la carretera para ver "si había agua en la piscina", subió a su coche a un inefable grupo de maleantes, a los que condujo directamente a la Moncloa. Hemos escuchado al presidente decir que se equivocó al elegirlos. Parece, por el contrario, que estos no se equivocaron al elegirle a él. Era justo el tipo que andaban buscando para encabezar la banda. Quien pedía la dimisión de Rajoy por no poder aprobar unos presupuestos, y tener que prorrogar los del año anterior, lleva años sin presentarlos siquiera, lo que es manifiestamente inconstitucional. Ya hemos visto muchas otras veces lo incómoda que le resulta a Sánchez nuestra constitución. Es la misma que no le permite conceder amnistías, mucho menos a cambio de apoyo político, la que no le permite limitar derechos fundamentales sin antes declarar el estado de excepción. La misma que dice que España es una monarquía parlamentaria.

La figura del Rey, más incluso que la idea de la monarquía, es particularmente molesta para Sánchez. Es tal la diferencia en la apreciación que de ambos tiene la gente que son muchos los que, declarándose republicanos por convencimiento, declaran al mismo tiempo que es mejor para todos una monarquía con Felipe VI que una república con Pedro Sánchez.

Es paradójico, y al mismo tiempo previsible, que el aspirante a la posteridad por haber cambiado de sitio a un cadáver, y por su querencia por acabar con la monarquía vaya a ocupar su hueco en la historia más negra de España compartiendo página con un rey. Este rey no es otro que Fernando VII.

Fernando VII terminó con la constitución de 1812 y se convirtió en un rey absolutista. A Sánchez le gustaría acabar con la constitución de 1978, la cual es para él una capitulación necesaria, en su momento, para pasar la página de la dictadura franquista, una mera concesión con la que hay que terminar ya. Si Fernando "el deseado" acabó siendo un indeseable, Pedro Sánchez y su "gobierno bonito" han terminado por ser el episodio más feo desde la restauración de la democracia. Causa escalofríos escuchar a un presidente del gobierno decir desde el estrado del congreso que está dispuesto a gobernar sin el parlamento. Es ese parlamento, en el que reside la soberanía popular, el mismo que le hizo presidente. Gobernar sin el parlamento equivale sencillamente a gobernar contra él. Equivale a gobernar sin el pueblo y, por tanto, a gobernar contra el pueblo.

Fernando VII gobernó, y ahora cito al historiador Emilio La Parra, "…como uno de los que menos satisficieron los deseos de sus súbditos, que lo consideraban una persona sin escrúpulos, vengativa y traicionera. Rodeado de una camarilla de aduladores, su política se orientó, en buena medida, hacia su propia supervivencia".

Admito que no es fácil distinguir, si uno no está muy atento, si hablamos de Fernando VII o si hablamos de Sánchez.

Si Fernando VII recurrió a bulos sin cuento para acabar con Godoy, Sánchez recurre a malas lenguas mañaneras que dicen ir directas al grano y, al mismo tiempo, otorga nuevos canales de televisión a este variopinto pero monocorde grupo. Quizá el nombre de La Séptima sea un homenaje disimulado al Séptimo Fernando.

Finalmente, en su carrera desesperada hacia la gloria, Sánchez riza su propio rizo para parecerse al rey felón, permitiendo, al igual que él, una violación y un ataque a la integridad territorial de España y, si Fernando VII se distinguió como gran adulador de su invasor, Napoleón; Sánchez no ceja (nótese la cuidadosa elección del verbo) en sus abluciones diarias del suyo, el tirano de Rabat, un monarca, este sí, más del gusto del presidente.

Sánchez dice, y lo dice por todos nosotros, que no hay alternativa. Si pudiera, nos ahorraría la molestia de poner unas urnas. De nosotros y de nuestro voto depende que Sánchez no alcance, también, su propia década ominosa.