Mariano Rajoy, el pasado 4 de diciembre en Santiago de Compostela, en la presentación de su libro 'El arte de gobernar'.
En la política contemporánea, la hipérbole cotiza al alza. Cualquier desliz se convierte en munición para el relato oficial. El último episodio lo protagoniza el expresidente Mariano Rajoy por un desafortunado comentario sobre la Selección francesa de fútbol: "Una plantilla de altísimo nivel. Eso sí, sin franceses". Una frase que ha servido de pretexto para una ofensiva de la izquierda tan previsible como desproporcionada.
Conviene separar el grano de la paja. La frase, pronunciada con su característica campechanía descolocada, es indefendible. En una Europa interconectada, donde la pertenencia no se mide por el apellido, su ironía resultó extemporánea. No obstante, elevar una simpleza de tertulia a programa ideológico de toda la derecha española es un salto mortal que solo responde al interés partidista y al ventajismo político.
La izquierda —incluyendo a un presidente cercado judicialmente, a sus ministros y a socios que consienten el sanchismo—, junto a su potente ecosistema mediático, no tardó en convertir la anécdota en categoría. Lo que se obvia deliberadamente es que Rajoy no ostenta ningún cargo público ni lidera el Partido Popular; es un jubilado de la primera línea. Utilizarlo como espejo de toda la derecha actual es una trampa matemática y una deshonestidad ética.
Esta tendencia a sobredimensionar el desliz cala incluso en análisis supuestamente profundos. En El síntoma Rajoy: la derecha no sabe cómo hablar de nación, Beatriz Becerra considera que sus palabras evidencian una derecha incapaz de articular un discurso moderno sobre la identidad nacional. El análisis yerra el tiro al confundir el eco del ayer con la realidad del presente. Asociar una frase desafortunada con la derecha constitucionalista actual ignora la evolución de millones de votantes. Quienes hoy se referencian en el centroderecha, el liberalismo o el conservadurismo europeo no se reconocen en ese chascarrillo. Al contrario, el votante constitucionalista sabe que la España de hoy es plural y abierta; su concepto de nación no se basa en la exclusión, sino en la defensa de la ley, la igualdad ante el Estado de derecho y el respeto institucional.
La insistencia en agitar este "síntoma" responde a una vieja máxima de propaganda: la cortina de humo. La reacción de la izquierda no es una pataleta moral espontánea, sino una estrategia para desviar el foco de un escenario judicial que asedia a la Moncloa. Cuanto más ruido genera la anécdota, menos espacio queda para la cruda realidad del nepotismo y la corrupción que salpica al Gobierno.
La maniobra es de una hipocresía flagrante. Mientras el oficialismo se rasga las vestiduras por el chiste de un jubilado, calla ante un hito de gravedad institucional: la condena de David Sánchez. La Audiencia de Badajoz ha inhabilitado al hermano del presidente durante nueve años por prevaricación tras cobrar un sueldo público diseñado a su medida en el extranjero, siendo el primer familiar de un presidente en ejercicio condenado por la Justicia. A esto se suma la lista de imputados e investigados en el entorno de la Moncloa por corrupción y tráfico de influencias. Resulta más cómodo debatir sobre fútbol antes que ofrecer explicaciones transparentes sobre contratos públicos bajo sospecha, comisiones delictivas y enchufismo familiar.
Al frente doméstico se suma el oportunismo geopolítico de París, donde miembros del Ejecutivo de Macron y medios galos capitalizaron la polémica. Bajo los reproches de "racismo" subyacía una clara intención deportiva y psicológica: desgastar la moral de una Selección Española que se medía a Francia en unas semifinales cruciales. Lo paradójico de esta pinza franco-española es que la propia selección nacional demostró, a través de sus jóvenes estrellas, una diversidad y arraigo que desmontan cualquier generalización interesada. El fútbol español refleja una sociedad abierta, pero París no dudó en usar el patinazo de un político retirado como baza psicológica en el césped.
El verdadero "síntoma" no es el de Rajoy, sino el de una conversación pública degradada por quienes exprimen el error ajeno para eludir responsabilidades penales y políticas o arañar ventaja internacional. Construir un espantapájaros es más fácil que mirarse al espejo. La derecha constitucionalista afronta retos complejos, pero achacarle el marco mental de un expresidente retirado es una injusticia analítica. España merece un debate adulto, donde los deslices verbales pasados sean anécdotas prescindibles y la corrupción presente se afronte con la gravedad que exige la democracia.