Joan Laporta atiende al canal oficial del club.
Como muchos aficionados al fútbol, he crecido con un profundo sentimiento de arraigo y pertenencia hacia un equipo. En mi caso, el FC Barcelona. He crecido viendo jugar a Messi, Xavi e Iniesta; he disfrutado de las grandes noches europeas y también he sufrido derrotas difíciles de olvidar, como aquel 8-2 ante el Bayern de Múnich o las decepciones de quedar fuera de la Champions demasiado pronto. A algunos aficionados de equipos medianos o pequeños puede parecerles una exageración, pero ser del Barça tampoco ha sido siempre fácil.
Con la llegada de Hansi Flick al banquillo recuperé, como muchos culés, una ilusión que parecía haberse perdido. Después de años en los que el Barça parecía haber dejado de ser el equipo dominante que conocíamos, volvimos a ganar títulos y a recuperar parte de nuestra identidad futbolística. Y lo más ilusionante ha sido hacerlo con una generación de jóvenes que ya no son simplemente promesas, sino protagonistas del fútbol mundial.
Por eso, cuando esos mismos jugadores han defendido a la selección española y han conseguido levantar la ansiada Copa del Mundo, he sentido una emoción especial. No solo porque eran los jugadores que representaban a mi país, sino porque muchos de ellos eran también los jugadores que había visto crecer, los que me habían hecho saltar del sofá cada domingo con la camiseta del Barça.
Después de contemplar los homenajes que diferentes aficionados han rendido a los campeones del mundo, esperaba con ilusión que mi propia afición hiciera lo mismo. Esperaba ver a los jugadores del Barça que habían contribuido a ese éxito recibir el reconocimiento de su gente. Sin embargo, la decisión de la directiva encabezada por Joan Laporta ha sido otra: convertir el Camp Nou en el escenario de un acto político vinculado a la estelada.
Y aquí es donde, como culé, me siento decepcionado.
El problema no es que el Barça tenga una identidad catalana. Por supuesto que la tiene. El FC Barcelona forma parte de la historia y de la cultura de Cataluña, y negar esa realidad sería absurdo. El problema aparece cuando esa identidad se convierte en una identidad excluyente, cuando parece que para formar parte del Barça hay que compartir una determinada posición política.
Al señor Laporta le debería quedar claro que el Barça es mucho más grande que cualquier ideología. Un presidente que dirige un club con millones de aficionados repartidos por todo el mundo debería entender que el Camp Nou no puede convertirse en el escenario de los actos políticos de una parte de sus seguidores.
La pregunta que debería hacerse esta directiva es sencilla: ¿este tipo de actos hacen más grande al Barça o lo hacen más pequeño?
Porque el Barça es catalanismo, sí. Es tradición, cultura, historia y una determinada manera de entender el fútbol. Pero también es universalidad. Es Messi en Argentina, Ronaldinho en Brasil, Iniesta en Japón, Araujo en Uruguay o Lamine Yamal en cualquier rincón del mundo. Es un niño de Valencia, Madrid, Sevilla o Buenos Aires poniéndose por primera vez una camiseta azulgrana y sintiendo que ese también es su equipo.
Y esos niños también forman parte del Barça.
Por eso me cuesta entender que se pueda defender el lema “Més que un club” y, al mismo tiempo, reducir ese “más” a una determinada identidad política. Para mí, ser “más que un club” significa precisamente ser capaz de representar algo que trascienda la política: una forma de entender el deporte, la cultura, la lucha, la superación y el sentimiento de pertenencia.
También me preocupa la respuesta —o la falta de respuesta— de la propia afición. Me habría gustado ver a más culés reivindicando que el Barça pertenece a todos sus aficionados, independientemente de dónde hayan nacido o de qué bandera sientan como propia. No porque haya que renunciar a Cataluña, sino porque Cataluña no necesita excluir a nadie para defender su identidad.
El Barça que yo he aprendido a querer no es el que pregunta primero qué piensa políticamente su aficionado. Es el que consigue que personas completamente diferentes se sienten juntas en una grada para celebrar un gol.
Yo quiero un Barça catalán, orgulloso de sus raíces y de su historia. Pero también quiero un Barça abierto, universal y capaz de hacer sentir en casa a cualquiera que se ponga su camiseta.
Porque aquel gol de Ferran que nos hizo campeones también lo gritamos muchos culés.
Y cuando Lamine, Pedri o cualquier otro jugador del Barça levanta un título con la Selección, muchos sentimos que también levantan una parte de aquello que nos ha hecho amar este club.
He crecido con el “Més que un club” como lema. Siempre lo he entendido como un símbolo de lucha, tradición, identidad y compromiso. Pero no puedo aceptar que ese “más” termine significando ser también un partido político.
Porque entonces el Barça deja de ser más que un club.
Y empieza a ser menos.